Edición 353

Cicatrices de una era blanca

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Milford Sound atravezado en crucero

Como una abrupta secuela sobre la piel del inofensivo planeta azul surgen las diferentes familias de fiordos para extenderse, ermitañas, sobre el cutis irregular de la tierra.

Instituidas en huellas inmensas de una era blanca pretérita en la que los duros bloques de hielo dominaban la vida, los fiordos del suroeste de Nueva Zelanda seducen con su enigmático ecosistema.

La gasolina vagaba con potencia en el motor de nuestro coche. El temprano y frío encendido había sido ya superado por el calor de un par de horas de ruta. Paradójicamente Milford Sound, destino y punto de inicio de uno de los recorridos por fiordos más impetuosos que existen, se encuentra físicamente a menos de dos horas de distancia de Queenstown, aunque sin un acceso directo.

Por tanto, para llegar a este minúsculo y concurrido puertito, es necesario encarar un extenso trayecto atravesando valles y montañas inmensas. Cruzamos incluso elevados pasos, donde la nieve y la cubierta de hielo sobre el asfalto sorprendían en demasía.

Cascadas y fiordos en Fiordland National Park

Cascadas naturales que descienden desde las altas rocas. Foto: Renzo Opromolla. El Buque de Papel.

Vimos pasar desde la ventanilla la ciudad de Te Anau, postigo del Fiordland National Park, recostada sobre el inmenso lago que hereda su nombre. La tupida y húmeda vegetación nos sorprendía mechando acaudalados saltos que concurrían entre las gruesas piedras verticales.

Una vez en el puerto, prácticamente desierto y dominado por el pesado silencio, sólo quedaba aguardar el instante en que nuestro experto barco zarpase, alojándonos en el corazón del canal. Los turistas eran los únicos habitantes circunstanciales de aquel hangar, ansiosos por partir con sus cámaras afiladas.

El paisaje es allí sorprendente. Las aguas quietas cortan perpendicularmente los altos bloques de piedras que se elevan por arriba de los mil trescientos metros sobre la orilla. Los picos, algunos recubiertos en verde musgo, aprisionan desde ambos lados el angosto canal que desemboca en el olvidado Mar de Tasmania. Listos ya, iniciamos el cabotaje.

Mientras avanzábamos por aquella extraña topografía, podíamos ver sobre la piedra las profundas cicatrices que los prehistóricos hielos dejaron sobre ellas a medida que se derretían. Son éstas análogas a los rasguños que podemos encontrar en alguna película de suspenso o terror, donde sus personajes imprimen sobre la pared, con uñas agudas, una serie de fatales rasgaduras, luego de ser atacados por una fuerza inhóspita, en señal de un final desgarrador.

Focas en Fiordland National Park

Las focas, las principales huéspedes del lugar. Foto: Renzo Opromolla. El Buque de Papel.

Las cascadas visitan regularmente muchas de estas montañas, descendiendo perfectas hasta colisionar con la quietud del cauce. Las curvas que el cañón asume no permiten encontrar en el horizonte la final puerta de salida, motivo por el cual el mismo James Cook no percibió en sus iniciales exploraciones costeras la existencia de esta línea de fiordos.

En el tramo final, el color azul petróleo de las aguas empieza progresivamente a entreverarse con aquellas del extenso Mar de Tasmania, produciendo una miscelánea de tonos turquesas claros y sorprendentes.

En la intersección, los fiordos se hacen a un lado para dar lugar a la inmensidad del océano. Momento aquel en el cual surgió, entre las opacas nubes que turbaban el cielo, el semblante inconfundible del astro dorado, quién, atrapado entre las finas gotas que los nubarrones lloraban, encendió un perfecto arco iris tornasolado. Asombrados sorprendíamos una exótica danza.

El mar de Tasmania desde los Fiordos

Mar de Tasmania desde los fiordos. Foto: Renzo Opromolla. El Buque de Papel.

Espectábamos la magnitud de aquella fina orquesta que, en perfecta armonía, hacía de sus colosales interpretes, actores de una pieza única e irreproducible que obliga a ser visitada.