Edición 359

Intento de arresto internacional

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Intento de arresto internacionalEs de conocimiento popular el saber que el estudiante, como especie, es un individuo vaciado, o por el contrario un individuo con plata gastada previamente en su totalidad.

En mi caso, pertenezco a los dos arquetipos, y en mi condición, como parcial ser carente de dinero, siempre me dispongo a hacer ahorros culos –si, ahorros culos, que terminan costándome más-, para salvar uno que otro peso, o, en el caso de esta historia, salvar un dólar.

Sin embargo, antes que nada hay que aclarar dos cosas en cuanto a los, o mis, ahorros culos, para continuar con la historia. La primera es que el ahorro culo no se hace por necesidad, como es el caso del hurto famélico, sino más bien como reto cotidiano a mi astucia, dicho esto en un contexto más cotidiano, pa' probar lo avispado que soy. Lo otro es que el ahorro culo cuando, en sus contadas intentos, ocurre bien, por consecuencia trae consigo el cum laude de haber engañado al sistema, y al pensamiento económico del cerebro, que siempre tiene una taza de cambio activa entre el peso y dólar.

El ahorro culo que voy a narrar a continuación no resulto bien -quiero aclarar- pero si trajo ganancias a mi praxis, mi conocimiento a priori, a mi experiencia empírica, o como dicen, me dio cancha.

Actualmente resido, por consecuencias académicas en Canadá, más precisamente en un pueblo llamado Burlington. No voy a detenerme a contar aspectos generales de como es el país en realidad, ni como los menos 23 grados bajo cero que han pasado en este extraño invierno se le calan a uno en los huesos, por tanto solamente digo que mucho de lo que se comenta sobre que el Estado canadiense protege celosamente a sus habitantes, es medianamente cierto, o por lo menos absolutamente cierto desde la perspectiva colombiana.

Aunque para recibir la antedicha protección, que hace hasta llegar sobres con dinero debajo de la puerta –tal como dice el refrán de nuestros progenitores-, hay simplemente que ser ciudadano, cosa que yo no soy, y que en mi calidad de estudiante brilla como gema a la hora de pagar, y explota todas mis capacidades de malicia indígena en pro de recibir algo más de este Estado dadivoso e irreal para mis ojos de país en vía de desarrollo.

Así que consiente de todo este maquiavélico ímpetu justificado, de toda esta amalgama de coraje y estupidez, me dispuse a realizar mi pequeño delito -escribo delito porque la omisión tipificada es esto según cualquier código penal- el cual se trató de pagar solamente cinco dólares en vez de ocho por un pasaje de tren que me transportara desde Burlington, mi hogar, hasta Toronto.

Así pues, el modus operandi de mi afrenta fue el siguiente: dirigirse a la taquilla, comprar un viaje a un destino cercano, pagar 5 dólares, recibir el boleto y, en vez de detenerme en el supuesto destino, continuar hasta Toronto, resultando de todo el proceso delictivo 3 dólares más, que posiblemente serían invertidos, la mitad, en la ingestión de un café victorioso de Tim Hortons, negocio canadiense en parte muy similar a nuestro criollo Juan Valdez.

El problema de todo el asunto, es decir donde el ahorro culo no retoñó, fue despiadadamente en el último paso de toda mi cruel estratagema. Cuando estaba apunto de arribar a Toronto, a casi diez minutos, dos oficiales del tren, señoras algo ya entradas en años, se dispusieron a verificar pasajero por pasajero la autenticidad de sus boletos.

Mierda, exclamé hacia mis adentros cuando noté que la oficial estaba a mas o menos doce puestos de mi asiento, ya que mi delito contaba con dos supuestos de conocimiento público para cometerse efectivamente. Uno era la comprensión de que el tren, propiamente el GoTrain, sistema de ferrocarriles que conectan a Toronto con sus pueblos aledaños, no pusiera, precisamente ese día, a sus empleados a revisar los boletos de la inmensa población que está acostumbrado a mover en sus colosales y verdes vagones de dos pisos. Cosa que si ocurre en mi atestado, odiado y amado Trasmilleno.

