Edición 363

El carnaval toma la calle y festeja

PDFImprimirCorreo electrónico

Índice de artículos
El carnaval toma la calle y festeja
segunda página
Todas las páginas
Carnaval en la ciudad de Buenos Aires - Argentina

“Sedientos de los aplausos tu mueca será un descargo. Que no puede haber ley seca si no hay ningún trago amargo porque el carnaval nos vuelve a embriagar”, dice la letra de una de las canciones de la murga Los Diablos Verdes.

El carnaval en la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina, pleno de risa y desparpajo se prepara con arduos ensayos todo el año para salir a la calle en el mes de febrero y bailar al ritmo delirante de los tambores.

Esta letra no es casual. La embriaguez de la que habla, esa mueca sedienta de aplausos se expresa en el carnaval porteño y revela su espíritu en los desfiles de hombres, mujeres y niños que tienen a la alegría y al humor como su máxima expresión: “El carnaval de la plaza pública es el lugar de la risa”, explica la escritora Elsa Drucaroff en su libro sobre el pensador ruso Mijail Bajtin (Mijaíl Bajtín, la guerra de las culturas), quien reflexionó acerca del carnaval y la cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento.

“Hoy el hombre y el villano, el prohombre y el gusano bailan y se dan la mano sin importarles la facha….y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas… se despertó el bien y el mal, la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a las divisas… Y se acabó... que el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó que cada uno es cada cual….”, canta Joan Manuel Serrat en su canción Fiesta.

En el carnaval, la risa puede pensarse al mismo tiempo como negativa y positiva, explica en su libro Drucaroff. Negativa como burla al poder: en el carnaval del medioevo el esclavo podía ser elegido rey y éste ser siervo, ese día el poder tomaba otra forma, y todos participaban de la fiesta en la plaza pública donde, al mismo tiempo, una risa positiva, de júbilo por la resurrección en la cuaresma, se hacía sentir. Pero aquel que era rey por un día, sabía que iba a morir. En el ritual del carnaval su vida era el precio de haber tomado el poder. Pero, en la fiesta “pese a la muerte, todo renace”, agrega la escritora. Muerte y vida se festejan al mismo tiempo en el carnaval del medioevo.

Este renacimiento de la época medieval reaparece en los carnavales rioplatenses, la risa se hace cuerpo y en el siglo XVII, en fechas de agasajo especiales, los esclavos negros locales festejaban junto a sus amos el carnaval al ritmo del candombe. A principios del siglo XX, provenientes de Cádiz, España, un grupo de zarzuela española se queda en Buenos Aires sin dinero y por primera vez realiza el espectáculo en la calle, a modo de desfile, para reunir dinero a la gorra.

Empieza a difundirse esta costumbre en la ciudad y el carnaval se vincula a los diferentes grupos de inmigrantes que habitan Buenos Aires. La especialista en el tema, Alicia Martín cuenta que a partir de la década del ´20, cuando la ciudad se empieza a poblar y se configuran los diferentes barrios, éstos comienzan a tener incidencia en la identidad del carnaval: “Hasta esos años los distintos grupos étnicos, tanto africanos como europeos o criollos, centraban su locación y sus actividades en barrios distintos: los negros en San Telmo y Monserrat; los italianos en La Boca; los judíos al sur de Palermo; los árabes en el Once. Pero, estos grupos fueron evolucionando. Las agrupaciones de carnaval, antes fundadas sobre fuertes lazos étnicos, pasaron a organizarse según los nuevos lazos de vecindad en los barrios”.

Generaciones anteriores han vivido los carnavales de la mano de las sociedades corales y las agrupaciones humorísticas de principios de siglo. Si bien éstas han desaparecido en los festejos de la ciudad, las murgas y comparsas subsisten conservando el humor y el festejo popular como parte de su identidad, aunque con algunos cambios: “Todo un ciclo de bohemia masculina se genera durante los carnavales, reunirse para ensayar, disfrazarse, cantar y bailar por las calles, recorrer la ciudad, conocer otra gente, amanecer en cualquier lado”, explica Martín. Sin embargo, hoy, esa bohemia que parecía exclusiva de los hombres incorporó mujeres, niños y travestis, expresando el espíritu de los carnavales medievales, en los cuales no existían barreras de ningún tipo: “Durante el carnaval no hay otra vida que la del carnaval. Es imposible escapar, porque el carnaval no tiene ninguna frontera espacial.

En el curso de la fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a sus leyes, es decir de acuerdo a las leyes de la libertad”, dice el pensador Bajtin.

El carnaval del medioevo era un rito que liberaba reglas y tabúes y en el cual el “contacto libre y familiar era vivido intensamente y constituía una parte esencial de la visión carnavalesca del mundo”, explica en sus escritos. Por eso, del festejo en la plaza pública en la Edad Media al desfile actual de las murgas en los barrios porteños, el carnaval siempre tomó la calle y la hizo parte de su identidad, el espacio público se transforma en un territorio habitado por todas las clases sociales, donde se borran las diferencias económicas: “El carnaval no era una forma artística de espectáculo teatral, sino más bien una forma concreta de la vida misma, que no era simplemente representada sobre un escenario, sino vivida en la duración del carnaval. Esto puede expresarse de la siguiente manera: durante el carnaval es la vida misma la que juega e interpreta”, dice Bajtin.