Edición 352

Lo cogió la muerte…

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Lo cogió la muerte…Sentí de repente un escalofrío causado por su aliento fugaz en cada pequeño vello de mi nuca, ese aliento que parecía acariciar cada uno de mis pensamientos y recorrer cada vértebra de mi espalda.

Sabía que a pesar de tenerme entre sus brazos, aquella mujer misteriosa de labios rojos, delgada y cuyo cuerpo estaba hermosamente construido y cubierto solamente por un vestido negro y una especie de manto que cargaba en su cuello, aquella mujer de aspecto altivo al verse entre mis manos, famosas por su tacto complaciente, se convertiría en una más de las muescas de mi cama…

Decidí seguir su juego y mientras sus manos iban dejando una sensación en mi piel que jamás ninguna mujer me hizo sentir, una sensación fría, como de nervios que causaba una excitante expectativa en cada movimiento… Y ese pequeño juego… Jugaban nuestras manos al gato y al ratón y cada que me evitaba me volvía loco… Esperaba de todo corazón que esa persecución terminara en un juego trágicamente autodestructivo, al igual que mi vida cada noche…

Al hacer un ademán para voltearme y comenzar a jugar con mis reglas, ella lo evitó susurrando… “No me gusta el aliento a alcohol que traes…” Y de repente sus delicados y delgados dedos bajaron por mi vientre, bordeando el cinturón que traía puesto. Jamás me habían seducido así… Las mujeres que levantaba en el bar usualmente eran huecas y pensaban que la vida se trataba solamente de casarse y morir con deudas e hijos y un esposo que sea fácil de engañar usando tipos como yo. 

El aire en el pequeño departamento comenzaba a concentrarse y al ver hacia la ventana me percaté de que sus caricias habían arrastrado a mi cuerpo a empañar las ventanas y la luna se veía borrosa, pero su luz seguía iluminando con intensidad la sala del departamento que nos había alojado en aquellas artes amatorias. Sus manos, con el toque perfecto de lujuria y calma me habían quitado la chaqueta y desabrochaban muy despacio cada uno de mis botones, me giró de golpe y sentí sus uñas recorriendo mi espalda mientras su lengua perforaba mi boca… La tomé de la cintura y la pegué a mi cuerpo como si mi vida dependiese de ello… Sus cabellos bañaban sus hombros y sin apuro, tratando de disimular el deseo que aquella mujer me hacía sentir, empujé las tiras de su vestido hacia los lados… Bajando despacio… Aprovechando con mi boca su cuello blanco y su piel que sabía a una tarde de invierno la dejé en todo su esplendor natural. Sus largas piernas subían contorneando una figura delgada pero firme, esbelta si lo desean…

Ahora no había vuelta atrás y ambos lo sabíamos. Dando golpes a todo aquello que se nos atravesaba y como si de una tormenta inevitable la que tomaba mi cuerpo se tratase, llegamos a la habitación… Quedamos ambos desnudos, ardiendo de deseo y con la sensibilidad en la piel a cada caricia, cada lamida, cada mordida, cada estímulo en definitiva del otro. Me tiró hacia la cama y le tiré mi piel encima, dejando que la locura me consuma… Sus extremidades iban rodeando mi cuerpo como una boa hambrienta y me sentí muy a gusto entre sus piernas, con sus senos rozando mi pecho y sus labios en mi cuello. Los gemidos se daban como mariposas de alas blancas, haciendo alarde de la belleza de aquel momento perdido en el tiempo.

El sudor comenzaba a cubrir mi cuerpo, pero ella… Ella era una historia diferente… Mientras más me agitaba, las reacciones aparentes de su placer se veían en varias presentaciones en sus ojos cerrados y en su respiración, sus pedidos eróticos de caricias que no me molestaban en absoluto y que para ser sincero, anhelaba como una planta moribunda a la lluvia.

Lo cogió la muerte…Con un movimiento rápido y sorprendente, me colocó debajo de ella dejando así mi cuerpo a su disposición y sentí esos labios de fuego bajar  por mi pecho, mi vientre… Parecía un eterno preludio, una eterna y desesperante espera para tomar mi noche por sorpresa… Sin embargo dejó que su aliento frío explorara mi cuerpo hasta el último poro y en esa misma situación acerco sus caderas y mi boca para que, al igual que un lobo sediento, beba del dulce néctar que su sexo me ofrecía… En medio del trance en el que me encontraba, la escuché decir reprimiendo un suspiro: “¡Espera!” y al abrir los ojos la observe desaparecer tan perfecta por el umbral de la puerta, internándose en la oscuridad del pasillo para retornar casi inmediatamente, sus pechos se contoneaban coquetos a la par con aquella cadera hipnotizante y dando un salto me volvió a acostar.

Tomó el velo que llevaba alrededor del cuello y me cubrió los ojos, puso mis manos en su cintura y muy lentamente se fue acomodando sobre mi erecta buena voluntad y dejó escapar una pequeña señal de sus labios, casi al unísono con la inevitable respiración que yo liberé… La excitación que la situación me producía se vuelve indescriptible pues tener a una mujer tan completa sobre mi cuerpo, moviéndose con perfecta sincronía en un patrón circular sobre mí fue simplemente eso… Indescriptible… Se me había salido de las manos… Había caído sin retorno en su red…

Sus manos cayeron de golpe sobre mi pecho, subieron por mis mejillas y me agarró ligeramente del cabello mientras mis dedos se fueron trasladando desde su cintura hacia ese par de pechos tan perfectamente firmes y que bailaban con cada vaivén de nuestros cuerpos… Su respiración agitada se convirtió y con el mismo sistema, sus gemidos se iban convirtiendo en gritos cada vez más y más agudos… Podía ver su cuerpo con mis dedos, su piel era tan deliciosa. Parecía ser seda pero con algo diferente, conforme su emoción subía, su temperatura se iba quedando fría…

En ese momento tan crucial en el que sentía su espalda arquearse al igual que una víbora, la tomé de golpe por la parte baja de la misma… Sentía mi voluntad contraerse de su trampa mortal y justo en el momento medio de un orgasmo que prometía ser la sensación más intensa que mi cuerpo sentiría en toda la estancia efímera que compartía con otros tantos billones de gente entre viva y muerta, justo en ese momento mis piernas comenzaron a entumecerse y por más que apretaba mis dedos contra su cuerpo sus fría piel parecía enmudecer mis sentidos… Un estado de sopor inminente, un destello de tranquilidad y una falta de pensamientos me invadían y de repente supe lo que estaba sucediendo, lo que ella confirmó de repente al quitarme el velo de los ojos…

A medida que la visión de aquel ser infernal se me apagaba y mi consciencia se perdía en medio de un mar de placer y gozo, escuché casi como un eco en medio de las montañas…
 “-Tus vicios han acabado por asesinarte, pero no estuvo nada mal…”
“-Eres una viuda negra… La muerte…”

Es por eso que alguna vez escuché sabias palabras que nunca, hasta ese momento, había entendido… No hay calma más grande que el momento anterior al de muerte…