Y el otro supuesto que tomaba en cuenta era que si resultaba ser encontrado con el boleto incorrecto, apelaría a mí supuesta buena fe de haberme "aparentemente" quedado dormido y resultado por casualidad en Toronto, y así asegurarme el indulto. Pero desafortunadamente ninguna de los dos supuestos se dio.

Si, ese día, precisamente ese día, ese fatal lunes por desgracia a los empleados del tren se les dio por revisar boletos. Y si, ese lunes, precisamente ese lunes, también las oficiales que revisaron los boletos terminaron siendo las más aferradas a la disciplina de su ley. Y por suma de lo anterior, y de las peores casualidades, es ahí cuando mi pequeño delito, mi ahorro culo, terminó mutando en una abominación que por casi veinte minutos me hizo sufrir lo indeseable.

Primero que todo, la oficial que revisaba boletos, una clase de Margaret Tatcher mezclada con Mamá Noel, al llegar a mi asiento me encontró en un tipo de trance somnoliento auto-ejercido, del cual no tuvo reparos en detener para revisar mi boleto. Siendo las cosas así, me dispuse a entregarle mi tiquete con destino erróneo, y así dar comienzo a mi plan B, en busca de una absolución sin menor repercusión.

Aun así, la oficial inspeccionó minuciosamente mi boleto, anotando en una libreta cada cosa que le parecía rara –cosa que no hizo con ningún pasajero anterior-, entonces con un asombro, que me parecía ya bastante sospechoso, me preguntó sobre por qué no me había bajado en la parada que indicaba el recibo. Yo le respondí, con la amabilidad canadiense que se me ha impregnado, diciéndole mi supuesta historia de haberme quedado dormido parada tras parada, relato que no finalicé, ya que la oficial cortó mis palabras con la repetitiva necesidad de ver mi I.D., es decir cualquier documento que me identificara.

Intento de arresto internacionalDesgraciadamente, y por razones como la de que cuando pasa una calamidad todas las calamidades aledañas se le juntan, no llevé mi I.D. ese día, ni lo he hecho desde que me dijeron que en Canadá no era necesario que llevara la cedula en el bolsillo, a diferencia de Colombia donde siempre la cargaba, gracias al cuento de que al ser indocumentado a uno se lo pueden llevar a la DIJIN. – ¡Mierda!, exclamé hacia mis viseras de nuevo en ese instante-, y le dije a la oficial la verdad sobre el paradero de mis documentos, dando lugar a ser por primera vez un N.N.

Lo siguiente a eso fue escuchar a la oficial usando su radio comunicador para llamar a un grupo de policías metropolitanos a la estación de tren donde yo no debía llegar. Mejor dicho, pedir refuerzos. De manera que los diez minutos faltantes para llegar a Toronto permanecí escoltado por las dos oficiales, por la amable Dama de Hierro con cara de ponqué y por lo que yo consideraba una descuidada chica Baywatch, mientras que me convertía en comidilla de la gente y en objeto de curiosidad y chisme, cosa que pasa tanto en Colombia como en Canadá.

Al llegar a la estación, las dos robustas señoras, que obviamente rebasaban mi diminuto tamaño, me indicaron la salida del tren, la cual, por supuesto, no fue la de los pasajeros usuales, sino la salida que en ese entonces yo llamé como la puerta donde pasan los que no pagan el boleto completo y no tienen el mismo acento al hablar ingles.

Ya con pies en la tierra, o fuera del riel, en la estación central de trenes de Toronto, a la sombra de La C.N. Tower, es decir el monumento insignia de la ciudad, estaban tres policías metropolitanos esperándome para aclarar la situación. Estúpidamente, creí que con ellos iba a poder solucionar el inconveniente de manera más eficaz, pero de nuevo sucedió todo lo contrario –calamidad tras calamidad-, ya que la oficial que me había pedido el boleto en el tren resultó acusándome de no haberle querido colaborar dándole mí nombre.

