Edición 369

El oficio de escribir (Primera parte)

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El oficio de escribir (Primera parte)
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El oficio de escribirRecorrer las respuestas que muchos escritores contemporáneos argentinos han dado a la revista El Interpretador, en una encuesta sobre Literatura y Trabajo de septiembre de 2008, implica adentrarse en un territorio que asocia el trabajo y la literatura y que descubre, como si se pelaran las capas de una cebolla, un oficio que desde lejos parece inalcanzable para el hombre común: investigar, escribir, criticar, leer y enseñar literatura son algunas de las huellas que dejan esas respuestas de incansables trabajadores. Huellas que se asocian y se complementan para construir un oficio que está asociado al mismo tiempo con el placer y la rigurosidad del trabajo.

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar”, dice un fragmento de “Las Ruinas Circulares” del reconocido escritor Jorge Luis Borges.

Lo que por prejuicio para el que no escribe podría parecer un trabajo absolutamente solitario, cuando se leen las respuestas de los escritores, este oficio se revela más complejo y el escritor en su tarea parece nutrirse de los otros. Si bien, es una acción solitaria cuando se está frente al papel o la computadora, existen momentos en que esta labor parece dejar de pertenecerle, se abandona esa idea de individuo iluminado en la soledad, y su escritura es habitada por otros, trabaja para otros y con otros y de ellos se enriquece: “Me encantaría que la sociedad dejara de considerarlo un Don Superior y entendiera que es simplemente una tarea social, que los hacedores de ficciones y mundos alternativos somos parte de las fuerzas productivas de una sociedad, que producimos significaciones, que le damos a la gente posibilidades de pensarse y experimentar en la ficción valores posibles, significados nuevos, preguntas políticas, éticas, existenciales”, dice la escritora Elsa Drucaroff en una de sus respuestas a la encuesta.

Abandonar la idea de Don Superior no es tarea fácil. Otra escritora, María Rosa Lojo parece rodear la imagen del escritor iluminado, aunque lo reserva para ciertos géneros literarios: “Si se trata de poesía o narrativa breve, el proceso de escribir es muy imprevisible. Los textos van emergiendo a partir de imágenes que surgen como destellos. Son, de alguna manera, “revelaciones” o ”iluminaciones”, como diría Rimbaud. Las novelas –aunque también la imagen es importante– tienen otro tipo de desarrollo, mucho más lento, planificado y trabajoso”.

Pero abandonar la concepción del Don Superior es posible: “Casi siempre tengo un par de amigos -en Montevideo, en Buenos Aires, en otros lugares, gracias al mail- que son buenos, completistas lectores, a quienes les paso lo que escribo y que opinan y que a menudo me permiten salvarme de errores e anche del acechante ridículo o la estupidez, que con la sola mirada personal, uno confunde tan a menudo con la genialidad”, explica el escritor Elvio Gandolfo.

Los otros, los completistas lectores como los llama Gandolfo, esos que leen lo que el escritor redacta, se convierten en actores privilegiados con voz y voto, antes que los libros lleguen a las librerías: “En mi caso le paso la primera versión de lo que escribo a Ángela Pradelli, Belgrano Rawson y Antonio Dal Masetto. La crítica de los compañeros de oficio suele protegerlo a uno de muchas torpezas, porque una vez publicado un cuento, una novela, no hay retorno”, explica Guillermo Saccomano.

En coincidencia, María Rosa Lojo también considera esa lectura de los otros: “Otras personas leen lo que estoy haciendo. Conté con excelentes editores y editoras en las empresas donde publiqué, pero desde siempre, antes de que existiera la figura profesional del editor, los escritores han tenido lectores previos a la publicación de sus libros. Suelo apelar, además, a personas de mi confianza, que me van a decir la verdad y que no tendrán reparo en plantearme críticas y objeciones. Las lecturas diversas me sirven para saber dónde estoy parada, me muestran desde afuera lo que he hecho, lo objetivan.”

El escritor no puede desvincularse de los otros, su trabajo creativo es, sobre todo, social: “Hago mucho con mis pares cuando estoy escribiendo, me fascina contar lo que estoy imaginando, me sirve porque mientras lo cuento me lo escucho y ese mundo se me vuelve más sólido, ellos intervienen, preguntan, sugieren, y eso me estimula muchísimo, es un mundo que se (nos) va haciendo cada vez más rico. La literatura es un arte solitario sólo en el momento de escribir frente a la pantalla, pero nadie crea en soledad, siempre se crea en contacto con los otros, y si asumimos eso, se gana mucho creativamente. O al menos yo gané mucho y sé de otros a los que les pasó lo mismo”.

Ahora, el oficio de escribir no es sólo social por estar inserto en un sistema de relaciones humanas que enriquece el proceso de trabajo, sino porque en el capitalismo, la producción de mercancías exige que sea social, “que sea algo que necesiten los demás para sobrevivir, ese es el valor de uso social. Para el capitalismo el trabajo es un valor, donde radica en la subjetividad social que reconoce valor en determinadas cosas: el trabajo literario es reconocido como valor”, explica Elsa Drucaroff. En el sistema capitalista, el trabajo es social en cuanto que lo mercantil les muestra a los hombres ese carácter social de su propio trabajo.