Edición 359

El Mohán habría sentenciado lo de Útica

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El Mohán habría sentenciado lo de ÚticaEn medio de las horas perdidas del campo, en esas donde la tranquilidad trasciende a la monotonía, a Pablo Castellano le llegaron con el Cuento. Él, un hombre labrado por el campo, de manos agrietadas y de sabiduría de almanaque Bristol, ante la novedad que tocaba la puerta de su casa, sólo asintió resignado, y auspiciado por la terquedad más serena y momentánea, esperó la catástrofe deÚtica, de la cual se enteró, con la noticia, que el mismísimo Mohán habría sentenciado.

La fecha de la llegada del Mohán a Útica  es algo que por desgracia se perdió en los vericuetos de las historias difundidas oralmente, pero en retribución, la cantidad de testimonios que existen de la situación da para saber que la criatura, aproximadamente una semana antes del 18 de abril, pasó por el comercio del municipio pidiendo tres simples cosas: cebolla, chicote (tabaco) y panela.

Don Pablo, que para el momento de la visita se encontraba en la cúspide de uno de los violentos relieves que circunda a Útica, ignoraba que al Mohán se le había rechazado su ordenanza de víveres. Sólo hasta cuando la asfixia por la precipitada subida a la montaña de Jaime Mora, el emisario que le trajo la mala nueva, le narró este hechodos días después en su finca, y entendió, con un inesperado gesto ofuscado, que la predicción estaba más que escrita.

La reacción de sorpresa de don Pablo y don Jaime ante la predicción del Mohán no se debía a la aparición de éste, más bien era producto del asombro que causaba la magnitud de la estupidez de los habitantes de Útica, ya que ellos consideraban que si la criatura llegaba a bajar de su exilio en el monte a pedir ayuda, los habitantes del municipio, casi por obligación genética, estaban capacitados para tratarlo como merecía.

Sin embargo, la decepción que cubría a los dos septuagenarios persistió por un buen rato, aun cuandodon Jaime le contó a don Pablo que en los últimos auxilios del Mohán, un tendero cercano a la plaza le respondió con altivez a sus suplicas con un pedazo de panela. Después de todo, Útica es de aquellas regiones donde los cañadulzales son tan bastos que crean en su interior selvas prehistóricas capaces de albergar polillas del tamaño de una paloma.

Aunque el pedazo de panela sólo alcanzó para que el Mohán, en un esfuerzo de agradecimiento, dijera al público que concurría el establecimiento que, del 18 al 22 de abril, el pueblo se iba a ir al infierno. Don Jaime, que en ese preciso instante, entraba a comprar una Coca-Cola a la tienda, pudo escuchar un susurro de la sentencia, y espero con una paciencia caníbal los dos días de la venta de su molienda, para diseminar la noticia a sus cercanos de las montañas.

Del Mohán, el mismo día que llegó a Útica, no se volvió a saber. Don Jaime, tras la predicción, salió corriendo a buscar a la criatura para entregarle el último cigarrillo “Pielroja” que guardaba en el bolsillo, y así quizá resarcir la ofensa. No obstante, ya era muy tarde. La leyenda había desaparecido entre la multitud de un mercado que ante el chicote, la panela y la cebolla, respondía únicamente: “viejo marica, busque trabajo”.

El Mohán habría sentenciado lo de ÚticaA Don Jaime y a Don Pablo les llevó toda una tarde descifrar el gesto de decidía de toda Útica con respecto a la visita del viejo Mohán. Para ellos no cabía similitud de la criatura con un anciano desempleado. El embrollo era que el monte había atrapado a los dos setentones en una jungla lejos del desplazamiento y la miseria. Por ende, el Mohán, en sus mentes permanecía siendo el único viejo de barba larga y amarilla en las puntas, tobillos eternamente desguinzados y sonrisa pútrida, en toda la región.

Mientras, para Útica y el resto de Colombia alienada de las montañas, aquella leyenda se fue convirtiendo poco a poco en una figura más cercana a la mitología nórdica, dado que empezó a adoptar la nariz inmensa y roja de los duendes y la melena desaforada del trol, para así poder venderse con facilidad a los turistas internacionales, y también de tierra fría, que quisieran sumarse adrenalina visitando el Parque del Café, o algún balneario de Tolima y Cundinamarca con ínfulas de ser el antedicho.

