Edición 369

Una libélula

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Una libélulaHace algunos días tropecé en la calle con el cadáver de una libélula. Inútilmente el viento intentaba infundir vida a sus alas derramadas sobre  el andén polvoriento. Un rayo de sol danzaba en su barriguilla hinchada y azulosa. El río del atardecer, con su resaca de automóviles y pasos fatigados, corría indiferente.
 Yo, como todo el mundo, iba de prisa. De repente me detuve ante la pequeña muerta. Era tan exiguo el sitio que ocupaba que ni siquiera estaba pisoteada. Sus membranas laterales, tensas en la rigidez de la muerte, parecían crecer hasta cubrir con su opaco cristal toda la calle. En su indefensa inmovilidad, era la más elocuente alegoría de la inocencia.
Sin poder evitarlo, sentí compasión por ella, intrusa en un territorio reservado a los humanos, a los automóviles, a los perros callejeros, a uno que otro gato vagabundo y a los pájaros que a esa hora huían envueltos en escaramuzas adorables.
Una libélulaPorque ese insecto que supo burlar el oleaje del aire hundiéndose en su espuma y resurgiendo después en relámpagos rápidos, ahora yacía inmóvil en un remolino cada vez más intenso. ¿Qué alud lo arrebató a su patria de cañadas y lagunas para precipitarlo en una selva de turbiones amargos donde sus alas se extraviaron irremediablemente?
Sé que nadie reparaba en su presencia. Poco a poco el tiempo reservado a los seres alados, la reclamaba. Sus ojos saltones se ahuecaban y de su vientre empezaba a salir una rosa de humo. Sin embargo, todavía era bella; todavía, con las alas extendidas más allá de lo visible, se preparaba a realizar la más escalofriante de las acrobacias.
El mundo es un rompecabezas donde todas las piezas cumplen una función determinada. Escenario alimentado por la sombra del árbol y el rugido de la fiera, rebasa el entendimiento humano, casi siempre enredado en su  círculo individual. Caminamos sin pensar que lo hacemos impulsados por fuerzas disímiles y si la más breve nota faltara en este concierto, dejaríamos de ser.
Una libélulaPor eso no comprendo la indiferencia de los transeúntes ante la desaparición de este trascendental ¿pétalo? ¿adoquín? ¿gota de agua? ¿ráfaga, rayo, polvo cósmico o latido del corazón universal? Todo esto podría representar  esta criatura, ahora tocada por la centella de la muerte.
Más allá de su imperio radiante, de sus cristales detenidos en el más alto peldaño del día. Más adentro, en su túnel  compartido con los helechos que se renuevan en estaciones frías; en su historia no aprendida por nosotros los que, transidos por este soplo de soberbia, no podemos volar ni contemplar desde arriba la corriente de la vida, está, incontrovertible, su espacio; ese lugar de nácar hecho para el éxtasis y el asombro, abierto en la risa de los guaduales, hermano menor del cóndor y confidente de los cocuyos en los caminos de la noche, porque ninguno de los seres que pueblan este mundo es insignificante y por eso me detuve a guardar un minuto de silencio ante los despojos mortales de esta pequeña hermana que una vez tuvo el poder de elevarse sobre las miserias y las oscuridades de la tierra.