Edición 363

Mentalidad de piedra

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Mentalidad de piedraCuando Desmond Morris, en 1967, publicó el Mono Desnudo, pudo que nunca se haya imaginado cómo la sociedad del siglo XXI, y más la colombiana, era capaz de dar tanta razón a sus argumentos etológicos sobre el comportamiento humano, más cuando los disturbios que ocurrieron en Transmilenio son una prueba inequívoca de que, luego de casi 8.000 mil años, seguimos tirando piedras y rompiendo cosas como nuestros, no tan lejanos, primos, los micos.

De igual manera la misma insurrección urbana hubiera resultado útil, en el ámbito cinematográfico, precisamente para una remasterización de Odisea 2001, de Stanley Kubrik, ya que para esta ocasión no hubiera sido necesario disfrazar actores de simio, sino más bien intercalar una que otra toma de cómo se destartalaba la estación de la Marly.

Pero lejano de la biología y de la ciencia ficción, la verdadera naturaleza de este acontecimiento no es sino una, y es que en Colombia adoramos borrar con el codo lo que se hizo con la mano, y es un comportamiento que ya se ve impreso en mi generación. Lo digo porque tras ver los disturbios, lo único que sentí es que la conciencia social y de protesta que se había ganado con la marcha en contra de la ley 30 se fue al mismísimo carajo.

Es que durante los miles de videos que vi en youtube, que más bien parecían un manual practico para el revoltoso descerebrado, me pregunté varias veces ¿Dónde están las antorchas, la música, la pancarta, el mamerto anti-capitalista disfrazado? ¿Dónde están? Me quede esperándolos, porque de nuevo, en la típica involución colombiana, y más que todo bogotana, volvimos al paleolítico, a la edad de la piedra, o la edad de tirar piedras.

Mentalidad de piedraVoy a ser franco, ante ustedes, quien escribe, su servidor, es un fervoroso disidente del Transmilenio, lo repudio hasta la medula, desde sus abultadas muchedumbres, sus borrachos y su impúdica alza en los precios, hasta el innegable símbolo de corrupción que representa ver a esa obesa sierpe roja desfilarse por las calles de mi ciudad.

Sin embargo, con todo el profundo odio que le tengo, no justifico las acciones de quienes causaron los disturbios. Es más, las rechazo tanto como al sistema contra el que pelean, y simplemente es porque en el sagradísimo derecho a la protesta, nunca se hace un llamado a la errática destrucción, ya que de ella no se desprende nada, no se crea nada. Y mucho menos, a punta de vandalismo, se va a conseguir que el pasaje del Transmilenio baje un tanto más, para quedar así sea un poquito acorde al salario mínimo.

Más bien los resultados de todo esto, de esta entropía, son los de siempre: la juventud queda señalada como revoltosa, los estudiantes les dañan al ESMAD las vacaciones que tenían en El Quimbo y la indiferencia social sale a colación, porque sólo cuando el enano se crece, como con la marcha de los estudiantes, es cuando ahí sí salimos todos a la calle a cantar y a hacer sociología universitaria, pero de resto, no es mi problema, jódanse.

Mentalidad de piedraEntonces, en medio de todo este contexto, cuando como ciudadanos no fuimos capaces de hacernos entender, y cuando las piedras ya están volando, aparecen figuras como súper Petro, el súper acalde, en súper Twitter, que trata de luchar contra la segregación social, pero que olvida por completo que el precio de un boleto de Transmilenio para una madre soltera, que gana el mínimo, puede ser una completa frustración, y que ese mismo sentimiento lo tenemos en un trancón por la 30, porque señor Petro, ¡la movilidad también es un derecho social!

Decían los inentendibles teóricos de la Escuela de Frankfurt que no es en el proletariado, ni en la burguesía, donde se encuentra la esperanza de la sociedad, sino que es en la juventud, y en su capacidad de evolucionar, donde se haya. Yo todavía creo en aquellas palabras, pero si en Bogotá seguimos en esa mentalidad de piedra, los jóvenes nos vamos a empezar a tener que acostumbrar a una época igual a la que nos precedió, la de nuestros papás, donde súper alcaldes y súper presidentes tomaron las peores decisiones ante cualquier crisis social.