Edición 363

Poetas

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Poetas Los poetas somos viento del pueblo, dijo uno de los más extraordinarios especímenes que en el mundo han sido. Me refiero a Miguel Hernández, el alicantino vertical, nacido en Orihuela el 30 de octubre de 1910.

Cada vez que tanteo la pieza única que conformó su esqueleto escuchándolo cantar con las tripas, desmenuzarse y rehacerse, me topo con un hombre y un poeta.

Es la figura más perturbadora de su generación. Nacido entre las cabras familiares y unos padres que no veían más allá del redil, carente de la atmósfera que alimentaba el decir de los señoritos y pensadores de la Residencia de Estudiantes de Madrid, capeó con el solo recurso de la palabra las carencias y dobleces de un mundo que escocía su piel de viento limpio.

De ahí el salto acrobático dado a sus 26 prometedores años entre los poemas de El rayo que no cesa y las trincheras de un batallón republicano. De ahí la lucha sin cuartel, el despilfarro de su juventud, la vasta noche que no pudo cerrarle los ojos.

La poesía hernandiana es un desgarramiento sin final. Desde la iniciación de Perito en lunas hasta el adolorido Cancionero y romancero de ausencias, clama, se revuelve, choca y se precipita para volver a cantar lo acerbo del momento: No, no hay cárcel para el hombre/ no podrán atarme, no/ este mundo de cadenas/ me es pequeño y exterior. Todo en él es agua clara, piedra, raíz fuera del nido. Hasta su poesía de amor discurre como un río turbulento. Acá la Canción del esposo soldado escrita en el frente de batalla, allá las emblemáticas Nanas de la cebolla, donde un lenguaje conmovedor concita las desventuras de los niños nacidos en la España pre Franco.

¿A qué agrupación literaria perteneció Miguel Hernández? ¿A la protagonista de transformaciones históricas y literarias, conocida como la Generación del 27 o a la bautizada -en virtud de clamores sindicales y obreros imposibles de silenciar- con el nombre de Generación del 36? La crítica, con Dámaso Alonso a la cabeza, coincide en ubicarlo entre los miembros de la Generación del 27.

Y no es para menos, también fue ése el tiempo de Ramón Sijé, García Lorca, Alberti, María Zambrano, Neruda, Ortega, Juan Ramón. Del acercamiento a su entrañable Vicente Aleixandre, de los desbordamientos que franquearon la entrada a la industrialización del mundo de post guerra. Esa irrupción transformadora lo concibió y lo hizo como fue. Nacido a principios de siglo con la Revolución Trágica de Barcelona y catador de los excesos de Primo de Rivera, saludó el establecimiento de la II República Española, se batió en lucha desigual durante los tres años que rugió desmandada la fiera de la guerra civil para consumirse y desaparecer en los excesos de una peregrinación interminable por distintas cárceles de la península, el 28 de marzo de 1942.

Poetas La poesía de Miguel Hernández serviría para conocer la historia moderna de la España mártir. En sus líneas, como por socavones o laberintos desampara dos, desfilan los obreros, los campesinos, el viento crepuscular, el olor de herramientas y de manos, el parto, la novia que se muere de casta y de sencilla, el pequeño yuntero sudoroso en las páginas de Viento del pueblo. Ni universidades ni maestros asistieron su niñez y adolescencia. Sólo el pastoreo de las cabras a orillas del río, el adusto ceño paterno, la negación de lecturas que el padre consideraba inútiles. Se hizo de acero para soportar y de algodón para sentir.

Quizá el dios de esa palabra calificada por Steiner como música del pensamiento, dotó a su verso del equilibrio que precisan la originalidad y la osadía. La rima y la métrica, tantas veces subestimadas, enmarcan gran parte de su obra poética. Sus poemas de factura libre son eso: criaturas sin ataduras, sólo obedientes al mandato del oído universal.

Como poeta acuciado por la necesidad de utilizar lo que le pertenece, se derramó en sonetos de estructura cabal. Atreverse a concebir y alumbrar esa criatura arisca que con el nombre de soneto fatiga el acorde más exclusivo de la literatura, es una hazaña pocas veces lograda. Los suyos ni abundan ni rebasan. Son piezas magistrales donde se permite sentir sin abrumar.

Pocas veces la vida y la obra del poeta se retroalimentan de manera tan justa como sucedió con este muchacho quemado prematuramente en una hoguera que a más de setenta años de distancia, pide cuentas a los incendiarios. La guerra civil española fue producto de la racha totalitaria que entonces recorría Europa entre sotanas y arreos militares. Quizá la fugacidad con que cruzó un cielo de barbarie, condensó en sus 31 años de vida una experiencia reflexiva y libre, acuñada a lo largo de siglos de aprendizaje planetario.

Su palabra crece con los días ajena a encasillamientos circunstanciales. La acotación humana se subordina a la prerrogativa del verbo esencial. Su origen campesino y lucha sobrehumana, lo hacen simbólico y delirante. Jugó y perdió, jugó y ganó. Como los naranjales de su tierra levantina, fue producto genuino de la naturaleza, como ella ajeno a ráfagas fugaces, como ella encinta de ríos, árboles y batallas.