Edición 363

Whitman (1819) = Negret (1920)

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Whitman (1819) = Negret (1920)Édgar Negret es en la actualidad el escultor más importante de Colombia y uno de los creadores plásticos de vanguardia más reconocidos en el mundo.

El abstraccionismo es un reto a la manida concepción del arte. Hijo de  de los manifiestos bretonianos de principios del veinte, culmina en los hallazgos de Picasso y Jorge Braque.

Poco a poco la necesidad de síntesis desemboca en la sinopsis gráfica y volumétrica, el color se derrama en un laberinto introspectivo y obedece a exploración metódica. Más allá de la composición fotográfica, rompe los parámetros establecidos. Árbol que hunde sus raíces en el subconsciente, su lenguaje trasciende la percepción meramente visual. Al margen de visiones inmediatistas, con el abstraccionismo regresan el ojo y el tacto a la virginidad del origen.

Whitman (1819) = Negret (1920)La figura clave del movimiento modernista es el escultor español Antonio Gaudí. La línea geométrica y pesada de sus esculturas, abre las puertas del arte moderno. A principios del siglo XX, en un clima convulsionado por las secuelas de la primera guerra mundial y la llegada de la  revolución industrial: máquinas como protagonistas de fuerza laboral, incipientes organizaciones sindicales, despertar de las masas obreras e imperio de nuevos capitales financieros como ejes de un mundo en transición, apareció el fenómeno surrealista, caldero donde se cocinarían simultáneamente los insurgentes movimientos plásticos tridimensionales y volumétricos: cubismo y abstraccionismo cada uno con sus correspondientes tentáculos, sicoanálisis de Sigmund Freud y corrientes de vanguardia política como el marxismo.

Con Rimbaud y Lautreamont como antecesores lejanos y más acá Apolllinaire quien le dio el nombre, la aventura surrealista enterró a sus predecesores. El nuevo oleaje desbordó el marco de la literatura e invadió el arte y la vida política y social de la época.

En este clima encontró Édgar Negret el espacio propicio para dar rienda suelta a los demonios de su imaginación y a su atormentada concepción lírica del mundo. Poetas como Porfirio Barba Jacob, Gabriela Mistral y de manera especial el norteamericano Walt Whitman, lo desvelan. Y es ahí donde surge no la semejanza pero sí el parentesco íntimo de estos dos personajes: (Whitman, 1819; Negret, 1920).

Whitman (1819) = Negret (1920)Whitman nacido en Long Island cuando despuntaba el siglo XIX, es como Negret originario de una ciudad pequeña. Como él experimenta un desafío compulsivo y como él se desembaraza a tiempo del lastre provinciano.

Y mientras Whitman, campesino de origen, se inclina sobre la tierra tratando de descifrar su amoroso lenguaje, Negret, hijo de una ciudad aristocrática y tradicionalista, interroga a los dioses del trueno para escuchar lo que viene de más allá de sus volcanes y sus ríos.

El arte es hijo de la indagación. Es imposible acceder a ese monstruo de espinazo siempre cambiante, sin tomarnos el trabajo de rastrear. El artista es un ser dinámico comprometido con lo que solo él ve. El hombre o la mujer destinados a trascender su tiempo, son criaturas ajenas a las imposiciones del linaje, cosmogónicos e ilimitados.

Por lo tanto, arte es sinónimo de libertad y eso fue lo que nos dejó Whitman como un legado para quien quiera ver y oír cuando dice: “Poesía es verdad. Está compuesta de hechos y de candor. La poesía es libre, sin ataduras, acumulativa, osada”.

Whitman (1819) = Negret (1920)Fue por encima de todo un pujante y lujurioso animal que proclamó sin reticencias su amor por los bellos efebos en una de las épocas más represivas de la historia. En esa atmósfera de obcecaciones e ignorancias tremendas, vivió como le vino en gana. Por eso no se le puede invocar cubierto de piel perecedera o rezumando sudores y lágrimas que desembocarán en un mar colectivo. Hay que mirarlo a distancia como se miran los ires y venires de la naturaleza.

