Edición 368

Liliana Bustos: una mujer cronopio

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Liliana Bustos: una mujer cronopioAcá estoy, piba, sentado al escritorio para entrarle una vez más a la tinta. Podría escribirte con tinta roja, pero elijo hacerlo en la portátil, no sé si te dije, con ella recuperé la intimidad de la máquina de escribir.

Ayer te escribí el mensajito semanal, pregunté cómo andabas, y fue Laura, tu hija, la que me contestó que vos, su mamita, se había ido al cielo.

Al final me quedé en el barrio como lo había imaginado, sabía que no te iba a volver a ver. Sabía además que vos también sabías. Creo que guardamos silencio porque hay palabras, frases, ideas, que es mejor dejar ocultas en las sospechas, las adivinaciones. Hoy caminé hasta el principio de tu memoria, fui con tu gente hasta la puerta del crematorio en La Chacarita. Todos tristes. Todos sabiendo quién eras.

Me dije al llegar que habrá que aprender a caminar esta Buenos Aires sin vos: la ciudad y los bares viejos, desde ellos el inicio del tiempo: de tu tiempo de estar fuera del tiempo.

Sentado a un banco frente al crematorio pensé en vos, y pensé en Julia, mi hija que está a dos semanas del primer llanto. Supe también que cuando llegue ese momento vas a estar conmigo. Siempre me gana un pensamiento cuando la vida muestra irónica, sin concesiones, su doble faz: al principio las imágenes me sorprenden, luego aparece una reflexión que al segundo ensaya una mueca burlona: porque es estúpido sorprenderse de que en un mismo momento la gente pueda estar viviendo instancias tan disímiles. Una pavada de pensamiento, lo sé, porque simplemente así sucede, pero no lo puedo evitar, ante la realidad despareja, me sorprendo, me maravillo y me siento culpable.

Es entonces cuando me gana la sensación de que es exactamente ahí, en ese cruce diverso de suertes y ausencias, donde descansa la intermitencia de la felicidad en la vida. Estoy a punto de enterarme qué es ser padre mientras vos te estás yendo, mientras te lloro en La Chacarita. Sabés, la felicidad se parece a la intermitencia propia de un bichito de luz, y creo que en lo posible deberíamos hacer memoria cuando enciende y, por qué no, también cuando apaga.

Laura leyó el poema Relación de Harry Martinson, dijo que a vos te gustaba, dijo también que eras: "Una mujer especial, una mujer cronopio, como le decía Edgardo", y entonces la definición saltó a escena. Es cierto, me dije mientras se me caían las lágrimas. Una buena definición de Liliana Bustos, acertada, que se había escondido entre recuerdos. Te cuento en dos imágenes: estabas contenta cuando disparaste la cámara sobre el techo espejado del ascensor, la vez que me hiciste las fotos para Morir por Perón; y tu risa, bien ruidosa, como siempre, cuando escuchabas mis historias durante nuestro último café en La Perla de Once.

Liliana Bustos: una mujer cronopioCaminé por una calle diagonal adoquinada. Me fui alejando lento. Te aseguro que cada paso, cada adoquín retumbó en mi alma. Me encontré en un estado desmesurado de conciencia de mí mismo. Supe más, todavía más, de mi sangre, de mi memoria: mi identidad. Fue entonces que el llanto comenzó a aquietarse. Fue entonces que me sentí reconfortado porque una persona como vos se quedaba en mí: vos, mi hermana, una buena piba, se queda conmigo para el resto de los días.

En agosto de 2007, mi amiga Liliana expuso fotografías en la Fotogalería de la Facultad de Ciencias Sociales, en la sede de Constitución. La entrevisté para el periódico Desde Boedo. Le pedí que me contara la historia de la muestra (y luego libro) "El tiempo de los bares":

Liliana Bustos por Liliana Bustos en el café Porteño

Tengo nostalgia de una ciudad de Buenos Aires que va desapareciendo, un paisaje que desde mi adolescencia se ha ido borrando raudamente, y dicho esto más allá de la globalización. Transité mucho la ciudad, caminado, en colectivo, y me gusta mirar. Tengo esa sensibilidad, enseguida me pega algo en el ojo, y tengo memoria. Siempre trato de recordar qué había en ese lugar, y muchas veces me entristece ver el cambio por algo modernoso, y no porque uno esté en contra del avance, sino por la pérdida de rasgos que tiene que ver con nuestra identidad porteña.

