Edición 368

El carnaval toma la calle y festeja - Segunda

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El carnaval toma la calle y festeja
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“La alegría popular festeja que todo se destruye y todo se renueva, que sumergidos en la conciencia colectiva de ser pueblo, de ser comunidad, el terror a la represalia retrocede”, explica Drucaroff. Ese terror que daba marcha atrás, reapareció en Argentina luego del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que instauró la Dictadura Militar. Desde entonces, las murgas de la ciudad de Buenos Aires han peleado con los diferentes gobiernos militares y civiles democráticos para que el tradicional carnaval porteño sea reconocido.

La pasión, el humor y la crítica social fueron siempre parte de los cantos y estribillos de las murgas, a pesar de que la dictadura haya condenado un contenido y una estética que no deseaba: en 1976 se deroga por decreto la ley que permitía el feriado nacional por carnaval. Si bien se permitieron los corsos hasta 1981, las murgas intentaban a duras penas desafiar con las letras de sus canciones la censura y de esta manera cuestionar el orden oficial.

Un testimonio de la propia comisión directiva de la agrupación M.U.R.G.A.S. explica este contexto: “La del ’70 fue una década muy dura socialmente y las murgas, fiel reflejo de la sociedad, sufren las consecuencias. Las agrupaciones se transforman en grupos demasiado violentos y dejan de lado su sentido artístico y folklórico de lado. La política, el sindicato, la lucha por el poder y la violencia ganan terreno en las expresiones populares como el fútbol, las manifestaciones y el carnaval”. En este sentido, la explicación asocia a la murga con la expresión de violencia, otorgándole un sentido diferente, diferente al de la risa y la alegría. Sin embargo, “El insulto, la mala palabra, pueden ser modos de elogio”, explica Drucaroff en relación a lo carnavalesco.

Pero la risa, dice Drucaroff expulsa el miedo, y en época de dictadura, en nuestro país reinaba el miedo. Un pueblo inmerso en el terror, sin poder circular libremente por la calle, sin poder tomar la calle, un pueblo que no ríe, que no puede expresarse libremente, vio cercenado el carnaval: “La historia del Estado es la historia de la violencia contra los cuerpos. Sobre eso se funda, sobre el genocidio, sobre la guerra a las montoneras, sobre la represión anarquista, sobre los fusilamientos de la Patagonia trágica, sobre los fusilamientos de los talleres Vasena, etc., hasta llegar a la que es la máxima exhibición de la violencia sobre los cuerpos que produce el Estado argentino que es la dictadura de 1976”, dice el investigador Pablo Alabarces.

Drucaroff explica que más allá de la discusión de si “el carnaval tiene sentido revolucionario o reaccionario, si es producción rebelde al Estado o contención de la rebeldía”, se puede pensar en términos que el carnaval no es “ni bueno ni malo, simplemente es. Ni en él se gesta una revolución, ni él la ahoga. Como espacio paraestatal, no oficial y siempre revulsivo, es un infinito semillero de elementos revolucionarios”.

Sin embargo, aún hoy, desde la propia agrupación M.U.R.G.A.S. esas expresiones de las murgas de los ´70 no se perciben como carnavalescas, sino como aberraciones que no cuadran con el carnaval tradicional y no como consecuencia de un contexto de represión y violencia del Estado: “Entrando en los ’80 se ven claramente las consecuencias de tanto degeneramiento. Casi no quedan corsos en Capital Federal y son muy pocas las agrupaciones que logran sostenerse. Ni las mejores, ni las peores, todas tienen serios problemas para continuar y hay un gran parate en la actividad, por lo menos hasta que los ’80 llegan a su fin”.