Edición 359

“Ojalá que Libio José no hubiese perdido la fe”: Fanny Martínez

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“Ojalá que Libio José no hubiese perdido la fe”: Fanny  MartínezEl libro Crónicas de Secuestro, de ediciones B y publicado en 2007 contiene una serie de relatos de historias sobre este abominable delito en Colombia. Allí está la historia de los militares Pablo Emilio Moncayo, ya liberado, y del asesinado Libio José Martínez, su compañero de cautivero en la sangrienta toma a la base de comunicaciones del Cerro de Patascoy.

Presentamos apartes del capítulo, donde la prima de Martínez, Fanny, hace una semblanza de este héroe que pagó con su vida, uno más, el tributo a esta guerra estúpida.

"Cerca de una década secuestrados por las FARC

PATASCOY: LOS SOLDADOS DE LA FORTUNA

Por Carlos Fernando Álvarez C.

A las 11 de la noche del lunes 10 de julio de 2006, el bus interdepartamental con rumbo a Pasto, Nariño, está a punto de salir del Terminal de Transporte de Bogotá.

Hace frío y escucho a Luis, el conductor, y a su ayudante, hablar con su acento arrastrado y cantadito -típico de Nariño- del itinerario y de la ruta que aspiraban a cubrir en 16 horas de viaje a buen paso por una carretera difícil, en la que, como indicaban medio en broma y medio en serio, "incluso dormido hay que saber dónde están las curvas".

El objetivo es llegar a Pasto el martes 11, hacer escala y dirigirse al día siguiente a Sandoná, donde reside la familia Moncayo Cabrera. El mismo municipio donde Gustavo Moncayo, profesor del colegio Santo Tomás de Aquino, se destaca como un líder "no político", como el mismo se define. Una veta de activismo que se solidificó luego del secuestro de su hijo, el cabo del ejército Pablo Emilio, quien junto con su compañero, Libio José Martínez, son los dos secuestrados que más tiempo llevan en poder del grupo armado ilegal FARC. Ambos son sobrevivientes del ataque al cerro de Patascoy, en diciembre de 1997.

Luego de hablar con él por celular, segundos antes de emprender viaje, Gustavo confiesa que las cosas están pesadas. El viernes 7 de julio fue encontrado, con visibles muestras de tortura, el cuerpo sin vida de un profesor conocido suyo que se había 'canjeado' por su sobrino de 14 años secuestrado en Sandoná días atrás. "Las cosas están difíciles. El pueblo está sorprendido por la sevicia con la que actuaron y no se sabe quiénes fueron. Algunos hablan de grupos de delincuencia común y otros de grupos armados ilegales, pero la policía dice investigar el caso. Lo único cierto es que el secuestro sigue golpeando", afirma.

Por eso ayudó a organizar una marcha contra el secuestro y en homenaje a su hijo y a los demás secuestrados que se va a realizar el miércoles 12, donde estarían presentes algunos de los familiares de plagiados en otras tomas subversivas, y tal vez los de Libio José.

El cubrimiento periodístico de la caminata serviría de pretexto también para conocer de las vidas en familia de Pablo y Libio, del colegio, del barrio, de sus anhelos. De la angustia diaria de sus familiares, quienes se despiertan y constatan que sus hijos siguen ausentes; quienes se levantan todos los días para orar por ellos y soportan, como ha sido todos estos años, el karma de no poder verlos reír, llorar, sentir, o soñar.

Mientras el bus avanza para salir de la ciudad por el sur, por Soacha, me acuerdo de los familiares que protestan cada semana en la Plaza de Bolívar, en Bogotá, reclamándoles al gobierno de turno y a la guerrilla, lograr un acuerdo humanitario que permita la liberación de los secuestrados. Ellos, cansados o no, llueva o haga sol, hablan de tomas armadas similares a las de Patascoy, como a Mitú, la ocupación de la base antinarcóticos de Miraflores, el ataque guerrillero a Puerto Rico (Meta), y otras más, donde el modus operandi se repitió muchas veces: descuido militar, agresión anunciada contra estaciones de policía, muertos, destrucción y secuestrados. En algunos casos, ejecuciones sumarias y masacres, todas violaciones al Derecho Internacional Humanitario.

