Edición 353

Dos miradas en torno a Lámpara de Fiebre, de Jorge Castillo Fan - Signos de luces y sombras: territorio prohibido para los límites

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Dos miradas en torno a Lámpara de Fiebre, de Jorge Castillo Fan
Signos de luces y sombras: territorio prohibido para los límites
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 Signos de luces y sombras: territorio prohibido para los límites
Por: Ítalo Morales

Dos miradas en torno a Lámpara de Fiebre, de Jorge Castillo Fan¿Alguna vez han escuchado el grito lastimero que emiten las palabras al contacto con el fuego? ¿Han  sentido que lo real se puede convertir  en la suma de  sueños postergados?  Responder a estas preguntas es oficio de poetas que bordean los abismos, que se aferran a las palabras para no  caer o para no sentir la caída inadvertida. Sentir la ebullición de los sueños más allá de la vigilia es acceder al reino de  lo surreal: es penetrar en las comarcas de Jorge Castillo Fan.

Su poemario Lámpara de Fiebre se constituye en un avasallante fulgor de signos que sugieren, a un primer nivel,  una cascada de imágenes que transitan entre la frágil contemplación de lo real y la marejada onírica. Mantiene una profunda autorreferencialidad con el lenguaje, el mismo que  -por su propia dinámica- se torna en medio y  objeto, al mismo tiempo. En un nivel más profundo -revelación  de los elementos que motivan y generan los significados subconscientes- encontramos una serie de oposiciones sígnicas que trataremos de explicar por su gran referencialidad.

Para comprender el texto completo  partimos de una semiología  evidente que atraviesa el poema y que se traduce en dos términos que subrayo: FUEGO y SUEÑO. Veremos que FUEGO se refiere, en su connotación clasemática,  a la corporalidad, temporalidad  y  límite; mientras que SUEÑO  referirá una serie de categorías como fugacidad, evasión, intemporalidad. A esto se unen  otros elementos como alma, lluvia, ojos, cuerpo, alas, viento, etc, y que -como bien explica la escritora Pilar García  Huerta-“…éstos se comunican entre sí porque en todos ellos coexiste lo hallado y lo perdido simultáneamente”. Los poemas  están atravesados por imágenes y conceptos que se entrechocan como si fueran tierra y cielo, referente y conciencia: luminarias de un todo que no cesa.

A partir de la corporalidad, que es parte del FUEGO, el Yo lírico empieza su danza metafísica de búsqueda y desvelo: porque lo real es horrendo como fábula, como diría Juan Ojeda. Las primeras luces son ofrecidas por los versos que irán asimilando la dialéctica y ebullición  de lo irracional: “deliro / luego existo.”; es el primer concepto anticartesiano que extiende su  nube de opacidad. A partir de  este instante el discurso es una continua serie de oposiciones  entre el FUEGO que anuncia la corporalidad y el SUEÑO (delirio) que refiere la evasión.  Muchas palabras  y frases sintagmáticas están refiriendo de una manera tenaz a este perpetuo acto calcinatorio: “flor de fiebre”, “alas que crepitan”, “crepitar que se ala”, “lámparas de insomnio”, etc. Por otro lado, el SUEÑO, cuya significancia a nivel profundo nos refiere la idea de  lo eterno o intemporalidad, se opone a la noción del FUEGO (corporalidad).

¿Cómo se explica esta noción opositiva y qué relación existe entre las palabras que designan un mundo des-realizado y el Yo lírico? Creemos que el Yo lírico se regodea en una subjetividad que elimina toda referencia a lo externo, tomado éste en su función pragmática. El lenguaje está absolutamente despragmatizado y tiene una autorreferencialidad que celebra su propia búsqueda etérea  y surreal del infinito. Las imágenes  siguen un orden ascendente y descendente sugiriendo una dialéctica u osmosis ininterrumpida: elipsis de un vértigo que sólo corresponde a la órbita de lo no vivido  y lo imposible. Entre la corporalidad -que será el signo del fuego que calcina los últimos escombros (temporalidad)- y el sueño (signo subyacente de la intemporalidad) hay un puente que comunica las pulsaciones  en un festín de luces y  sombras. Dice:

Una palabra
una sola palabra
que aflore del fuego más perfecto
de los cuerpos sellados por el viento
 (…)
Una palabra
un puente que se enciende para siempre
un solo soplo de alma
y todo bajo el cielo estará dicho.

Por eso, el sentido del infinito y de la claridad no se  hallan en esta  aparente realidad sino en los extramuros, en la otredad donde la lejanía  se contempla con ojos acaecidos: “el mar nos presta su lengua”, dice el Yo lírico al  reconocer que el silencio es la tortura  omnipresente. A través del signo agónico que está celebrando su ardor y su fiebre, el cuerpo se transmuta en una cadena de vibraciones hacia la fugacidad, y la proyección de una tentativa de muerte se desvanece. La evasión  se engendra en ese margen donde el Yo lírico bordea el lenguaje, pero tiene la ligera conciencia de que su asimilación total es  inasible. Estas recurrencias se observan claramente cuando expresa:

fuego de canto: el alma
canto de fuego: el alma
Su reconversión dialéctica es:
alma del canto: el fuego
canto del alma: el fuego

Este  último poema es esencial y se constituye para nosotros en el eje del entendimiento del libro. Estas oposiciones no son gratuitas, al margen de su relación con lo cognitivo. Es idea antes que emotividad. El poemario para esto se carga de una serie de frases  cuyos lexemas principales refieren atingencias concretas o abstracciones ideales. Por ejemplo “Y esa palabra / fósforo de tiempo…” es una metáfora que se puede entender como destrucción del  tiempo. De igual forma, ejemplos que sustentan esa comunicabilidad entre estas oposiciones son las siguientes figuras: “la lanza de tu ausencia”, “flor de ensueño”, “jardín de los encuentros”.

El poemario está saturado de este tipo de enunciados que concurren a crear esa sensación de luz y  sombra, de vértigo continuo que no muere. Las palabras lámpara,  flor,  jardín (referentes del lado de la corporalidad y materialidad) son parte de la calcinación que también involucra al cuerpo, mientras que sus adjetivaciones a través de enlaces como ausencia, ensueño, encuentros, están comunicándose con el margen de la intemporalidad: allí la conexión subconsciente con el  territorio de lo emotivo.

¿Sólo las palabras son los componentes emulsionadores de una suerte de esperanza y de puente salvable entre ese fulgor-muerte y la otredad  que es sueño-evasión?  En un primer momento todo concurre  a acelerar este proceso; sin embargo, luego hallaremos  que al final del poemario -cuando el Yo lírico siente que su recorrido hacia el abismo y la fogata  es ineluctable- surge la luz transfigurada  de un amor  que destruye los márgenes, edifica una nueva ventana:

Más allá del latido y la palabra
tu amor que danza en fuego
y deshace las aspas de la muerte
Más allá de tu fiebre y mi delirio
tu amor que alumbra el agua sin final…

Esta es una referencia intensa, pero no revela un suficiente fulgor para la  definición total. Siempre el FUEGO  y la fiebre serán una constante celebración  que reconoce la fugacidad como ajena a la experimentación feliz: la soledad y el desierto de la sombra  y la luz  se mezclan con ella: simbiosis de muerte y vida, donde sólo la palabra es el dios fueguino  del mundo borgiano.

La palabra aúlla lastimeramente  en su caminar viviente a la perfección.