Edición 353

Sábado de chorro

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El Chorro de QuevedoUn olor a "cripi" y menta me recuerda este incienso que tengo entre manos. Ocurrió hace aproximadamente cuatro años, cuando el aroma de la casa de un parcero del centro de Bogotá, quien vivía en La Candelaria, cerca de la Universidad Externado, definía muy bien a sus padres, y que tenían fisonomías hippies y una actitud muy maniática.

Con éste loco y otros amigos nos encontrábamos todos los sábados para beber unos tragos de "chinchín" y algo de chicha, con la compañía de una bolsa de pan, más conocido como el "rollito". Además este elegante pan, el cual lo pedíamos con la típica frase, ¡vecino, deme mil de pan!, nos lo vendía un señor muy bajito de estatura, que calzaba zapatos de color blanco y negro y quien llevaba una fragancia a yerbabuena, como si cargara bultos de ese espino todos los días.

Luego de beber unos cuantos traguitos con el pan, claro, que jamás nos hacía falta en esos momentos tan estupendos, los absorbíamos tipo ocho de la noche en el Chorro de Quevedo, un lugar muy trascurrido por las personas que viven o les gusta pasar por ahí y sentir a esa hora los olores a "ganya" y a sucio. Culminábamos en la casa de nuestro parcero en la que nos recibía la señora Martha, y don Alexander, los papas de Henry (el parcero), con unas botellas de Moscatel y Moscato Passito y por su puesto con su olor a incienso que jamás faltaba en su hogar.

Homero porretaSiempre con esa fetidez a "cripi" o marihuana, su casa vivía con el incienso prendido a toda hora para bajar el olor de algo más cálido y puro de la hierba sagrada. Finalizábamos un poco borrachos en un cuarto, hasta que él llamaba, "sala de pogos", y era para darnos en la cara y "pata", escuchando la mejor música de rock en español y punk; como Los Porretas, Todos tus muertos, Eskorbuto, Hombres G, La Derecha, entre otros.

Al final amanecíamos con un aliento a rosas, que con un solo soplo, seguramente despertábamos a cualquier gamín de "el cartucho".

*Estudiante del taller de crónica en la Universidad Sergio Arboleda