Edición 374

La muerte, el paso a la vida eterna (II Parte)

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La muerte, el paso a la vida eterna (II Parte)Ahora estamos vivos, podemos percibir y sentir muchas cosas, compartir risas, detalles, expresar sentimientos, y aunque parezca extraño para algunos (pocos o muchos), un día nos sorprenderá la muerte.

La vida no es más que la continuación de la creación de Dios. Como pensamos quizá actuamos, nos equivocamos y creemos que todo está bien. Los ciclos son diversos, duraderos o pasajeros. Es como remar para llegar siempre a algún lugar, donde quizá se consiga la felicidad, pero se debe tener en cuenta que vivir es consecuencia para morir.

La frialdad para asumirla no es la mejor consejera, pues se presenta de diversas formas, y para ello, la tanatología (conjunto de conocimientos médicos relativos a la muerte) es una alternativa para poder afrontarla, ya sea ajena o propia, y soportar los siguientes días extrañando a un ser que no volverá a compartir o hacer parte de nuestros días.

La muerte tiene varios rostros, el anticipado, el repentino, el médico, el de decisiones erradas como suicidio (por valentía o cobardía), y aunque debamos partir para vivir en la eternidad, asumir esta naturalidad de la vida (aunque sea paradójico) no es para nada fácil por mucho valor que se tenga.

La muerte, el paso a la vida eterna (II Parte)Se acude a Dios, pensamos en injusticias, creamos dudas, todo parece absurdo, es sentir una serie de manifestaciones en el alma y en el corazón que en ocasiones necesitan de la ayuda profesional.

Existen pacientes terminales, que llevan un proceso y sus familias pretenden alargar su existencia, sin caer en la razón de que, quizá, lo que ellos desean es una vida digna, no tortuosa; no esperan ser experimento para la medicina con tantas alternativas a las que acuden sus familiares.

Cuando se presenta de forma accidental (como en accidentes de tránsito o aéreos), las incógnitas siguientes son si quizá sufrió, qué sintió, cuáles fueron sus últimas palabras, por qué sin un simple adiós, etc. Allí donde las  situaciones son adversas, la muerte comienza a hacer parte de las vidas de los dolientes, y es necesario un poco de ayuda profesional.

La muerte, el paso a la vida eterna (II Parte)La muerte repentina es una variación, por ello debemos estar preparados para el día de nuestra partida, y “jugar a morir” es un ejercicio que hará más aceptable la muerte propia; si no debemos nada a la conciencia, la muerte será más tranquila aunque se presente de una forma determinada.

La muerte de un ser amado genera lo que se llama estrés postraumático, culpas y arrepentimientos. Negarse a hablar de la muerte es como negarse a respirar, es tan inherente la muerte a la vida, como lo es el día a la noche; por ello se convierte en un proceso y el duelo es menos manejable para los que incluso no piensan que morir es una parte del ciclo de nuestras vidas, así observemos las ajenas.

A través de la vida nos convertimos en hijos, hermanos, padres, abuelos, amigos, compañeros, confidentes y buscamos realizarnos como personas, pero la muerte siempre está allí presente, en cada acto, en cada paso, se esconde de mil formas para sorprendernos, solamente que espera que estemos preparados para recibirla, tal vez para sonreírle o para odiarla.

La muerte, el paso a la vida eterna (II Parte)Podríamos llegar a pensar que la muerte simboliza el fin del camino propio, sin importar la edad, estrato social o profesión, puesto que somos el prototipo para preservarla y evitar encontrarnos con ella cuando menos lo queremos. Y es que la muerte también es previsible. Sabemos que la podemos evitar si no conducimos en estado de embriaguez, si manejamos motocicleta utilizando el casco protector, si tomamos medidas de seguridad al practicar deportes extremos, o en muchas situaciones que enfrentamos, porque la vida es aprendizaje para que la muerte se demore cuando está en nuestras manos.

La medicina ha hecho que la humanidad logre prolongar la vida, los avances lo demuestran. Tantas cirugías que salvan vidas, reconstruyen, implantan, entre otros, son una muestra que la muerte debe ser aceptada en la ruta que tomamos, y sin descartar la sorpresa, fallecer lo experimenta el cuerpo y la mente, más no el alma.

Finalmente, mientras haya vida hay esperanza, y es mejor vivir para morir, que morir en vida.