Edición 353

La palabra es una ficción con imagen y sonido

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Venado en Altamira

Venado en Altamira

A la memoria de Ignacio Ramírez, Cronopios, por el año de su muerte 19/12/07

Las palabras no nacieron dentro de los siete días que duró el sagrado mito narrado en diferentes biblias. Se levantaron de las aguas monstruos y sirenas, volaron entre las nubes pterodáctilos y codornices, se engendró la piedra sin pico ni alas y parieron las vacas terneros. Noé las arrinconó en su canoa y salvó a las cosas del ahogamiento.

Pero las palabras tuvo que inventarlas el ser humano con sufrimientos y noches con hambre. Por milenios y centurias vagaron en su mente junto con los recuerdos y se mezclaron en su garganta con gritos, carcajadas y gemidos.

Un día que cayó en un hoyo abierto por la punta de una estrella que se quedó dormida, dijo ¡ay! y por primera vez articuló el homínido en su boca el dolor contra la roca. Con su incipiente sabiduría empezó a balbucir ensayos de sonidos que concordaran con lo que veía. Los ruidos de los truenos, el rugir del mamut y el rumor del fluir del río.

Alguna mañana, antes de tomar agua sin sal, hierbas y dátiles crudos en el desayuno, entre gruñidos de alegría y una mirada a la cara de su amada, le tomó las manos y le estampó un beso con chasquido en la mejilla y dijo emocionado: te amo. Fue la primera palabra que un humano dejó escabullir de muchas otras que pugnaban por salir de entre su tráquea. Desde aquel célebre momento, empezó el lenguaje a desgranarse en sonidos y mugidos en una cadena lenta y larga.

El homo sapiens descubrió, sin darse cuenta, que su lengua había estado trabada por miríadas y que a una cosa correspondía una serie de sonidos para identificarla. No estaba Chomsky presente ni Darwin ni Saussure para registrar y darle nombre a ese proceso. El caso es que las palabras empezaron a salir, como de una cartilla de primaria, con luces y colores, de la mente del primate.

Del contento de mamar el bebé el dulce chupo de la madre, salió la mmm que ronronea cuando extrae la leche de sus senos. Un ¡Ay! simbolizó el dolor cuando el mazo de piedra le caía sobre sus dedos y le rompía las uñas con que comía sin cuchara.

Del balido de la oveja la nombró y del sonido que hace el perro cuando ladra aprendió a llamarlo guau, como cualquier niño que gaguea. Componer palabras debió convertirse para él un juego, como hoy lo siguen haciendo poetas y escritores. Más tarde se sentó ante el banco de una escuela frente a la piedra y pintó cebras, coyotes e hipopótamos como cualquier hippie que deja el rastro en las paredes de su cueva.

Ese es el milagro de meter en nuestra cabeza al universo y que Ares, Encarta y Wikipedia hayan llenado de páginas la pantalla para ahorrarnos el afán de volar hasta Egipto a conocer una pirámide o tener que ir en peregrinación hasta La Meca para conocer la Piedra Negra. Oír a Beethoven, Pavarotti o a la bella Amy Winehouse y beber gota a sus canciones hoy parece la cosa más sencilla.

El ser humano ha tenido que recorrer con más sudores que Matrix y sus contorsiones para inventar esta máquina de hablar, pintar y hacer salir de la mente, colores, notas musicales, sonetos de amor y crónicas que perduran los sucesos. Los idiomas son una película de ficción, con animales, astros, magia, traqueteos y jugueteos sin fin en una cama o el tecleo ante una hoja de titanio y plasma.

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