Edición 374

Insipiencia civilizada

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Imagen tomada de images Google. El Buque de Papel

Imagen tomada de images Google. El Buque de Papel

Aparentemente el grueso de los hombres parece coincidir en que el género humano chapea, altivo, el excelso estado de progreso científico que saborea diariamente.

Aparentemente el grueso de los hombres parece coincidir en que el género humano chapea, altivo, el excelso estado de progreso científico que saborea diariamente.

Muchos se piensan independientes y dueños del poder de vivir su vida como se les dé la gana. Ahora, ¿qué experiencia tenemos del mundo real en el que vivimos? ¿Cuál es ese mundo, y donde lo podemos percibir?

En un siglo que recién comienza hay cuantiosas evidencias de realidad que no llegan siquiera a ser percibidas por las grandes masas de hombres y mujeres del mundo. Diversas verdades que deberían de movilizarnos a revisar gran parte de lo que tomamos como cierto a lo largo de nuestra vida pasan de largo delante de nuestros ojos analfabetos.

Se viene diciendo desde hace décadas que los media, o medios de comunicación, representan el Cuarto Poder. El poder de orientar y señalar el sentido en el cual los hombres debemos comprender los hechos. Incluso llegan a construir muchos de tales aconteceres para luego presentárnoslos, en la infaltable cajita televisiva de colores, cómo la lectura precisa del “acontecimiento”.

Muchos han sido también los que con el avance de estos manejos han despertado en radiante grito de alerta, intentando que los derruidos tímpanos de la reflexión humana reanuden su empastado movimiento crítico.

La verdad, creo acertar en algún punto, cada día presenta más intermediarios. En los tiempos antiguos los integrantes de la comuna experimentaban su mundo social de forma casi directa, y pese a que los mecanismos de intermediación ya funcionaban aceitados, por el momento dicho espacio de interacción permanecía aun abierto a la experimentación del reducido y repetido manojo de hechos que dominaban la vida.

Pero el mundo del hombre no encalló en tan mezquino marco cultural. El desarrollo del pensamiento científico y tecnológico lo llevaron a las grandes metrópolis, industrias y centros urbanos. En este contexto, la maquinaria de la mediación explotó expandiéndose rápidamente sobre el campo fértil de una realidad cada día más compleja, distante y cosmopolita.

Esta transformación social, política y económica inauguró la necesidad de medios que posibilitaran, cuan mensajero del rey en otras épocas, la recolección el conjunto de informaciones necesarias para construir el propio progreso. Instancia que en sí no es conveniente ni peligrosa hasta que la codicia y la ambición de algunos hombres encumbrados la deciden subordinar a sus intereses. Es entonces cuando intervienen para introducir convenientes correcciones de lo sucedido que manipulan en grados diversos la realidad de lo acontecido.

Lo que aquí quiero subrayar, nada nuevo por cierto, es que la necesidad de mediación para lograr informarse presenta cada día mecanismos más complejos de seducción, persuasión y control de las audiencias. Los medios en su mayoría, sean estos gráficos o audiovisuales, son empresas que procuran el beneficio económico, y para ello necesitan hacerse, dentro de un mercado de escasez donde la oferta de inversión y la audiencia son finitas, de una  tajada que sostenga sus ingresos.

Ya en su tiempo un pionero investigador sobre la naturaleza y el  funcionamiento de los medios de comunicación de masas, Marshall McLuhan refería al cuidado que hay que tener frente a los nuevos intermediarios tecnológicos. Resaltaba que son las malas noticias- escándalos sexuales, catástrofes naturales, y muertes violentas- las que venden a las buenas, es decir, la publicidad.

Es ésta última el principal ingreso que los medios perciben para funcionar, por lo que sus intereses económicos están ciertamente en correspondencia con los de sus anunciantes, quienes pasan a presionar sobre lo que el canal, la radio, o el periódico terminarán publicando. Vale ahora preguntarse: ¿Es entonces real esa realidad que nos ofrecen? ¿Qué estamos tomando por verdadero?

La posibilidad de dudar de lo que recibimos o escuchamos en los medios, la libertad de cuestionar lo que diariamente nos es dado como acabado, y la voluntad de capacitar nuestra mirada con el fin de aprender a percibir las esparcidas fracciones de verdad sobre el mundo, son algunos de los mecanismos con los que podemos disponer para acceder a la primera cuota de un boleto mental que, llegado el día, nos permitirá abordar resueltos el tren hacia el suelo de la verdad.