Edición 367

Si Manuel H. no te ha retratado, entonces no has vivido… - El 9 de abril

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Si Manuel H. no te ha retratado, entonces no has vivido…
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El 9 de abril

- ¿Cómo recuerda los momentos previos al 9 de abril?

El ambiente político era muy difícil. Tal vez como ahora, pero con carácter más marcado entre la política y sus instrumentos para ejercerla. Sobre todo en la diferencia de criterio entre ser Conservador y ser Liberal. Y tener alguna de las dos tendencias era un problema serio.

Políticamente, el partido liberal se abstuvo de votar en las elecciones presidenciales de 1946, donde salió elegido el conservador Mariano Ospina Pérez. La violencia política ya se había instalado y dejaba muertos y muchas otras cosas dolorosas. En ese entonces, el partido liberal lanzó como candidato a la presidencia al doctor Gabriel Turbay, pero ya había surgido un líder popular y muy querido por ese pueblo raso, y era Jorge Eliécer Gaitán. Era el candidato de la gente y fue disidente del partido. Los resultados de las elecciones lo dejaron segundo y a Turbay tercero, por lo que los oficialistas tuvieron que entregarle las llaves de la casona de la 34 con Caracas, donde aún funciona hoy la colectividad. Bogotá era una ciudad que se consideraba de mayoría liberal, pero sobre todo gaitanista y así lo ratificó en las urnas.

-¿Cómo se enteró del atentado?

El doctor Gaitán tenía su oficina de abogado en la carrera séptima, entre calles 14 y la Avenida Jiménez, en el edificio Agustín Nieto Caballero. Ahí había dos líneas de tranvía. Una iba hacia el sur y otra hacia el norte de la ciudad. Era un sitio muy concurrido. Al lado de su despacho, había una cigarrería que llamaban la "arrancaplumas", porque allí se la pasaban los políticos para comentar su oficio y "despellejar" a sus opositores.

Al frente de la oficina había dos cafés: Colombia y el Inca. Para esa época yo era conocido por mi ambiente taurino y porque ya había tomado mi foto de Manolete cuando estuvo en Bogotá, y eso me dio cierto prestigio entre la gente. Yo vivía en el barrio de La Concordia, arriba en el centro. Ese día, mi hermano estaba conmigo y se quedó jugando billar en el Inca. Decidí salir del café y subir a la casa. En el transcurso del trayecto alcancé a escuchar por Radio Santa Fe que le habían disparado a Gaitán al frente de su despacho, es decir algunos minutos después de irme del lugar.

Entonces, regresé con la cámara y comencé a tomar fotos. El riesgo era tremendo. Tomé los destrozos a la Ferretería Berrío donde sacaron varillas y machetes. Luego subí a la Clínica Central de Bogotá, en la calle 12 con carrera cuarta,  y logré las fotos del doctor Gaitán. Después me fui al Capitolio y a la Plaza de Bolívar, donde la turba intentaba llegar.

-El portal Wikipedia, al reunir y resumir diferentes publicaciones sobre el bogotazo, como la de Arturo Alape, y las crónicas y recuerdos de García Márquez, en “Vivir para Contarla”, hablan del “fotógrafo desconocido”,  de uno que llegó y fotografió a Gaitán en el piso moribundo, y que un testigo lo apremió a tomar las placas del asesino, que era golpeado por los lustrabotas. ¿Usted es ese fotógrafo?

A ese punto llegamos Saddy González, otros colegas, y yo. Era tal la confusión, que nadie sabía qué hacer. Yo no era reportero como Saddy, era fotógrafo de toros. Muchas me quedaron desenfocadas y no muy bien. El miedo nos paralizaba y obligaba a actuar a todos. No sé si fui yo el desconocido al que hace referencia Gabo, pero de lo único que hay certeza es que disparar el obturador fue nuestro seguro de vida.  Sí logré entrar al hospital y ver el cuerpo de Gaitán y tomé esas placas con los médicos que intentaron salvarlo.

- La historia asegura que Juan Roa Sierra fue quien le disparó a Gaitán, pero hay otras versiones de que no fue el único, que hubo otro o dos tiradores más…

Roa Sierra tuvo que ser quien le disparó a Gaitán, porque el lugar del atentado era un sitio muy concurrido y cientos de personas lo señalaron. No se podían equivocar.

- Usted fue el único que pudo tomarle fotografías a Roa Sierra ¿Cómo lo logró?