El ruido ronco del motor y la película a todo volumen no me dejan dormir y la divagación me lleva a hacer memoria de cuándo fueron secuestrados ambos soldados. Fue el 21 de diciembre de 1997.

Esa mañana, a las seis, en Radionet, los periodistas del turno nocturno contaron a los que llegábamos en la madrugada que habían intentado confirmar la noticia de una toma o de un secuestro masivo pero que la información era fragmentaria. Se sabía que el ataque había ocurrido en Nariño y que eran "muchos los muertos", pero se desconocía si eran militares, policías, guerrilleros o civiles. Tampoco se pudo contactar, hasta entrado el día, a alguna autoridad para que confirmara el hecho. Tres días después de la incursión, las primeras tropas de apoyo del batallón de infantería Batalla de Boyacá, con sede en Pasto, llegaron al lugar: el Cerro de Patascoy de Santa Lucía, ubicado en la cordillera Central, límites entre Nariño y Putumayo, a 4200 metros de altura. Un lugar desde donde se coordinaban las comunicaciones de las tropas con el suroccidente del país. El resultado del ataque: 10 soldados muertos, 4 heridos y 18 desaparecidos.

A medida que transcurrieron los días, la esperanza de que los desaparecidos retornaran se fue extinguiendo. Los familiares de los soldados que pudimos contactar en Radionet hacían insistentes llamados por su liberación, pero fuera del aire ellos confesaban su miedo a que se repitiera lo de Las Delicias, el

primer ataque a gran escala de las FARC contra una base militar, esa vez en el Putumayo en agosto de 1996. Los sobrevivientes fueron plagiados por el grupo armado ilegal y sólo volvieron a la libertad después de un proceso de diez meses que terminó con un despeje militar en el Caquetá.

“Ojalá que Libio José no hubiese perdido la fe”: Fanny  MartínezY sucedió lo pensado. Después de varios meses, y sólo cuando llegaron las primeras pruebas de supervivencia, se pudo establecer que 16 soldados de los que custodiaban el cerro de Patascoy y dos suboficiales del mismo destacamento, ahora conformaban un grupo más de militares secuestrados.

El grupo armado ilegal farc repitió la fórmula: atacar para secuestrar y así presionar al Estado para volver a hacer el intercambio y lograr la liberación de subversivos considerados como importantes para sus intereses, presos en cárceles colombianas. Fue el inicio del 'tira y afloje' del canje, que con los años y miles de debates semánticos después, se convirtió en el hoy llamado "intercambio o acuerdo humanitario".

El gobierno de Andrés Pastrana adelantó un intercambio de prisioneros de las farc por militares secuestrados y entre los 364 liberados, 16 soldados rasos retenidos en Patascoy recobraron la libertad. Pero dejaron en cautiverio a quienes tenían grados de suboficial u oficial, entre ellos a los cabos Pablo Emilio Moncayo y Libio José Martínez, sobrevivientes del ataque al cerro.

Por eso, cuando terminó el show televisivo del intercambio de soldados por guerrilleros en junio de 2001, en Sandoná, Nariño, los familiares de Pablo constataron que la agonía iba a durar mucho más. Por eso, desde ese mismo día, su papá, Gustavo, se sumó a los demás familiares de oficiales y suboficiales secuestrados por las FARC, y no han cesado en las acciones de reclamo y protesta pacífica para buscar su regreso, incluyendo entrevistas con ministros, generales, obispos, funcionarios de gobiernos internacionales autollamados "amigos" o con los presidentes Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe.

Sin embargo, hasta el momento, salvo las múltiples declaraciones de apoyo que tuvo al principio del secuestro de su hijo, el resultado sigue siendo el presente: mantener esperanzas en que se produzca un acuerdo político entre el gobierno y la guerrilla, una opción que a veces se diluye y otras se fortifica. Pero no llega, y aumenta el cautiverio de los cabos Pablo y Libio José que ya completaron más de nueve años secuestrados.

