Edición 363

Borges, crítica y poesía

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Borges, crítica y poesía¿Y qué es la poesía?
¡Cuántas veces me hice esta pregunta!
Manuel Cepeda Vargas

Todo autor o lector de poesía debe haberse formulado esta pregunta alguna vez sin obtener respuesta. De ahí sus múltiples definiciones y el desconcierto humano que suscita.

El poeta es aire de exilio. Fuimos hechos para lo visual, lo audible y lo táctil en un diapasón de corto alcance. Nuestro caleidoscopio tiene sólo dos espejos y el único horizonte conocido cabe en la ventana del atardecer.

Érase una vez una criatura que no podía volar como las aves ni dormir en el fondo del mar como los peces. Entonces decidió enfrentarse a las fuerzas naturales en total desnudez. Cambió el curso de los ríos, llenó de basura los corredores estelares, computarizó el amor y el dolor y coloreó el planeta con el  matiz de su ambición. Todo lo compró y lo vendió para luego volver a comprarlo y venderlo. Todo lo redujo a algazara y ceniza, lo vistió a su manera y lo entronizó para luego precipitarlo al polvo, pero no logró conocer ni domeñar la poesía.

Quien ha hecho de la palabra campo labrantío, sabe que ignora dónde se convierte en hojas más puras que el diamante y más limpias que el oro. A tientas va el ciego bajo la honda noche.  Y más allá del mar cruzan las centellas de Walt Whitman y las princesas de Darío; el alcázar de Giovanni Quessep, la pipa de Beremundo el Lelo o las cuarenta y tres puestas de sol que desde su planeta minúsculo se bebió el Principito.

Borges, crítica y poesíaAristóteles con su Arte Poética, intentó lo imposible: dictar las normas que creyó necesarias para construir un poema como si se tratara de un edificio. Pero Aristóteles era un filósofo, no un poeta. Por eso acudo a Borges para quien La poesía no es algo extraño, está acechando, como veremos, a la vuelta de la esquina. Y como viejo experimentado en la faena de sentir, añade: “Siempre que he hojeado libros de estética, he tenido la incómoda sensación de estar leyendo libros de astrónomos que jamás hubieran mirado las estrellas. Quiero decir que sus autores escribían poesía como si la poesía fuera un deber y no lo que es en realidad: una pasión y un placer”.

A pesar de que Trilce, el paradigmático libro de César Vallejo, es un producto de vanguardia, el poeta denigra del movimiento ultraísta y de su generación tildándola de retórica, plagiaria y simuladora. Ante la inmisericorde poda del poema pregonado por los ultraístas, señala dónde residen su esencia y naturaleza diciendo: Hay un timbre humano, un sabor vital y de subsuelo que contiene a la vez la corteza indígena y el sustratum común a todos los hombres, al cual propende el artista a través de no importa qué disciplinas, teorías o procesos creadores. Dése esa emoción sana, natural, sincera; es decir, prepotente y eterna, y no importa de dónde vengan y cómo sean los menesteres de estilo, técnica o procedimientos.

Después de haber enredado estas palabras con base en hipótesis, ideas ajenas y experiencias cotidianas, me pregunto: ¿Es justificable la existencia de la crítica literaria, sobre todo en lo que concierne a la poesía? Creo que no. Únicamente nuestra percepción cognitiva, siempre menguada frente a lo que algunos llaman destino y otros azar, la hace necesaria. Por algo dijo Marx que la humanidad sólo se hace preguntas que no tienen respuesta. Y por eso la evaluación poética destinada a una labor retórica, apeló a personales y a veces discutibles argumentos que la condujeron a ser útil sólo para quien la entrega y para quien la recibe.

Casi siempre subjetiva, acoge apenas lo que conceptualmente la refuerza e intenta, sin fortuna, sustraerse a su ámbito epidérmico con la secuela arrogante y vacua que suele identificar a los intentos fallidos. Y aclaro que cuando digo estas cosas, me refiero sólo a los sonámbulos que ejercen como despabilados, no a los sabios y discretos que saben en qué sitio y momento del habla pueden erguirse sin desentonar.

Borges, crítica y poesíaLa poesía no es sólo asunto de academias, universidades, talleres poéticos o suplementos literarios. Hemos de convencernos que su madera cruje en bosques inexplorables. Ni la ambivalencia terrenal la mide ni la facundia o el laconismo humanos la definen. Música del pensamiento la llamó George Steiner. Como Un pájaro prisionero en su canto la designa Giovanni Quessep y para Dionisio Aymará, figura descollante de la generación andina de los años sesenta en Venezuela, es “una larga quemadura  o una pávida luz”. Pero es Vicente Huidobro quien da en el blanco cuando afirma: “La poesía es un reto a la razón”.

