Edición 375

Armstrong es el jazz de los pies a la cabeza.

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Negro, sufrido y “hermoseado” por las virtudes de todo lo que ha sido el flujo de su propia vida. Louis Armstrong con su voz de catarro, nos puso a gozar y a sufrir desde el momento en que apareció  en los escenarios más comunes de los bajos fondos y los más prestigiosos de los Estados Unidos, comenzando por su natal New Orleans, la misma ciudad que vio nacer y que acompañó los primeros pasos de uno de los grandes, extravagante y talentosos genios de la literatura: Truman Capote; hasta llegar a encumbrarse a los escenarios más refinados y de mayor prestigio de Europa.

 Sus inicios fueron de trompetista. Sus melodías nos hicieron resucitar todos los dolores y las expansiones de su raza  y la de los seres cuya sensibilidad llega a tocar el firmamento del aire, de los encantos, del discernimiento, el desamor,  y el júbilo.

Luego su voz, de la que cualquier académico o purista diría que era un horror, logró hacernos sentir el cavernoso delirio del amor y de la sensualidad.

Son muchos los recuerdos que nos afirman en la creencia de que Armstrong, es el principio y la mejor afirmación de esa música, con la que muchos como Gillespie, lograron también hacernos recordar que existía una piel con la que nos conectamos con los ángeles y los pasadizos secretos de los barrios bajos de cualquier ciudad del mundo. Pero que así mismo era la música para que la pasión se nos deslizara por debajo de la camisa con la ternura de un gato cósmico.

Ese pequeño gran monstruo de la música sólo dejó de amarnos cuando su corazón se paralizó  y por poco nos deja hasta su último respiro en un escenario.  Y allí estuvo su felicidad y su misterio.