Los bares siempre me gustaron, desde la adolescencia, me acuerdo, año setenta y pico, que me gustaba caminar por Carlos Calvo porque estaba toda adoquinada y por ahí descubrí un café, con una máquina de café grande, se ve que el paisaje ya me interesaba, pero claro, todavía no tenía claro el por qué. Hoy sé que ya venía influida por la poesía de Borges y otros poetas que tenían que ver con la ciudad. Por ahí buscaba esa literatura en la calle, y muchos de los paisajes existían, quizá no tal cual estaban anotados, pero sí estaba su metáfora. El café tiene la facultad de ser un lugar de paso del tiempo; ¿y qué clase de tiempo?, se podría preguntar uno cuando ve a un habitué de un bar que va y se sienta, pide su café, no hace como nosotros que por ahí llevamos un libro, para leer o estudiar, sólo se sienta y mira por la ventana; eso siempre me maravilló, estar sentado fuera del tiempo y en tiempos en que todos corren de acá para allá; también entran en escena los mozos, chaqueta blanca, botones de metal, y todavía los encontrás, el dueño, y la relación que se establece entre esos personajes. Con mi entrada en la conservación de fotos, tuve que aprender a sacarlas, y me gustó, no creo que sea una gran fotógrafa, pero me alcanza para atrapar el momento, ese tiempo que se pierde debido a la desaparición de lugares, sobre todo en la década menemista del 90.

Liliana Bustos: una mujer cronopioSer la fotógrafa fue el camino para afirmar mi estrategia creativa, aquello que me pasaba con los bares. Los bares eran un mundo muy diferente a este mundo en el que vivimos, en esos lugares había tiempo, por ejemplo, para las relaciones, tiempo para comunicarse. A lo largo de mi trabajo con los bares me di cuenta de que hay tipologías, hay bares de campo, despacho de bebidas, que todavía marcan el límite entre el campo y la ciudad, y la atmósfera a respirar se presenta igual en lo rural y lo urbano, el desenganche del tiempo es coincidente.

Muchas veces una barra se "hace" altar, un centro del folclore nacional, las botellas, la música, el fútbol, las fotos. Todo lo contrario me pasó en España, se toma el café de parado, de caña en caña, como dicen allá, y nunca lo pude entender. El café es el espacio de un tiempo especial para el habitante porteño. Muchos desaparecieron, otros se van transformando, algunos salen bastante bien parados y otros pierden esa identidad que los ubicaba en el barrio, por ejemplo lo que ocurrió y ocurre en Palermo. Haría falta un recorrido por estos cafés, a mucha gente podría no interesarle, pero hay a otra que sí y la movida no está contemplada, debería existir un circuito turístico no oficial.

Lo que dijo ella de su trabajo

Mi búsqueda fotográfica tiene que ver con todo esto, y saqué las fotos yo misma, no quise que otro las sacara, porque para mí era un descubrimiento, como una aparición de ese Buenos Aires que yo buscaba, como te decía, desde mi adolescencia. Ese Buenos Aires diseñado en su recorrido por la literatura; con cada autor que leía, hacia ahí iba, a sus lugares.

Y después vino la construcción de mi recorrido, descubrir desde el colectivo o que un amigo te llame y te diga andá ahí, anotar direcciones y llegar de visita, sentarme, tomar un café, pedir permiso para sacar fotos otro día, y esto si realmente el lugar me impulsaba a hacerlo. Se dieron situaciones muy lindas, me invitaban el café, los habitués casi se ponían a mi servicio para ayudarme a hacer mi trabajo.

Cuando la cantidad de bares creció, los empecé a separar por barrio; te aclaro que no era que aparecían diez por día, ahí también tiene que ver el tiempo, llevo casi diez años haciendo este trabajo. Casi siempre encontraba algo de interés, un centro, el famoso 'punctum' de Barthes, y muchas veces lamenté mi limitación con la herramienta, porque sabía que mi técnica no me permitía atrapar el ambiente, lo que estaba vivenciando, con una mayor precisión.

* Si tenés ganas visitá www.delaescritura.blogspot.com