Sé que es más fácil medir su estatura o catar su sabor echándola a navegar en cualquiera de las llamadas corrientes o escuelas literarias con que marcamos territorio y eso es lo que hacen nuestros críticos, olvidando que esa criatura antigua y libre, debió codificarse para volar entre nosotros. A Vallejo lo salvó ese dejo inocente que lo hace digerible y la hora cenital de Pablo Neruda es la misma de las bestias errantes y las corrientes estelares, aun en el Canto General o en Residencia en la tierra, quizá su poemario más elaborado.

A veces la poesía se nos cruza en la calle de la mano de Luis Carlos López; otras, cruje en el golpe de viento de Aurelio Arturo, relampaguea en los sonetos de José Eustasio Rivera o nos embadurna de pies a cabeza con el Huésped sin sombra de la barranquillera Meira Delmar. Con Antonio Machado, uno de sus más esforzado gladiadores, se nos planta delante con un airón de plumas y un puñal de platino. Pero aun en estos casos permanecen incólumes las palabras de Borges: “Los libros son apenas ocasiones para la poesía”.

Borges, crítica y poesíaTodo ser vivo es espejo de su tiempo y el poeta no es la excepción. Los viejos y los jóvenes, los decantados y los mondos, los que miran el mundo con un solo ojo y quienes pretenden abarcar el universo, son ecos del grito que los toca. Por lo tanto, es demostración de minusvalía interior pretender ajustar la corriente ajena al afluente propio. Podemos dar en el blanco sólo en los seres hechos de nuestra misma materia, nunca en un campo destinado a los demonios del ensueño y la imaginación. ¿Qué son sino algunas de las antologías poéticas que cojean en nuestros cenáculos literarios? ¿Qué las discursivas retahilas? ¿Qué la cerebralización excesiva de ese ser exquisito que llamamos Poema? Ya Óscar Wilde en el acápite liminar de El retrato de Dorian Gray anota: “Toda crítica, buena o mala, es una autobiografía”.

En la hasta ahora insuperada epopeya cervantina, no embelesan tanto los molinos de viento que giran como oráculos cuanto la arremetida delirante de Alonso de Quijano. ¿Dónde yace el encantamiento que alea en los serrijones de Comala? No en la obviedad de la palabra, sí en el misterio que lo engulle sin consumirlo. Pedro Páramo es la más implacable demostración de poderío poético. Sin padres ni hermanos conocidos y después de revolver las entrañas de la narrativa latinoamericana del siglo XX, sigue creciendo. Ahí no encontraremos palabras o ideas prescindibles. Pedro Páramo es una flor silvestre y misteriosa que después de tendernos una celada donde el ni raciocinio ni la erudición tienen cabida, huye para reaparecer cada vez más lejana.

Y eso es la poesía, la que duerme bajo las piedras callejeras donde espera por nosotros la clave de la eternidad, la que aparece de vez en

cuando a recordarnos las patrias perdidas o la que siempre, regia y desnuda, se transforma en la única habitante de los sueños.

Borges, crítica y poesíaCreo que la poesía tiene tantas caras como el amor. De la mano de Barba Jacob, desciende a las fauces  abisales; tiembla bajo la lluvia andina con Matilde Espinosa; el tuerto López y León de Greiff cierran para ella siglos de sopor e incipientes renovaciones en Colombia; se prende al ojal el desenfado subversivo de Luis Vidales y Silva, el poeta puro, sin mezcla o aleación de cosa alguna, como dijo Unamuno, continúa suicidándose, no en su casa santafereña, sí en el delirio irrepetible de el Nocturno.

Es visitante asidua de los ardores marmóreos de Guillermo Valencia y de la violenta ternura de las jóvenes y los jóvenes poetas de hoy. ¿Y qué decir de esa poesía peyorativamente llamada popular, la cual, al margen de lo ungido poéticamente en Colombia escribe con un lenguaje simple y necesario la historia de todos los días? Creo que los poemas de amor, dolor y muerte son su morada predilecta y que pocos alquimistas de la palabra han logrado entre nosotros resolverla con la fruición que despliega Rafael Pombo en su Hora de Tinieblas.

Lo que llamamos poesía no es más que el  tatuaje que imprimió la sal recién nacida en las mejillas de la tierra. Los poetas que nos acompañan, aun después de desaparecidos físicamente y los pocos que merodean bajo el sol, son sólo sacerdotes que ofician entre llamas.

Poesía y misterio, poesía y naufragio. Poesía que se abre y se cierra como una flor carnívora. Poesía tan lejana y cercana, tan críptica y simple. Busco su huella en la flor del naranjo y en la cola del simio, en los caminos sembrados de luciérnagas y en la tiniebla del desamor, porque en todo está, como Dios providente y como él desconocida y necesaria.