Edición 359

Adelina

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AdelinaAdelina es una mulata venezolana. Nació en Boca de Uchire, un caserío perdido cielo arriba, entre el río y el mar.

No conoce los Centros Comerciales ni las unidades motorizadas de Transmetrópolis que desde hace seis meses el alcalde Ledezma echó a rodar en las calles de la capital. Su edad es la misma de las piedras rajadas donde llega a ver hundirse el sol con los pies en el agua. Tiene diez hijos, producto de dos o tres amores que pasaron.

Alta y fornida, vende pescado desde la madrugada y se "redondea la arepa" leyéndole la mano a los turistas. Dicen las malas lenguas que es bruja. Más de uno asegura haberla visto cruzar el cielo sobre un pájaro de ojos de mercurio. Cuentan que no envejece, que no se enferma ni padece recuerdos malos porque las fuerzas sobrenaturales no pueden con ella y que cuando al pueblo se lo trague uno de esos deslaves que suelen desgajarse de vez en cuando, permanecerá como única sobreviviente.

En estos días, por navidad, fui a visitarla. La divisé desde la esquina. Ni siquiera parpadeaba frente al mar en llamas. La falda recogida sobre las piernas escamosas, le hacía el juego a la resaca de las cuatro. "¡Adelina –grité- ¿qué haces todavía?" Ella levantó la cabeza y entrecerrando los ojos contestó: "¡Muchacha, viniste!" Ágilmente se incorporó y me envolvió en esa dulzura acumulada desde la tarde en que llegué a buscarla para que me desmenuzara el porvenir.

La calle principal del pueblo desemboca en su rancho: el mismo suelo de tierra húmeda y caliente, la cama metálica, las tres piedras tiznadas del fogón. Al fondo dos fotografías borrosas, en el rincón una red triangular colgada de los salientes de bahareque y junto a dos sillas medio desvencijadas, la rama de un uvero de playa lleno de bombitas brillantes con el Noel tradicional colgado sobre una estrella de cartón. La navidad se le metió en el rancho a Adelina, sacó tiempo para darle cuerda a la ilusión enredada en el brazo de un arbusto orillero que desfallece bajo el peso de los racimos de uvas agridulces despellejadas por las gaviotas escandalosas o desgranadas como una lluvia gorda sobre la arena del malecón.

El viento baila con ráfagas pesadas. Deben ser los tambores de San Juan preparando la venida del Niñito Jesús. Ancho el mar de la Venezuela que canta y parrandea desde Paraguaná hasta la frontera del sur.

"Esta mujer tiene la navidad cogida de la barba –pienso- si viviera en Caracas, capital del país "con las reservas petroleras más grandes del mundo", sería vieja, tampoco conocería los Centros Comerciales y si tuviera con qué aliñar las hallacas, debería atemperar su sabor a las impertinencias del mercado". Aquí se respira lejos de las calles aplastadas por tanta pisada sin huella. Afuera el mar intenta recordarnos por enésima vez de dónde venimos, quiénes somos y para dónde vamos.