Casi una década ha pasado en la que Gustavo Moncayo no ha cedido en su lucha. En febrero de 2005, durante el II Encuentro Internacional de Víctimas del Terrorismo, llevado a cabo en Bogotá, se enfrentó públicamente con el presidente Álvaro Uribe, porque el primer mandatario trazó una raya infranqueable de exigencias para acceder al intercambio. Le dijo que lamentaba que interpusiera sus intereses personales al dolor de las familias de secuestrados que llevaban años en el monte. El Presidente le contestó replicándole que si a él le parecía personal pedir que los guerrilleros liberados no hubiesen cometido delitos de lesa humanidad, o exigir que no volvieran a delinquir, o no permitir despejes como los del pasado, en los que la guerrilla se fortaleció militarmente.

Algunos de los asistentes al Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, en Bogotá, que a todas luces no eran víctimas del terrorismo, empezaron a rechiflar e insultar a Gustavo Moncayo, lo cual motivó otra intervención del Presidente para pedir respeto por el profesor de Sociales.

Al menos, el educador ha mantenido su voz el alto. Otra cosa sucede cuando se indaga por Libio José Martínez. Los familiares de Asociación de Familiares de Policías y Soldados Secuestrados, Asfamipaz, no dan muchos detalles, y su figura, un tanto anónima, encarna a ese tipo de soldado que cumple con su deber y cae muerto, herido o es secuestrado en cualquier guerra sin sentido. "Ya cumplió con su deber y el servicio a la Patria. Debe ser liberado", se limitan a reclamar sus familiares y reiteran que ha sido su única exigencia al Estado.

El viaje hasta Pasto fue de 880 kilómetros de recorrido y 21 horas de duración, con varada incluida y trasbordo de bus a la salida de Popayán. Cuando ocurrió el desperfecto mecánico, Luis, el conductor, nos dijo que íbamos bien de tiempo de todas formas, y que pasaríamos el Cauca de día. "La gente ahora toma esta ruta por la mañana o por la tarde, nunca de noche, ya que existe mucho miedo por los atracos y los secuestros". -¿Y quién atraca o secuestra? –le digo. "Los robos por parte de delincuentes. Los secuestros los hacen los muchachos" –contó.

Al día siguiente, miércoles 12 de julio, y luego de una hora y 20 minutos de viaje, y pasando por pueblos como Genoy, Nariño, La Florida y El Ingenio llegamos a Sandoná. Lo primero que se divisa es la cúpula gris de su iglesia y el campanario, el edificio más alto de la localidad. El profesor Gustavo Moncayo y su familia viven en el barrio Mundo Nuevo, ubicado en una loma de vista espectacular. Su casa es verde, de dos plantas.

Golpeo y me abre la puerta una muchacha de cabello castaño claro, ojos miel y tez blanca. –Mi papá no demora. Siga y espérelo -me invita a entrar, donde

conozco al resto de la familia, empezando por María Stella Cabrera, de 47 años, madre del hogar; Carol Dayana, de 24 años; Yuri Tatiana, de 20 años; Laura Valentina, de dos años, las hermanas de Pablo. También estaba Santiago Nicolás, de cinco años y nieto de Gustavo y Stella, e hijo de Nohora Helena, de 26 años, la hija y hermana mayor que me abrió la puerta.

Al rato aparece Gustavo con el desayuno, nos presentamos y me indica que todo está listo para la marcha. Nos alistamos y salimos para el pueblo.

"Estamos pidiendo por el acuerdo humanitario, para que vuelvan sanos y salvos todos los secuestrados de Nariño, de Sandoná y de Colombia. Por el sargento Luis Alfredo Moreno, secuestrado en otro ataque subversivo; por el cabo Libio Martínez Estrada y por Pablo Emilio Moncayo Cabrera. No nos cansaremos, ni bajaremos la cabeza. Siempre apoyaremos a todos los que han sufrido el dolor del secuestro hace tantos años. Caminaremos bien unidos y pediremos por el acuerdo humanitario. Últimamente Sandoná ha vivido momentos de angustia y de dolor que no se habían presentado nunca. Por eso marchemos por la vida", arenga minutos después a través de un megáfono, y a media mañana, cuando alrededor de unas 300 personas caminamos junto a él, rumbo al sitio de concentración, en la plaza principal del pueblo.