Whitman (1819) = Negret (1920)Hijo de un tiempo lánguido y nublado, durante la Guerra de Secesión que enfrentó el norte y el sur de su país, lo encontramos sirviendo como enfermero del Ejército del Norte. De su estrecha convivencia con el dolor humano y de los años vividos en la carpintería familiar, vienen sus fraternales cantos al yunque, al martillo, a la hortaliza. Su apología del aroma y el follaje de los pinos, los robles, los diversos oficios que redimen al hombre. Su agradecido renacer en los leños resecos o recién talados. Su  orgullosa y proclamada servidumbre al entorno que defiende y alimenta.

Un solo libro: “Hojas de hierba”,  le bastó para derribar la estructura poética de su tiempo. Lo suyo fue el mundo entero atrapado en palabras redondas y rojas como manzanas maduras: “Yo canto a la eternidad de la existencia”, dijo empinándose hasta tocar la luz.

Whitman (1819) = Negret (1920)Tras la segunda edición de Hojas de hierba, la sociedad de entonces rechazó la apología a la homosexualidad contenida especialmente en los versos de Calamus: “He resuelto no decir más que los cantares del afecto viril/ los proyectaré a lo largo de esta vida sustancial/ ofreceré, pues, tipos de amor atlético/ en esta tarde deliciosa de mi cuadragésimo cumpleaños”. Es de suponer la incomodidad que en un espíritu rebelde como el suyo produciría una situación que llegó hasta a amenazar sus medios de subsistencia: “Sé que me han acusado de querer destruir las instituciones/ pero yo en verdad no estoy a favor ni en contra de las instituciones/ ¿Qué es lo que yo tengo verdaderamente en común con ellas?/ ¿Y qué tengo que ver con su destrucción? (Sé que me han acusado. Calamus)”.

Eran los tiempos de la hipocresía lista a cobrar víctimas. El mismo monstruo que descabezó a Wilde. Por fortuna no fue así en este caso. De pie sobre sus piernas florecientes, Whitman sigue cantando a su amor firmemente anclado y eterno y preguntándose sin cesar: “¿Qué ves, Walt Whitman? ¿Qué oyes, Walt Whitman?”, para responder: “Veo un prodigio grande y circular que rueda en el espacio, veo caudalosas aguas, veo picos montañosos, veo la sierra de los Andes que se extiende más allá. Oigo cantar al trabajador y a la mujer del granjero cantar/ oigo a la distancia los ruidos de los niños y de los animales en el día temprano/ oigo las voces emuladoras de los australianos que persiguen al caballo salvaje...”.  

Whitman (1819) = Negret (1920)Lo que la crítica denomina calidad o talento poético que en resumidas cuentas es, en la mayoría de las veces, sublimación de las propias frustraciones  o esperanzas, ruge de manera indiscutible en la palabra de Whitman. Destaco su torrencial manera de existir. El pájaro de fuego que le cayó en las manos y le enseñó a volar como nadie lo ha hecho en el panorama de la poesía norteamericana. Fue el gran desmesurado de la literatura. Obcecado viviente. Convencido de la grandeza de sus miserias. Águila cuya sombra aún se cierne sobre nuestras pequeñas cobardías y esgrime la valentía necesaria para proclamar, contra fábulas entronizadas, lo que se piensa y lo que se siente.

Whitman (1819) = Negret (1920)No es entonces coincidencial su semejanza con el escultor colombiano. Como él supo medir lo inmensurable valido sólo de sus recursos interiores. Como él rompió el cascarón y conviviendo con seres antagónicos, se renovó en una búsqueda incesante. El alambre, el metal o la madera, ennoblecidos y transfigurados por el tesón y el talento de Negret, cien años antes ya hablaban por la boca de ese hombre sin edad que se llamó Walt Whitman, quien, como demócrata verdadero que fue: “¡A ti y de mí estos poemas, oh Democracia, escritos para servirte, ma femme! (Para ti, oh democracia)”, orbitó tiernamente el corazón humano y sembró su voz en contraposición a las falencias de un mundo que ojalá aprendiera de su ejemplo cómo se vive de verdad.