Edición 359

El oficio de escribir (Primera parte) - Ideas iluminadas

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El oficio de escribir (Primera parte)
Ideas iluminadas
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Mientras que la sociedad parece concebir la imagen de un escritor habitado por ideas iluminadas, a las que acuden destellos, imágenes y representaciones que se escriben –casi sin intermediaciones- como ríos de tinta en el papel o en la pantalla, en cambio, los escritores encuestados entienden escribir como un oficio más cercano al trabajo manual del artesano. En este sentido, en el momento de tener que compararlo con otro oficio piensan en hacerlo con “el diseño y el dibujo, con la talla de madera. Sobre todo esto último”, dice el escritor y experto en comunicación Anibal Ford.

La talla de madera es un oficio milenario que permite esculpir ese noble material y da cuenta de un proceso donde el tallador se involucra en su trabajo en una comunión entre el sujeto y el objeto: entre gubias y formones, el artesano toma la madera y crea una pieza con sus manos, tallando, puliendo, lijando. Ford dice que él trabaja la escritura “como la talla”. “No escribo de manera regular porque me tragaron otras cosas que me hacen aparecer a pesar mío como un profesor universitario. Pero así son las cosas. Con todo escribí ficción y pienso seguir. Es lo que más me interesa y creo que es donde hice un aporte marginal pero real. Soy lector de documentos perdidos y cuando escribo investigo lo que estoy escribiendo. Teoría y narración o ficción han pasado a ser, para mí, una misma cosa”, agrega Ford.

Talla y escritura. Madera, papel o pantalla. El escritor, con herramientas que varían desde el lápiz a la computadora, le da forma a un mundo y lo recrea, preparando de manera no conciente el encuentro con su lector: “"Si escribir es un placer y un oficio en definitiva solitario, celebrar los libros es un placer colectivo", explica Drucaroff en referencia a su novela El Infierno Prometido: una prostituta de la Zwi Migdal. El oficio de escribir no puede desvincularse del placer del que escribe y del placer del que lee, lector especialista o no, recorre la escritura y la modifica aún sin quererlo.

Por su parte, Gandolfo cree que “el trabajo de escritura debe de tener puntos de contacto, en la estructura, en el ritmo y en la expresión, con las otras formas de crear: el cine, la pintura, la música, cada uno de esos pasos alejándose por su especificidad de la escritura en orden de aparición. Son todas maneras de traducir lo muy difícil y gozoso de traducir: lo real”. En este sentido, Jorge Luis Borges decía con certeza -en un artículo de marzo de 1997- que “creo que ese es el oficio (por el oficio de escribir), o si usted quiere¬ es una palabra más ambiciosa¬, el destino del escritor: cambiar las cosas... Yo mismo tengo la impresión de que todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la felicidad, que yo sepa. Porque la felicidad es un fin en sí, mientras que el infortunio debe transformarse en otra cosa... Esa cosa es el arte. Puede ser la música, la pintura... En mi caso no es sino la literatura”.

El escritor ejerce un oficio privilegiado: no sólo observa y es partícipe de esta transformación, sino que su objetivo está íntimamente vinculado al disfrute, al placer de escribir, un goce a veces tenso y muchas otras, gratificante.

Guillermo Saccomano compara también la escritura con la pintura y el dibujo: “El dibujo sería el equivalente del cuento. Y viceversa. La pintura, el de la novela. Conjeturo que las reflexiones del pintor Matisse sobre la pureza de la línea y los efectos del color bien pueden aplicarse como técnicas narrativas”. Por su parte, Lojo cree que el oficio de escribir es similar al del de actor: “Siempre comparo la escritura de ficción, y la novela en particular, al oficio del actor. Si queremos construir personajes creíbles, debemos  ser esos personajes por un tiempo. Meternos dentro de ellos, mirar el mundo desde sus ojos, actuarlos, en una palabra. La literatura, y el teatro, que también es literatura, nos permiten vivir vidas posibles que nunca realizaremos; hablar y pensar como seres que aparentemente nada tienen en común con nosotros, abrir el abanico de la experiencia humana hasta dimensiones insospechadas”.

En todo caso construir, crear mundos posibles, ser y actuar en ellos, al menos a través de los personajes, utilizando la técnica parece ser parte de este proceso creativo que es  el oficio de escribir y que permite ofrecerle al lector un mundo lleno de experiencias y emociones. Por su parte, Drucaroff cuenta en detalle su experiencia como escritora, abriendo el juego no sólo a un oficio, sino al encuentro con varios: “Cuando estoy escribiendo una novela, por momentos me siento una especie de arquitecta - albañil, en el sentido de que estoy erigiendo un mundo, una ficción, sacándola de la nada a partir de unos planos iniciales, poniendo cuidadosamente ladrillo por ladrillo, palabra por palabra, viendo cómo empieza a existir, a tomar forma, comparando con los planos, corrigiendo o cambiando el plano, lijando, puliendo. Los géneros literarios me ayudan mucho, son parte inicial del plano, un respaldo que estimula la imaginación, me ayuda a buscar. Al mismo tiempo empiezan a llegar personas a ese espacio, a moverse allí, habitarlo. Ahí hay un disfrute especial, me siento muy identificada con Las ruinas circulares, de Borges, en ese cuento está la idea del trabajo, de concentrarse metódicamente para hacer nacer a una criatura que será autónoma”, explica en detalle.

Esta concentración metódica parece combinarse en el oficio de escribir con la técnica, la pura creatividad y la imaginación: “A mí me llegan voces, sentimientos, pensamientos de mis personajes todavía no existentes, mientras los hago actuar según los planos iniciales, es como si empezar a moverlos forzadamente, sin creérmelo mucho, les empezara a dar voz despacio, de pronto se concretan, empiezan a hacer cosas que no esperaba, a sentir cosas que yo no sabía, y ahí creo que el oficio cambia, ahora soy una especie de editora o “montajista”, tengo que escucharles todo y elegir qué les dejo decir, qué cuento desde otro lado, qué no va a ser nunca explícito. En ese punto hay mucho de escribir pero sacar, o no escribir pero pensar y saber que no va, aunque hay que tenerlo en cuenta”.

Otro de los oficios con los que Drucaroff compara la escritura es el de “montajista”: “Que para insertar una toma de alguien que, por ejemplo, está braceando en el mar necesitó que su actor caminara antes mar adentro, saltara un par de olas, se tirara abajo de una, hasta estar ahí levantando el brazo como lo quiero en esa toma de segundos. Por eso no entiendo mucho a los escritores que dicen que no corrigen, que no retrabajan lo que les sale de primera, a lo mejor es así, nomás, cada cual tiene sus formas de crear, pero a mí no me parece un mérito no corregir. Corregir es parte de la búsqueda estética” y agrega sobre el proceso que “escribir literatura no es sólo un escribir terso o pulido, corregir no es sólo corregir estilo, si no, no habría grandes escritores con estilos poco pulidos o torpes, como el escritor Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Philip Dick. Eso del “trabajo con el lenguaje” no es sólo con el significante, también se trabajan la trama, los personajes, todo eso es en definitiva lenguaje y se precisa investigar a fondo con palabras, en palabras, para después editar y montar”.