Después del atentado, Roa Sierra se refugió en un café que había debajo de la oficina del doctor Gaitán. De allí la gente lo sacó. Pudo escapar y refugiarse de nuevo en la droguería Granada, que es más o menos donde hoy queda la  papelería Panamericana, sobre la Séptima con Jiménez. Ahí rompieron las rejas y lo volvieron a sacar esta vez  para lincharlo. Según deducciones que hicimos después, y durante mucho tiempo, es que quienes primero hirieron a Roa Sierra, por un golpe que le dieron en la cabeza, fueron los emboladores del sector. Luego lo halaron de dos corbatas que llevaba anudadas igual, pero de diferentes colores, tal vez para despistar, y lo volvieron pedazos. La ira de la gente era incontenible y la idea de los linchadores era llevarlo hasta la Casa de Gobierno, en ese entonces, el Palacio de San Carlos.

Las imágenes de cine que se conocieron las hizo un extranjero a las afueras del Café OK, Monseiur Rieux, al frente del despacho de Gaitán, y donde funcionaba una filial de la Kodak, quien grabó el momento en que arrastraban el cuerpo de Roa Sierra hacia el Palacio. Mientras tanto, me fui para la Plaza de Bolívar, y en la calle novena con la calle séptima había un Batallón del Ejército. Su misión era impedir que la turba llegara hasta el Palacio. Los linchadores no pudieron avanzar y decidieron dejar el cuerpo de Roa a la entrada del Colegio San Bartolomé, en la calle Décima con Carrera Séptima. 

Me atreví a tomar una foto y un oficial me increpó. Me devolví con un pañuelo amarrado a un palito como en señal de paz y le hice otra placa al cadáver en el suelo. Después tomé fotos de las ruinas y como a las cinco de la tarde empezó a llover y oscureció temprano. Me fui a la casa y me guardé toda la noche. Se oyeron disparos de los francotiradores toda la noche. Sólo hasta el otro día salí de nuevo a trabajar para constatar todos los destrozos. Luego bajé hasta el Cementerio Central, zona que era mi vecindario de niño. Habían llevado tantos muertos que tocaba caminar por encima de los cuerpos. Entre los cadáveres había uno casi desnudo –solo tenia los jirones de los calzoncillos y las dos corbatas al cuello-, destrozado e irreconocible. Los médicos legistas le tomaron las huellas y resulto ser Roa Sierra. Allí le tomé otra foto, la que se conoció del asesino.

El registro de un crimen

Si Manuel H. no te ha retratado, entonces no has vivido…-¿Quién era Monsieur Rieux, el que grababa?

Un francés que era dueño del almacén Kodak, decía, en uno de los libros que publicó sobre el caso. Yo compré y leí los libros años después, pero nunca lo conocí personalmente. Él ya murió hace rato y sus afirmaciones, como la de que había un caballero alto, rubio, bien vestido, con pinta de extranjero, alentando a la multitud a llevar el cuerpo de Roa Sierra a la Casa de Gobierno quedaron para los anaqueles, sin nada más que lo compruebe.

-¿Usted cree que el gobierno de Mariano Ospina tuvo que ver con la muerte de Gaitán?

No, yo no creo, no me atrevo a decirlo. Aquí vino la nieta de Gaitán a hacer un reportaje, que luego se volvió documental. Y le dije que si Gaitán no hubiese muerto como murió, si hubiese fallecido de una gripa no hubiese pasado nada,  pero fue un asesinato, y eso conmueve y duele, sea quien sea. Ella se fue molesta.

-Se han escuchado teorías todas, que la CIA, que el Gobierno, que los dos, que los comunistas mismos, que los liberales, pero se llegó al extremo, y lo dijo el también fallecido ex presidente Alfonso López, que a Gaitán lo habían matado por un lío de faldas. Dice el poeta Jota Mario Arbeláez en su columna del 20 de julio de 2006, en el diario El Tiempo: “El doctor Alfonso López Michelsen, con el 'venenete' que lo caracteriza, dijo a Enrique Santos Calderón en su libro Palabras pendientes -y se lo sostuvo a este columnista en su biblioteca (de él)-, que el crimen de Gaitán había obedecido "a un lío de faldas". Afirmó más linfático que, cuando dio por primera vez esa declaración, doña Amparo y doña Gloria, esposa e hija del tribuno del pueblo despachado por mujeriego, según él, le retiraron hasta el saludo”.  ¿Gaitán era así?, ¿era esto posible? O como siempre, en un crimen de estado, ¿se busca minimizar para quitarle la importancia y gravedad que tiene para un estado violador de los derechos humanos como el colombiano?

Eso fue lo que se dijo, pero no me meto en la vida de nadie. Ni en la de Gaitán. Yo viví el 9 de abril desde lejos, como un espectador, pero no fui el protagonista del 9 de abril. Y menos para saber si fue por un lío de faldas, algo que suena aún hoy descabellado.