Edición 352

Nosotros los colombianos

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Nosotros los colombianos Escrito de nuestra corresponsal en Venezuela sobre su tierra colombiana que tanto se añora cuando se vive lejos de ella, y a veces se repudia estando aquí.  Con los pies teñidos de verde me escurro limo adentro. El olfato me guía. Subo a la luz por las calles de Manizales, golpeo el duro corazón de la tagua en los bazares de Chiquinquirá y con la piel ardida en los manglares aluvionales del Pacífico, floto como un pez gozoso en el coro que anualmente cruza las calles de Roldanillo.

Somos nosotros los colombianos, sitiados por agua, tierra y aire. Animales de savia caliente o cuero endurecido erguidos en permanente contradicción con la horizontalidad de dos mares que nos atruenan la cabeza y nos atisban el costado.

Sobre una mesa de billar donde chocan lucidez y demencia; a la sombra de fábulas posibles, vinimos enternecidos, valerosos, violentos, bien o mal recibidos, capaces de llorar o asesinar por un recuerdo.

Tumbadores de selvas, abridores de trochas, sobrevivientes al estruendo amazónico, el corazón se nos entrena en el desorden del abismo con el asombro del primer día de la creación.

Acres respiraderos del azufre, polleras voladoras, cinturas de obsidiana, puertos de mar abiertos en lenocinios y manglares, aldeas atornilladas sobre el río de la Magdalena, anacos y collares sobrevivientes, escuelas donde la niebla paramuna aprende el alfabeto, nos enredan y desenredan como un ovillo que no termina de fluir.

Ceñidos por tres líneas montañosas que nos hacen diferentes y similares y por los ríos encargados de trasladar el cielo; con el viento que afina la barba del helecho y asalta los caseríos abandonados; en la mejilla campesina y en la emboscada con carta de nacionalidad, vamos.

Un paisaje lunar parpadea entre los pajonales; huele a sal, a carbón. El rostro del goajiro escocido por la tufarada del mar, se tensa como el cuero de un tambor. Es nuestra caparazón prehistórica atada a los caminos que hoy son y mañana desaparecen barridos por el viento.

Nosotros los colombianos El aluvión del Atrato emparentado con el "Popayán de piedra pensativa", aquerencia la leyenda. Una mitología de ventiscas reconoce en Bachué el abolengo muisca. Arriba, en la sabana, se abre el ombligo que alimenta a Bogotá totémica, la brumosa aldea de José Asunción Silva, el epicentro de los desheredados y los amos.

Untados del olor que curte las fibras de Botero y los tatuajes de Débora Arango, los alambres con alma de Negret y las subversiones saludables de Omar Rayo, volamos "por los países de Colombia" con las hojas del sur.

Herederos de diásporas y exterminios, nos sabemos dueños de todo y usufructuarios de nada. Zumos encontrados nos curtieron el seso. No aprendimos a degustar nuestro sabor de mandarina en el sudor del labriego ni a consultar la hora en el reloj solar que recorta el penacho costero más alto del planeta.

Ronca la noche sobre los cafetales del Tolima. Pájaros madrugadores beben el rocío de los siglos en dólmenes inescrutables. Bogas conocedores de acechanzas y cábalas, huyen en la piragua de Guillermo Cubillos. Dueños del rito que nos identifica, se saben emplazados por la vida y la muerte.

Somos cordillera y mar servidos y consumidos a mordiscos. El lagarto rugoso que nos invade desde el sur, puebla con aullidos dementes el principio y el final de la vida. Vientres de lava y piedra paren a dentelladas la porción de historia que les correspondió. El Macizo Colombiano, ventoso y rugiente, fértil y desatado, festeja a hierro y fuego la entrada de los Andes.

Aquí aprendimos a refugiarnos en la primera hendidura, a mudar de piel, a dormir al sun sun de la palma, a beber por igual el agua de la lluvia y el agua de las lágrimas y fue, para los siglos de los siglos, esta mezcla de tabaco y aceite, de aspaviento y nostalgia, que llevamos tatuada entre las cejas.

Hemos tenido suerte a pesar del choque milenario. Lo sabemos como sabemos que tras el uniforme del soldado, junto al desarraigado que perdió de repente el ángel de la guarda y al cadáver violado por balas o fauces carroñeras; en el horno que nos cuece o el aire que nos mete en la boca el bocado del día, Colombia nos espera con el pellejo macerado en la trastienda de una mujer para forjar nuestra cubierta elemental y recordarnos que un duende melancólico nos hace guiños desde las lunas de la infancia.

Ésta es la porción de agua y tierra que nos correspondió, el primer camino para la huella honda, mano que hila poro a poro, esta piel aventada como un grano de pólvora, más allá de la sed.