Edición 354

Hacia el fondo del mundo

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Poste indicador con diecciones y distancias desde Bluff al mundo

Existen pocos lugares en el planeta que se encuentren tan cerca de la Antártida como Bluff, la última ciudad al sur de Nueva Zelanda. Ubicada a cuarenta y seis grados al sur del Ecuador, su cercanía al Polo Sur adquiere mayor dimensión cuando uno se acerca al austral mirador erguido sobre el reborde del territorio.

Filoso balcón de un paisaje que transmite inmensidad. Contiguo, el dilatado horizonte deviene indiscriminable y encierra en su espectáculo el absoluto fin de las tierras.

En este improvisado “viajecito” al margen más austral del país cruzamos lagos y montañas de diferentes colores y tamaños. Transitamos rutas de asfalto nuevo que, como fieras sin alimento, esperan y desesperan por ser recorridas, por cumplir su asignada función.

El coche respondió convenientemente, y a eso del atardecer entrábamos a Invercargill, la ciudad más grande al sur, antecedente de Bluff. Rodeada de agua, la península que conecta ambos puntos ofrece un banquete de trescientos sesenta grados donde confluyen playas solitarias, una bahía de amarras que exhibe sus veleros y sus botes, y un pequeño conjunto de colinas de verde césped.

En su solidaria disposición corpórea sólo queda respirar el soplo puro y pleno del aire que visita indiscreto los rostros extraños. Permanecimos por un buen rato en aquella surrealista terraza al infinito.

Bluff: vista de la carretera y la península contigua indicador de direcciones

Vista de la carretera y la península contigua. Foto: Renzo Opromolla. El Buque de Papel.

Momentos esos, escasos y caros, que descienden hasta mis manos para activar mi pensamiento. Fragmentos del cosmos que no oscilo en almacenar en los cajones de mi consciencia.

Luego de aquella parada descendimos por la carretera hasta un significativo poste indicativo, en el cual se marcaban las direcciones de varios lugares emblemáticos y referentes en el mundo. Así aparecía la dirección y la distancia en kilómetros hacia el Ecuador, hacia el polo sur, Nueva York, y, entre varias otras, hacia Londres, ubicada a poco menos de diez y nueve mil kilómetros de distancia, casi al otro lado del globo. Las dimensiones desde allí eran sorprendentes, consecuentes, debo reconocer, con lugares tan singulares en nuestro planeta.

Acto continuo iniciamos el regreso hacia Invercargill. Allí invertiríamos las últimas horas antes del completo retorno. Al llegar recorrimos sus calles céntricas, visitamos una cafetería sobre uno de los bulevares y amordazamos los primeros arrebatos del apetito antes de la cena. Mas tarde completaríamos, con la última de las actividades perseguidas, el precario itinerario esbozado antes de partir.

Coincidimos entonces en que queríamos disfrutar en esas distantes tierras neozelandesas de algo más que de sus deliciosos panoramas. Habíamos decidido adosarle al factor natural otro tanto del cultural. Combinamos entonces para ubicarnos en uno de sus bares representativos y allí ver, cerveza en mano, el partido que los “All Blacks” disputaban con los británicos.

Nativo ritual social que expone sin, y sobretodo “sin” apartar la cerveza a un costado, la singular esencia de su ser nacional.

Aprovechamos para comer algo que habíamos previsto en el auto, y nos sentamos, algo anonadados, a escuchar al silencio, víctima de algunas interrupciones que nacían espontáneas en nosotros, buscando hipotetizar aquel espacio.

Parado sobre un punto de un planeta cada vez más descubierto y revelado, donde al ampliarse los destinos visitados iba creciendo en mi la concepción  acotada que antaño sobre él denunciaba, sorprendí allí nuevamente el molecular elemento que encarnó dentro tan magnifico y complejo mecanismo divino.