Edición 352

Un chorro de cuento

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Un chorro de cuento“Busca la risa del otro para hacerte querer de la manera más sublime”, afirma Diego Parra.

A las 3:00 p.m. habíamos quedado de encontrarnos en la estación de Las Aguas en Transmilenio para ir a cuenteros. El agua se desataba de las nubes como si quisiera repetirse el diluvio universal, solo que esta vez el granizo también tenía algo de protagonismo.

Era lunes festivo así que no había mucha gente en Transmilenio y los buses eran pocos. Esperé 40 minutos y como no llegaba nadie, decidí llamar a uno de mis amigos con los que me iba a ver. El granizo y la lluvia exagerada, les había hecho dar pereza de salir y yo sola como boba pensaba: “¿y ahora qué hago?”; además no llevaba sombrilla. Debo aclarar que boba, también, porque quien viva en Bogotá sabe que hay que llevar una siempre, en donde sea, pero debe tener sombrilla, así en la mañana haga sol.

A las 4:15 p.m. decidí irme de nuevo a mi casa; en ese momento me llamo Gina. Una amiga y colega del Buque. Estaba en “El Chorro”. Y llamaba a preguntarme dónde estaba porque no me veía. Finalmente fuimos. Llegamos por fin al sitio, en donde pretendíamos tener una tarde de amigas, tomar café, hablar de cosas y finalmente escuchar a los cuenteros que se presentan los viernes, sábados, domingos y festivos en “El Chorro de Quevedo” y que como escenario se apoderan de las escaleras de la pequeña iglesia, en la 13 con carrera 2ª.

Un chorro de cuentoBuscamos un sitio agradable para tomar café y escuchar buena música. Cada una pidió un capuchino, bebida perfecta para una tarde fría y en La Candelaria; y esperamos una hora prudente para ver si ya habían llegado los cuenteros.

Nos encontramos con un grupo de gente que estaba apiñada en la iglesia y un cuentero se movía y hablaba como suelen hacerlo, y detrás, imagen perfectamente teatral, un butaco que le habían prestado de un bar.

Nos sentamos en el borde de adentro de las escaleras para poder recostarnos en la pared mientras escuchábamos los cuentos. El cuentero, o mejor Diego Parra, se percató de nuestra presencia, y siguió contando.

Diego es un artista, poeta, soñador, músico a su estilo, vive a dos cuadras del Chorro de Quevedo y tiene alma de niño. Este hombre de 27 años que a pesar de que ha vivido cosas duras, de que nació en Las Cruces y de que en su infancia tuvo que recoger cartón para sobrevivir con su familia, ama la vida y el arte; de hecho el arte, es su vida.

Estudia arte dramático en la ASAB, facultad de artes de la Universidad Distrital. Podríamos preguntarnos cómo vive, o cómo sobrevive mejor, pues Diego solo estudia y trabaja en lo que sabe hacer, contar cuentos, además de dirigir las pequeñas obras que monta con un grupo consagrado de artistas y amigos de su infancia, “Machetown”, con lo que se propone solamente hacer que la sociedad o “suciedad”, como él le llama, sea critica, o de que se ría de sus propias desgracias.

Un chorro de cuentoEn medio de risas, pide a una pareja que se levantó para irse que le paguen su trabajo, todos nos reímos. Al finalizar su último cuento nos dijo, le comentó al público, que cobraba mil pesos por persona. Después de que toda la gente se había ido y de que a pesar de ser lunes festivo la gente había ido a escuchar, nos acercamos y le pedimos un ratico de su tiempo.

En el mismo bar de donde había pedido prestado el butaco, nos sentamos a tomar tinto y a hablar. Diego se había ganado en esa noche y con la poca gente que fue  $29 mil y un tinto que yo le gasté, pero él, aparte de sus cuentos nos dejó esta frase:” sueña, que nadie te hará el favor, pues la realidad es producto de la ficción que cada uno construye; busca la risa del otro para hacerte querer de la manera más sublime, modifica lo que te atormenta, pues Dios perdona, pero el tiempo no”.

Salimos del bar con Gina y Diego nos regaló un abrazo como de amigos de toda la vida, un abrazo de artista, de soñador, de niño.

Nos despedimos a la distancia de nuevo y caminamos por las calles nocturnas de La Candelaria que nos llevarían a Transmilenio, o sea de nuevo a casa.