Aún así, para el 18 de abril, la madrugada recibió al municipio de Útica, Cundinamarca, con el estrepitoso desbordamiento de uno de sus mayores cuerpos fluviales, La Quebrada Negra, en respuesta al aberrante invierno que Colombia ha padecido por meses. Para las horas próximas al mediodía, los ranchos de don Jaime y don Pablo estaban ahogados en el turbio y vomitivo lodo que desprendía la trémula montaña.

Alcanzado el atardecer, tres cuartos de Útica estaban bañados en el lodazal. La plaza del pueblo recordaba un patio escolar, donde la humedad era cómplice de las atemorizantes manchas de barro que una madre podía combatir. Y los rastrojos de sillas, muebles y demás artefactos que los habitantes habían conseguido con tanto encono desfilaban rampantes por lo que quedaba de las calles, donde Pablo Mora intentaba vender, cada mes, algo de su panela.

Para el amanecer siguiente, los medios de comunicación cubrieron extensivamente a Útica: helicópteros mostraban en las cortinillas de los noticieros una panorámica dela colosal catástrofe, LandRovers con los logotipos de la prensa se aventuraban a indagar a los habitantes más cercanos a la quebrada,  y, uno que otro periodista cobarde, decidía hacer directos desde la plaza, para poder humanizar la catástrofe. En resumen, el municipio recobró la vida, tan rápido como la había perdido.

Un reportero de los que decidió acercase a las zonas de mayor riesgo, donde la finca de don Pablo y don Jaime se encontraban, decidió al azar hacer una entrevista a los afectados. Sin embargo, cuando se acercó a don Pablo, este fue eclipsado por la vanidad de don José, que a pesar de su precaria situación, era un foco de los periodistas por su extroversión arriera.

Don José, que siempre fue un vecino cercano en distancia,  pero distante en charla a los dos septuagenarios, también fue enterado de lo del Mohán, gracias a las formalidades de don Jaime, que se había auto denominado juglar de la zona desde su infancia. Fue así que, aprovechando la atención del reportero, sacó a la luz la predicción de la criatura con respecto a la catástrofe, y añadió, como agradecimiento el anonimato de un amigo que le había contado lo sucedido.

De las cosas que el viernes 29 de abril se leyeron en la prensa, sólo una impacientó a don Pablo y a don Jaime: tras el anunciamiento del Mohán y su predicción, en el último párrafo de una crónica, el texto se cierra con un “¿Habría que hacerle caso?”...- ¿Habría que hacerle caso?, ¿Habría que hacerle caso?- se repitieron los viejos compadres al unisonó, y al mismo tiempo llevaron, con una indescriptible fuerza, su mano abierta contra la frente, para acentuar el gesto más irónico de la humanidad.

El Mohán habría sentenciado lo de ÚticaCuando todos los medios de comunicación se retiraron de Útica ejercidos por la precipitación de la novedad de la noticia, el pueblo quedó desvencijado, descolorido e invadido de cuerpos estatales buscando dar auxilio. El mayor movimiento que se dio en el área se le atribuyó a la insoportable tranquilidad de las horas perdidas del campo, que estaba arremetiendo como un dolor de estómago, y al hecho de que después de la catástrofe, de bocas invisibles se difundió el cuento, el rumor de que el Mohán, el viejo desempleado de la plaza, había anunciado todo el barrizal.

A don Pablo y a don Jaime, por más arrepentimientos, ya nada les sabía a lección aprendida. Abril finalizaba y se había llevado el pueblo con sus días. Únicamente quedaron en las postrimerías de aquel sitio, dos viejos mirando, desde una colina, cómo toda la mierda de las bocas había hecho desbocar la Quebrada Negra, para fregarse lo que restaba de una población.

Coletilla: hace quince días, en Villeta, otra población de cañadulzales con polillas enormes, tranquilidad abrumante y con inestables colinas en las periferias, recibió la visita de un anciano mueco pidiendo chicote, cebolla y tabaco. A Pastor Ceballos, que había comprado un pucho de cebolla larga en el mercado, el viejo, que había sido apaleado con indiferencia por el pueblo, le notificó en agradecimiento, al regalo de este alimento,  que del 21 al 25 de mayo, el pueblo iba a desaparecer. Don Pastor supo que el individuo era el Mohán. ¿Habría que hacerle caso? Por el momento, la mayor certidumbre es que el invierno que afronta Colombia no tiene por donde más explotar.

*Estudiante de la facultad de Comunicación Social de la Universidad Sergio Arboleda, en Bogotá.