Edición 364

Se van mis mayores…

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Se van mis mayores…Tranquilos, a pesar de la piquiña que genera la proximidad de la muerte. Mejor resignados.

Se van mis mayores, porque culminaron su tiempo de vivir, y con días de antelación pronostican que la pálida dama los va a buscar. Mejor, la anhelan luego de años de enfermedades, de reumatismo, de achaques, de dolores en el cuerpo y el alma por todo lo perdido, lo añorado, lo que faltó por hacer.

Son tan enormes que construyeron sus vidas en medio de la edificación de un país que sigue inconcluso, a medias, avanzando como el cangrejo, con un paso adelante y dos atrás.

Se van mis mayores, los tíos de mi madre, los que quedan, los sabios de la tribu, quienes entregaron todo en la razón del ser, de una familia, de unos hijos y sobrinos, de unas tierras y de arañar los sueños por un mañana de paz que no llegó. Incluso, se fueron esperando disfrutar de algo tan cotidiano como una casita arreglada por el antiguo INSCREDIAL, y cuando las cuotas pagadas parecían haber engrosado el bolsillo político corrupto.

Se fueron mis mayores, con olor a nostalgia, con toda una historia a la espalda, de un campo regado con sangre y con la esperanza intacta de ver a sus hijos crecer, y darles alegrías y tristezas, satisfacción por sus vidas edificadas, o rabia porque quedaron truncas.

Se van mis mayores…Se fue Carmen, primero, sin poder usar sus manos prodigiosas para tejernos sacos de lana y hacernos postres deliciosos y que nunca más volví a probar. Doblada por el reumatismo, cansada, pero manteniendo hasta último momento esa alegría y energía transparente con la sencillez de una mujer que decía lo que pensaba, a veces sin pensar en lo que decía, parafraseando a Sabina, como cuando sonriente expulsaba: “mijito, la hipocresía es sinónimo de buena educación”.

Y se fue Georgina, la rebelde, la iconoclasta y dura, como mamá Antonia, mi bisabuela, que fumaba y puteaba a placer en la tiendita que tenía en el frente de su casita, donde vendía cerveza y postres, y donde mis ganas por escribir comenzaron a tomar forma al leer la enorme colección de historietas españolas y gringas que su sobrino, Omar “el loro”, alquilaba a un peso, como las grandes de Condorito, Patrulla 15, El Llanero Solitario y a 50 centavos las pequeñas, como Kalimán, Arandú, Disneylandia, Don Mickie, e historias de zombies.

Se fue anunciando con 15 días de anticipación su partida. Su corazón fallaba, como su ánimo y varios sobresaltos ya  le había dado. Su memoria, sin embargo, se conservaba intacta, con los recuerdos en la flor de su piel de 81 primaveras.

Se fueron ambas y en distinto día, en medio de aguaceros orquestados con percusión en el cielo, con el invierno de los años pesando en quienes quedan y que comienzan a mirarse entre ellos y a confirmar que la eternidad en esta tierra es inexistente.

Se van mis mayores…Se fueron a mejores campos, donde no habrá reumatismo ni problemas cardiacos, donde las nostalgias por lo perdido se transformarán en risas, en carreras por esos campos verdes, donde intentar atrapar ovejas en medio de los trigales y pastos, y buscar tesoros muiscas en las montañas vecinas a sus casitas, nos templaron a los primos el carácter, aprendimos el respeto a los mayores, nos divertimos con sus historias y no pudimos dormir con otras de horror, de fantasmas, de apariciones en un campo que se lo tragó la ciudad.

Hoy se fueron con toda esa caravana de fantasmas, los que nos hacen falta para reiterar el verdadero sentido de la solidaridad, de la familia, del amor. Unos valores que hoy parecen espectros porque nadie los ve ni repara en ellos, pero que están tan vivos en medio de tanto muerto, perdido en la rutina, en el chisme, en la mala leche que a diario soportamos. Por eso quiero imaginarlas así, jóvenes, riendo, amando esa vida que era prestada y cuya moneda se agotó un domingo cualquiera inundado de tristeza.