No importó cuantas veces le explicara a los policías que la oficial nunca me había pedido mi nombre, que sólo me pregunto por mi I.D., todas mis palabras se transformaron en un zumbido de mosquito, ante la mirada sentenciosa de tres policías que vestían los típicos sombreros azules y chaquetas fosforescentes de las ciudades norteamericanas, que cada vez se me hacen más diferentes al típico verde de los chupas y los "tombos" de mi amada e impedida Bogotá.

El policía que escuchó la mayor parte de mi perorata fue un hombre más o menos de baja estatura, con los ojos descomunalmente viscos, mirando a un porvenir invisible. Él me atendió hasta donde le fue posible, precisamente hasta cuando su compañero, de casi un metro noventa, de contextura gorda y espaciosa, el típico COP norteamericano, interrumpió mi alegato con un constante "Sir, you are not helping us".

¿No los estaba ayudando?, definitivamente que manera tan pendeja de pedirle a uno que guarde la calma, aunque por mi bien eso fue lo que hice. Sólo hasta que el policía alto empezó a desparramar sentencias sobre mí,

diciendo que yo no quería colaborar entregando mi nombre, y que no lo hice en el tren tampoco, empecé a sacudir mis piernas, y tal estremecimiento fue más en el momento en que dentro del sermón del oficial se escucharon las palabras arresto y deportación.

Si, arresto y deportación, ya que si no daba mi nombre, cosa que hice instantáneamente en aquel momento, debían arrestarme y por ende debía recibir una multa de cien dólares, más un registro en mi pasaporte que evitara que yo volviera a Canadá. Dicho esto en palabras de aquel policía, "Si no nos das tu nombre ahora, mañana mismo estas en un avión hacia tu país", para cuando dijo esto ya era la tercera vez que se lo daba, sino que su iracunda mirada, y su comportamiento altivo enfrente del resto de la tripulación del tren, quienes observaban aquel espectáculo mientras partían, lo volvieron sordo.

Sin escrúpulos, me tuve que ver en la labor de deletrear mi nombre como solución al entrópico comportamiento de aquella autoridad. Nunca me había sentido tan diminuto, tan socavado como aquella vez al estar ante la sombra de tremendo gigante, que enardecido amenazaba cada instante con arrestarme. Aun así el policía visco anotaba en su libreta cada letra de mi nombre y mi apellido, las cuales dije con suspiros de temor que se me resbalaban entre los dientes.

Pero fue ahí, en ese mismo y justo momento, donde pronunciaba cada letra de mi nombre plasmado en Español, que pensé un instante en las Mulas que detienen en los aeropuertos de Miami y Nueva York, pensé en el temor que experimentaban esas mujeres, por necesidad, y lo comparaba con el mio. También pensé que la mayoría de ellas no saben ni media palabra en ingles y que son juzgadas por una autoridad más severa, más reacia, los policías gringos de la DEA, y que mientras no sabían lo que ocurría se desesperaban por ver a sus familias.

Asimismo, pensé en los miles de inmigrantes afganos, paquistaníes, iraníes, iraquíes, libios e hindúes que son el entremés para los olfatos de los perros usados en los aeropuertos. Y pensé como ellos, que ni siquiera tienen nuestro mismo abecedario o que sólo saben de Norteamérica algo relacionado con Nike, son detenidos y evaluados por policías anti-terroristas ignorantes, que desconocen su necesidad de taparse la cabeza con un turbante o el rostro con un velo.

Por último pensé en el innumerable número de gente que ha vivido un tacto rectal sólo por la sospecha de unos cuantos policías, que en los aeropuertos, lugares multiculturales, siguen viviendo de prejuicios ante el color de la piel y los rasgos físicos. Y entonces fue ahí donde me di cuenta que este mundo, mi mundo, el nuestro, es un lugar lleno de miedo. Un lugar con una eterna atmosfera de sospecha entre posibles perpetradores y posibles justicieros, que genera ignorancia y apatía entre las propias culturas que habitan en la tierra.

