Edición 363

Entra cuchillo, salen las tripas

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Entra cuchillo, salen las tripas Todo comenzó cuando mi mamá me comentó del programa en donde uno va a Estados Unidos a trabajar por muchas horas y ganar buen dinero. Por supuesto acepté sin refutar absolutamente nada. El solo hecho de salir del país me hacía dejar todo, solo por tener un poco más de cultura general. 

El viaje fue normal. Como todos, a la llegada, sentí un poco de nervios, debido a que era la primera vez que viajaba solo. Me sentí como en un espacio donde el aire hasta ahora reconocía mis pulmones, el sonido entraba a mis oídos, como si estuviera pagando peaje y mi alma hasta ahora se estaba acoplando a las auras que rondaban la ciudad de Anchorage, Alaska.

Ya cuando mis neuronas se enchufaron logré encontrar el hostal. Simple y acogedor, con un típico ambiente a la casa de la abuelita. Al otro día tenía que partir de nuevo. Salí para el aeropuerto en donde me tenía que volver a montar en un avión, con la diferencia que era más simple. Este me llevaría a una planta donde se procesa salmón, en medio de tierras deshabitadas. Allá me estaba esperando la que iba a ser mi jefe durante un mes. Supuse que todo iba a ser bonito, pero todo fue un espejismo. El sitio para dormir era un bunker. Mi primer día de trabajo fue muy común, como me lo había sospechado. Me dieron un cuchillo y me pusieron en una barra donde el pescado llegaba semi-abierto y sin cabeza.

Con muchas ganas empecé a trabajar, recordando ese capítulo de Los Simpson en donde la familia se va para Japón y pierden todo el dinero, así que empiezan a trabajar en una planta de procesamiento de salmón y Bart empieza a decir "entra cuchillo, salen las tripas...entra cuchillo, salen las tripas", así que con esta frase empecé mi primer día.

Las primeras horas pasaron demasiado lento, como si por un momento, alguien hubiera presionado el famoso botón de "Tempo" que tienen las organetas. Empecé a darme cuenta que mi espalda comenzaba a dormirse, no había sensibilidad, luego un dolor tan paralizante que por ratos no me sostenía el peso de la cabeza ni de los hombros. La hora de salida era 15 horas después (bueno, eso fue lo que alcancé a contar con los dedos). Ya afuera lo único que mi cuerpo me pedía era descanso, para así recuperar la energía perdida.

Entra cuchillo, salen las tripas El día siguiente sería más cómodo, pues conocí una "colonia colombiana", en donde me sentí más a gusto, como en casa. Así que empecé mi segundo día con un poco de dolor y con un cambio; por fin ingresaba al tan anhelado y mencionado "freezer".

Empecé haciendo lo más difícil y que parecía fácil, me refiero a cortar las espinas con un aparato eléctrico que tenía una cuchilla circular (un poco peligrosa). Lo chévere es que yo nunca había visto una aparato de estos, entonces lo tomé como si fuera un juguete, y empecé a cortar el esqueleto. Luego de unas cinco horas de trabajo la mano no me daba, creo que estaba paralizada. Más tarde cuando el congelador aumento su temperatura me cambiaron al cuchillo tradicional.

Obvio se veía más sencillo, pero luego de 15 horas y 10 días trabajando en lo mismo, el pulgar ya no me servía, se había dormido completamente, y hasta el día de hoy, sigue dormido, pero en mi mente estará despierto para dar el visto bueno de este viaje, uno en donde la plata no lo es todo, la experiencia es el valor agregado que se queda en mi disco duro (claro, también se aprende a afilar cuchillos...) y que nunca se borrará.