Edición 371

¿Acaso la piel muere?

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¿Acaso la piel muere?¿Acaso la piel muere? ¿O acaso la matamos? Creo, lo último es preciso. Como deshojando la cebolla, con esfuerzo, la despellejamos. Cada capa repelada con los dedos, con lágrimas que brotan como conjuro al nervio levantado.

La terquedad irrumpe, el corazón se cansa y el cansancio nos vuelve asesinos. Allá va tu piel, allá va la mía. Descuartizadas por la ira, el arrepentimiento y el tiempo ido. Cual prisioneros peligrosos, tiradas al calabozo oscuro del olvido, condenadas a la luz tenue que se cuela en el subterráneo.

Con nueva piel, ni cuenta nos damos. No hay sufrimiento, sólo recuerdos tenues, sonrisas esquivas y miradas como las de las vacas cansadas en la tarde lluviosa. La piel nuestra por fin ida al infinito oscuro de la muerte. Desgarrada con violencia por el miedo. Arrojada por el tiempo agonizante al fundillo resquebrajado del recuerdo.

No le diremos adiós, ni le lanzaremos flores, ni lagrimitas, ni oraciones afanadas; ni, tampoco, notaremos su partida. Complacientes, de caras felices, nos tomaremos fotografías luciendo pieles nuevas. Las exhibiremos conjurando la piel muerta al recuerdo miserable de las malas pasadas, a esas que el tiempo nos jugó cuando soñábamos.