Edición 359

El hombre que podía demasiado

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El hombre que podía demasiadoAnoche, más que un sueño tuve una iluminación. Un resplandor que abrió mi mente y que potenció a todos mis sentidos.

Fue totalmente extraño, e hizo sentirme en plenitud a pesar de estar dormido, o casi. Comencé a ver aunque tenía los ojos cerrados, a oír voces nunca escuchadas y los pensamientos eran una catarata que me desbordaba.

Entonces desperté y tenía todo muy claro, incluso estaban claras aquellas cosas que durante años me habían atormentado por su misterio, y más aún, se disiparon las dudas de la humanidad entera.

Adquirí una vastísima sabiduría y pude llegar a dos conclusiones: que la vida y que la muerte son solo una y que nosotros mismos, sí, nosotros, somos ambas y que tanto la vida como la muerte solo existen en la mente de cada uno.

La representamos en todas sus facetas, ignorantes de la verdad. Aquello que nos rodea es solo existencia y cada uno le da a las cosas, su propia imagen de vida, y como también somos los dueños de la muerte, decidimos cuando y de qué manera se muere o nos morimos.

A partir de ese hallazgo, el caos se acomodó adecuadamente y todo lo preestablecido eclosionó en un disturbio, en una maraña que a primera vista, podía parecer confusa, pero que en realidad era solo parte de un mismo caos y todo estaba en orden.

El hombre que podía demasiadoEse es un criterio básico de la existencia del hombre. No me sorprendí en absoluto por ese hallazgo, es más, me sentí reconfortado y en paz, porque yo intuía desde mi nacimiento que las cosas eran así, pero el "orden" que me habían impuesto (como a todos) permitió la confusión.

Ahora, pude ver más allá de mis ojos y descubrí el profundo misterio de las cosas. Mi vista no se detenía ante nada.

Si yo lo deseaba, penetraba en las personas y podía ver su sangre, sus músculos, sus células, hasta su propio ADN y aún más, podía recorrer su historia y llegar hasta el primero de sus antepasados. Era absolutamente maravilloso.

Entonces, no hubo secretos para mí que no pudiese develar. Las plantas, las rocas, los animales, el agua, el aire. Todo se me descubría como un parto primigenio y ya no existían las dudas.

Me concentré en aquello que el hombre denominó cosmos y estuve mirando un tiempo sin tiempo hacia el firmamento. Primero atravesé la luna y luego los planetas y sistemas conocidos, me adentré en insospechados universos y en pequeños mundos; descubrí cuán profundos son los agujeros negros y descubrí todo su contenido. Conocí a otras especies y en un punto, sentí que retornaba a mi mismo. Todo comenzaba y finalizaba en mí.

Agucé el sentido del oído y escuché voces jamás oídas y músicas nunca compuestas. Nuevas notas musicales y coros que entonaban melodías de indubitable pureza.

El hombre que podía demasiadoMi olfato pudo registrar aromas inconcebibles hasta entonces. Descubrí las nuevas formas del olor de las flores y cuando me penetraban, era como llegar al clímax total. Las diferentes fragancias tenían un cuerpo sólido, apenas imperceptible, que yo podía usar a mi antojo tomándolas con la mano. Incluso podía amalgamarlos y formar nuevos aromas.

Descubrí a través de mi paladar, sabores que siempre han estado a mi lado y que nunca imaginé su existencia. Sabores que desbordaban esencia y cuyo alcance era ilimitado.

Cuando mis manos rozaron a las cosas que me rodeaban, adquirí sensaciones vírgenes de placer y mis caricias empezaron a modelar figuras de formas desconocidas que me abrumaban y que me trascendían.

Toda esta explosión de los sentidos provocaba una gran fuerza que al intentar salir de mi interior, lastimaba mi cuerpo gratamente. En mí nacían y en mí morían las cosas.

Podía tenerlas cerca o a la distancia que yo lo deseara. Podía verlas, o fingir que lo hacía, sin pudor alguno. Y además, modelar la forma de una mujer o de una flor o de un pez, o enseñarles a los pájaros a cantar con sonidos ajenos a ellos. Lo más sorprendente es que adquirí la capacidad para originar cantos en aquellos seres que jamás lo habían hecho.

Mi poder era infinito. Sin ningún esfuerzo podía crear un mundo a mi propio antojo y placer y si lo deseaba, podía hacer que mi perro hablara o que la ballena ladre. Era muy divertido y de posibilidades ilimitadas.