“Ojalá que Libio José no hubiese perdido la fe”: Fanny  MartínezEl alcalde, el personero y los delegados de la Gobernación de Nariño, custodiados por la Policía y el DAS, echan sus discursos. Se escuchan frases rimbombantes como "hoy es otro día más de nostalgia, de incertidumbre, de tristeza y desesperanza. Por causas del sistema no se llegan a acuerdos que permitan terminar con esta zozobra. Como se dice en las consignas 'si vivos se lo llevaron, que vivos lo devuelvan'. Hoy son estas familias las que sufren este drama, mañana podrán ser las nuestras. No hay que ser indiferente ante esta situación y el rechazo es lo primero que se debe hacer".

Y entre discursos y consignas conozco a los familiares del cabo Libio José Martínez. A su prima hermana, por parte de padre, Fanny Martínez, a quien se le nota su angustia transformada en desesperanza. "Los papás de Libio están muy tristes. Siempre esperan que se haga el intercambio humanitario. Mi tío está enfermo. Lo operaron de cáncer y la verdad se encuentra mal, moral y

físicamente. A pesar de ello, insisten en que su hijo va a volver", comenta. Y enseguida recuerda que supo de la noticia de la toma al Cerro de Patascoy al

medio día del 21 de diciembre del 97, pero tomó la información como algo cotidiano. "Fue brutal cuando supe que Libio estaba entre los secuestrados. Los vecinos salían a la calle y no sabían cómo expresar lo que sentían. Uno como familiar no piensa en lo que ocurre. No hay palabras para explicar lo que sucedió", afirma.

Y luego recuerda a Libio, con su personalidad calmada y cariñosa para con sus padres, sus dos hermanos y sus primos. "No es una persona que se mantenga riendo todo el tiempo, pero tampoco vive disgustado. Es el orgullosito de la familia", añade, se ríe y cuenta que cuando ocurrió la toma de Patascoy, la novia de Libio, Claudia Tulcán, tenía seis meses de embarazo.

"Yo soy la madrina de bautizo del niño. Ahora el pequeño dice que su papito va a volver algún día", insiste, pero cuando pregunto qué es de la vida de Claudia, contesta que va a ser muy honesta: "La relación entre ella y los padres de Libio es inexistente. Ella organizó otro hogar, ya tiene otro esposo y otro hijo. No pelearon, pero parece que su actual esposo no la deja comunicarse con ellos", asegura cortante.

Dice que no quiere hablar más de Claudia, como casi nadie en el pueblo, y afirma preferir hacerlo de Libio y su vida en la milicia. Fanny evoca a su primo como un suboficial al que le gustaba mucho el estudio y su Ejército. Incluso recuerda que cuando niño formaba a sus compañeritos y jugaban a ser soldados.

Después rememora que un mes antes de salir para el cerro de Patascoy, Libio fue a su casa y estaba muy animado por su trabajo, a pesar de que en el medio

castrense se hablaba de la base de comunicaciones como un sitio de castigo para los soldados que se portaban mal en el batallón Batalla Boyacá. El cerro está situado a 4200 metros de altura y permanece con niebla en todo momento, con temperaturas que llegan incluso a los 10 grados centígrados bajo cero. Cuando los medios llegaron al lugar después de la toma, se encontró una consigna pintada en un cartel que resumía sus características: "Bienvenidos al Infierno".

