Edición 363

Pasó la larga noche de 37 años

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En realidad fueron 36 años y 7 meses. En 1975 el torneo era largo y duraba un año, y desde la gesta de Pandolfi y compañía la sequía del título duró dos generaciones y media, si cada una dura 15 años. Independiente Santa Fe logró su séptima estrella en el fútbol colombiano.

No hubo posibilidad de ir al estadio, como es debido, y luego de 7 horas de fila en el expendio del barrio Modelia, porque el negocio de la reventa amarró la asistencia a pagar el doble o triple de la boleta normal, de por sí costosa. La de 150 mil, ya era revendida en 300 mil. "Y luego la van a feriar a 50 mil pesos, perros", decía un dolido hincha a los revendedores a los que se le complicó el tema. Los anillos de seguridad esta vez se extendieron por todo Galerías y les tocó hacer su "agosto" sobre la Caracas y la Carrera Séptima.

Pero tocó con cerveza y televisor en casa y con esas dos generaciones y media en la sala: mi papá, ex jugador del Instituto Técnico Central y Monaguillos, las canteras del profesionalismo en los 50 y 60, que fue la época de esplendor de Santa Fe, donde también jugó, y mi hijo, de tres años y 7 meses, la misma edad mía la última vez que ganó el torneo profesional.

Y no creo en las cábalas, pero luego del enredo en que estaba el equipo y los nervios de punta, Ángel Esteban vino corriendo jugando al fantasma con un cartón con dos huecos en forma de ojos. Se sentó entre mis piernas. Al acariciar su cabeza me dije lo que mis amigos argentinos me decían cuando jugaba Boca o River, y las cábalas a lo Bilardo saltaban a la vista: que el traje, que la camisa, que los cuernitos, que la forma de sentarse, o de gritar... Lo único que ocurrió fue que el pequeño se asustó al momento en que Omar Pérez lanzó el balón al cobrar una falta y ver a Jonathan Copete alzarse sobre el central del Pasto y cabecear contra el piso, como dicen los cánones del centro delantero, y contra el palo del arquero José Cuadrado. Al gritar el tanto con mi viejo, el pequeño se asustó, pero al calmarlo, y ver el tanto, empezó a sonreír y a gritar como nosotros y a pedir una camiseta como la que teníamos puesta. Yo no sé si será hincha cardenal, porque con mi esposa (hincha de Millonarios) lo dejamos a su libre albedrío, pero lo de hoy parece inclinar la balanza.

Y el desahogo es total. Por fin pasaron tres décadas y media de burlas, sarcasmos, momentos duros, cercanías al descenso, triunfos frustrados y siempre esperando y diciendo "este año sí será". EN el colegio había que soportar paternidades odiosas, como la de Millonarios en los ochenta, equilibrar las cargas en los 90 y ver un declive, como el de todo el fútbol colombiano, desde el 2000. Pero nada. Todo era sequía, lágrimas y dolores de pecho, como el gol de Wilber Medina, del Tolima, faltando un minuto y cuando todo indicaba que Santa Fe pasaba a la final, en diciembre de 2010. Esa sí que dolió y aún duele.

Así que desde aquí rendimos un homenaje a esos jugadores que construyeron toda una institución, como Alfonso Cañón, o Adolfo "Tren" Valencia, Tulio Gutiérrez, Hugo Ernesto Gotardi, Ernesto Díaz, Sergio Daniel Odine, Fredy Rincón, Dorian Zuluaga, Raúl Balbis, Hernando Cuero, Batato Castro, Diego Édison Umaña, Jorge Taverna, José Luis Carpene, Acisclo Córdoba, Héctor "Rambo" Sosa, Walter Sapuca, Germán "Basilico" González, Fredy Rincón, Eduardo Niño, Carlos Fernando Navarro Montoya, y otros tantos que nunca quedaron campeones con Santa Fe. Pero también a todos los que desde el amauterismo edificaron este Santa Fe, que según la historia tuvo su origen en el Gimnasio Moderno, colegio encopetado de donde salen presidentes, como Juan Manuel Santos, hincha furibundo, pero que también se nutrió de la cantera del sur, del pueblo, del barrio y del torneo del Olaya Herrera, del colegio Instituto Técnico Central. Todos personajes que harán parte de la reconstrucción que Buque de Papel está elaborando en una novela, próxima a salir, sobre ese aporte que el fútbol aficionado le hizo al balompié colombiano, que inició su profesionalismo desde 1948.

Saludos cardenales, ¡Y que la octava no demore ni se sufra tanto!

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.