Yo era el todo. Yo era la nada. Poseía el don de cambiar la existencia de todos lo seres de la tierra. O no.

Lo profundo

El hombre que podía demasiadoEl alcance de ese poder solo dependía de mis deseos y de cuan amplia fuese mi imaginación. Quise conocer la envergadura de mis sentimientos y logré un amor y una bondad inconmensurables. Mi solidaridad podía multiplicarse geométricamente y mis lágrimas eran aluviones incontenibles cuando admiraba toda la belleza que me rodeaba.

Mi risa era joven y cabalgaba inocente sobre mi piel; esa misma piel que en otros tiempos luciera horrorosamente ajada y que ahora aparecía tersa como la de un bebé.

Tomé un puñado de tierra en mis manos y luego de observarla detenidamente algunos segundos, me dije: "Tengo al tiempo en mis manos".

Luego fui caminando hasta el río y mis pensamientos, mis ideas, eran un tumulto que pugnaba por salir. Eran miles de voces gritando y mi cabeza parecía estallar.

Estaba parado en su orilla cuando vi que el agua detuvo su marcha y comenzó a hablarme. Dijo algunas cosas y me hizo recordar todo lo malo que yo conocía desde antes de mi transformación. Habló con toda la brutal sinceridad de que era capaz y me dijo que se estaba muriendo, que la estaban matando. "Yo he sido joven, pura y corría alegre por mi cauce. Hoy me siento mal. Me descompone mi propio olor y me veo como un anciana a la vuelta de mi tumba", me dijo.

Al escuchar nuestras voces, el aire detuvo su paso y también habló: "Hombre de la sabiduría extrema, qué va a ser de mí, que siento cómo los gusanos empiezan a roer mis carnes y un olor nauseabundo nubla mis sentidos".

Y la tierra que había alzado antes con mis manos, se sumó a la conversación y dijo: "tu has dicho que tenías al tiempo en tus manos, pero yo se que ya estoy sin tiempo. No hay más tiempo. La pestilencia que aflora desde mis entrañas, empieza a rechazar los huesos de todos los muertos universales".

El Sauce, que estaba próximo, dijo con voz quebrada: "yo he visto pasar las aguas del río desde hace miles de años. Mis brazos, caídos sobre ella, permitían que nos acariciemos mutuamente y que nos contáramos cosas. Que intimáramos. Diría que casi éramos uno solo. Hoy, con vergüenza, debo recoger mis brazos para evitar el contacto. Para no contaminarla. Para que no me contamine".

El hombre que podía demasiadoEnseguida se sumaron las aves, los peces, los animales, las plantas, las flores, el grano minúsculo de arena, los insectos, el último de los Guazú Pucú o Ciervo de los Pantanos también se acercó y cada uno expuso su propio problema, que era el mismo de todos.

Y ese conjunto de seres, quienes sin pudor delataban una total desorientación, me miraban pidiéndome ayuda. Al mismo tiempo, en mi cabeza, las ideas seguían intentando salir frenéticamente.

En un momento me senté a la orilla del río inerte y quedé pensativo algunos minutos. Todos estaban cabizbajos, en silencio. En sus caras se pronunciaba esa imagen tan particular que tiene la desazón ante la encrucijada fatal de no hallar el rumbo.

El agua, agotada, con su marcha detenida. El aire, silencioso, posado sobre las ramas de los árboles. En un rincón, las flores acurrucadas junto a las plantas. Las aves, los animales, todos en derredor, aguardaban con ansiedad un gesto mío, una palabra de esperanza.

Esa atmosfera de silencio sepulcral, de meditación solemne, fue suavemente quebrada por las pisadas de dos niños de no más de cinco años, una nena y un varón, que se acercaron a nosotros. Estaban flacos y vestían harapos. Venían tomados de la mano. Sus caras algo sucias, los pelos despeinados y una mirada muy, muy triste en los ojos. Calladamente, tomaron asiento al lado de un jazminero y sin soltarse de las manos, me observaban confiados.

Yo..., yo cerré los ojos y miré hacia el futuro. Y vi. Escuché atentamente voces lejanas. Olfatee profundamente. Con mis manos acaricie algo invisible y lo llevé hacia mi boca, y lo paladee. Luego me quedé estático mientras todos continuaban observando.

Cuando abrí los ojos, los miré a uno por uno, aspiré profundamente, y con decisión, dije: "Vamos a empezar de nuevo".