Fanny recuerda a Libio como un hombre bajo de estatura, delgado y trigueño que quedó herido en el ataque, con esquirlas en las piernas y en la cabeza, como lo confirmaron los soldados que fueron liberados en el 2001 y lo tuvieron que cargar en brazos cuando la guerrilla los internó hacia el Putumayo. Un drama que sigue causando dolor, intranquilidad y tristeza a su familia. Peor aún, cuando recuerda la impotencia que han enfrentado con los tres gobiernos nacionales que han tenido que ver con el tema.

"Los familiares de los secuestrados estuvimos reunidos con el presidente Ernesto Samper, en Tumaco, y nos dijo tranquilamente: yo ya cumplí mi tiempo, les toca con el nuevo Presidente. Pastrana tampoco hizo nada por los suboficiales. Solo realizó el intercambio con los soldados que prestaban servicio militar. Uribe nos tiene penando. Ya pasaron cuatro años y nada. Ojalá ellos supieran que Libio tiene dos hermanos, Carmen y José Luis, y que sus padres sufren mucho esperando su retorno". Y ensombrece más su semblante cuando habla de la mamá de Libio, quien llora mucho. "Es muy triste mirar cuando se le pasa el plato de sopa y las lágrimas caen en él. Siempre se pregunta dónde estará su hijo o que estará haciendo".

En cuanto a la solidaridad de sus conciudadanos, Fanny reconoce que hay personas que la expresan de corazón, pero la mayoría no lo hace. "Anoche, cuando hacía mi cartelera para venir a la marcha, un conocido me dijo que para qué perdía el tiempo en eso si ese man ya debe ser 'guerro' (guerrillero). Eso duele mucho. Lo miré muy mal, pero no dije nada. No lo insulté, porque como se dice vulgarmente pa' sacarme 'el indio' se necesita más".

En cambio cuando se le menciona el tema de las pruebas de supervivencia, admite que se le hace un nudo en el corazón cuando constata que ya pasaron tres años desde la última. "En las cartas conocidas nos decía que estaba muy bien, que rezáramos mucho, que los esperáramos y estuviéramos siempre en comunicación con sus padres. En la última carta, recibida el 24 de abril de 2003, junto con un video, nos dijo que siguiéramos luchando, que la pelea estaba acá, porque allá él no podía hacer nada. En ese video salió con una perrita y la presentó como su mascota", recuerda.

Y vuelve a insistir en que a pesar de sus esfuerzos y de múltiples marchas y concentraciones, como en las de Popayán, Tumaco, Ipiales, Pasto, y Bogotá, han exigido la liberación de sus seres queridos, pero que más no pueden hacer. Mientras existió la zona de distensión en el Caguán se pudieron enviar y recibir cartas a través de la Cruz Roja Internacional, pero ahora para la liberación final se depende exclusivamente de la voluntad sincera que tengan Gobierno y guerrilla.

Además, recuerda que los padres de Libio estuvieron en el Caquetá esperando su liberación durante el canje de 2001, pero se quedaron esperando. "Los demás familiares nos enteramos en el batallón que en el grupo de liberados no venían los cabos Martínez ni Moncayo. Ese día fue el más duro al ver a los familiares de los demás abrazándose con sus muchachos, y quedarse con ese abrazo y ese beso en los labios, sin darlo. Eso quema mucho. Por ejemplo, en mi barrio en Pasto, todo el mundo les iba a hacer calle de honor con rosas, pero no se pudo", puntualiza Fanny, quien luego se despide porque tiene que irse a casa a cuidar de sus dos hijos, pues como ella misma dice, es madre y padre al mismo tiempo.

Se dirige al paradero de taxis para Pasto y me dice antes de partir que el mensaje que quiere enviarle a su primo es que lo quiere mucho y que nunca lo ha olvidado. "Lo llevo en el corazón y a Dios le pido todos los días por él, así sea bañándome. Que no pierda la fe linda que siempre ha tenido. Si lo pudiera ver hoy, me echaría en sus brazos y no lo soltaría ni un solo momento", expresa mientras aborda el carro que debe conducirla a la capital de Nariño".

*Libro Crónicas de Secuestro. Diez periodistas colombianos. Ediciones B. Capítulo "Los soldados de la fortuna". 2007