Por lo tanto, si, sentía miedo, un miedo perfectamente racional a ser coartado de mi libertad, y si, los policías también sentían miedo, pero esta vez un miedo parasitario, un miedo hipócrita, un miedo lleno de sospechas, que hace en sus mentes pensar que si no son como ellos, no están a su favor, y ese tipo de miedo, pienso, es el peor.

Ya terminado de ser deletreado mi nombre, y haber partido el tren, que creo, hice demorar, el policía alto, aquel camaján iracundo, me preguntó la razón de por qué mis piernas temblaban, si era por consecuencia del invierno. Le conteste con sinceridad, le dije que tenía miedo por la manera en que me había hablado, y de nuevo su agresividad salió a flote, a la par de su temor, así que me empezó a preguntar por lo que llevaba en mi maleta, reiterándome de que si lo que había ahí era un portátil, como dije con anterioridad, no debía sentir ningún miedo.

Sin pensarlo dos veces, instantáneamente abrí mi maleta para constatar que mi portátil se encontraba adentro de ella, pero de nuevo fui interrumpido mientras movía las cremalleras, ya que el iracundo policía tenía la necesidad de esta vez insultarme, y así fue, lo hizo de la manera más cínica posible, ya que me pidió que dejara mi maleta en el piso, y que no me preocupara, debido a que su país no era Colombia, lugar donde había una dictadura y una revolución, y por eso no debía temer a los policías pues todas las personas son tratadas por igual.

No supe sinceramente si cagarme de la risa, o explotar en un océano de ira en ese momento. La verdad opté por la primera opción, lancé una sonrisa de tranquilidad hacia el emputado gigante, quien acto seguido, y ya lejos de su publico, avivador de egos, se me presentó de la manera más calmada, como si no hubiera ocurrido nada, o como si sufriera de bipolaridad. "Me llamo Gerard", me dijo, y luego me extendió la mano.

Tras el intercambio más hipócrita de saludos del que he sido participe, Gerard y sus dos compañeros, el visco, y un joven que poco detallé porque andaba en las sombra de sus, podría decirse, jefes, llegaron al común acuerdo de dejarme ir, dado que habían llegado a la conclusión de que yo era un joven estudiante que no tenía ninguna mala intensión. Asentí con mi cabeza cada palabra, y por un minuto profundo me arrepentí de mi ahorro culo, es más, juré, en vano más que todo, no volver a intentar ahorros culo de esa clase jamás. También me dije idiota hacia mis entrañas, y por fin me despedí bien de cada policía.

Alejado lo suficiente, pensé de nuevo en Gerard, la verdad la rabia que le tuve se me transformó en tristeza, además pensé en su poco grado de conocimiento. Me parecía increíble como una autoridad que protege podía tener esa imagen tan hollywoodense de Colombia, que si bien vivió ocho años (y contando) de un régimen bien sádico y corrupto, todavía esta llena de ápices de cultura y democracia que nos hacen soñar. Luego di las gracias a Dios de no haber pasado aquella situación en Estados Unidos donde la brutalidad policial es pan diario ante todo quien parezca chicano, y me tranquilice de haber estado en Canadá un país multicultural, del cuál sé que no todos son como Gerard.

Sobre el ahorro culo las cosas no resultaron nada, porque apenas me dejaron ir los policías brinque como niño metiche a comprar un tiquete completo, así que me quedé sin café, sin plata y sin sentimiento triunfador. Eso si el miedo no me abandono hasta que caminé un largo número de cuadras, me fumé dos cigarrillos y llamé a Colombia.

Pero si hay algo que retengo de todo esto, primero no es una critica a Canadá como país, porque se bien, y lo he visto, el esfuerzo que se hace por infundir la tolerancia en este lugar donde el Estado no es tan inexistente. Es más, agradezco los meses que he vivido aquí, y me gustan muchísimas cosas, que la verdad no son los aspectos que le faltan a Colombia como sociedad, sino cosas completamente diferentes como el Jockey. Lo otro, lo que de verdad si permanece en mi tras mi intento de arresto internacional, es la sensación de saber que de la peor manera que alguien o una nación pueden vivir es con miedo, aun cuando se habita en un lugar donde no hay que tenerlo.