Edición 353

Negociación de paz con las Farc

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Antes se hablaba de diálogo o de zona de distensión. El concepto de diálogo nunca se entendió. La estrategia de la zona cerrada tampoco sirvió. Porque dialogar se creyó que era sentarse a conversar entre amigos, entre hermanos.

Decirse unas mentirijillas, tomarse unos guaros y esperar que al otro día amaneciera el país en paz era una utopía. Y delimitar una zona y cercarla era como poner una bomba de tiempo que en cualquier momento podía explotar allí.

Idear un instrumento para crear una empresa lleva tiempo. Los creativos, los publicistas gastan tiempo, cerebro, pliegos de papel presentando propuestas y así van surgiendo el logo, las decisiones para poner un producto en el mercado. Cuando se trata de sacar un producto al mercado quienes van a invertir duran meses madurando la idea y escogiendo las rutas, el slogan, cómo presentarán la marca, los empaques y demás.

La paz es un producto muy volátil, con alas blancas y corazón con sangre. No es sal ni azúcar ni panela, o baratija. No puede esperarse que con citar a diez jefes guerrilleros con todas las comodidades y excepciones a Oslo o a La Habana y a cinco exmilitares y cinco altos comisionados del gobierno se espere humo blanco en dos sesiones de ocho días.

La guerra entre el Estado colombiano y la guerrilla ha sido larga. No ha sido un pulso de dos manos sin fuego y sin artimañas de parte y parte. Se ha atizado desde fuera por naciones, hay intereses en otras partes del mundo, la plata que se mueve es mucha alrededor de este asunto. Por eso no será fácil y expedito el arreglo de esta confrontación en la que hay tantos intereses de por medio.

No bastará con sentarse en la misma mesa y decir que el Estado está cediendo y tiene la mejor parte y la legitimidad en las exigencias. Y tampoco la guerrilla podrá sentarse y esperar que el Estado se desarme y que, como los paras, hagan la escaramuza de entregar las armas. ¿De qué le sirve eso al país?

Hemos padecido ya por más de medio siglo el incendio, el fuego, los ataques, la sorpresa, las masacres de parte y parte, los falsos positivos, las desapariciones, el uso de menores en el conflicto, el despojo de nuestros recursos naturales bajo la capa de que estamos en guerra.

No se cree en el diálogo. Siguen los insultos, se siguen mostrando los dientes. Ahora se habla de "negociación". Todo aquí en Colombia es negocio. Se negocian la tierra, las playas, los páramos, las minas, el desvío de ríos, los contratos por nonadas. ¿Por qué no se negocia la paz? ¿Por qué tanto afán de que esta negociación sea como un acto de magia y que salte la liebre en un dos por tres, como si fuera un contrato de minas? No es una firma entre De la Calle y Márquez y ya. O entre el Gobierno y un sindicalista que negoció. No podemos poner boca abajo un reloj de arena, esperar una hora y voltear la espalda.

En la mitad del Gobierno y de la guerrilla está el pueblo que es la víctima. Como en una mesa de ping-pong miramos ora acá ora allá a ver dónde está la verdad o la trampa. Los presupuestos o condiciones no son tan simples. Hay muchas verdades escondidas que deben ser tenidas en cuenta. Por ejemplo, en la restitución de tierras. ¿De cuál tierra se habla, en qué condiciones se restituye? De por medio está una sociedad, una justicia, una reparación, miles de personas que buscarán trabajo, unas vidas que se reintegrarán a una sociedad - por ahora enferma -. ¿A cambio de qué y con qué garantías?

Los que saben de negocios saben que deben ceder. El Estado, la industria, las empresas le deben mucho al país. La guerrilla le debe mucho al país. Ambas partes deben ceder a la sociedad de cara al pueblo. Para ello habrá que reconocer sus falencias y poner sobre la mesa sus ofertas con lealtad y claridad. No sea que mañana se diga que hubo una falsa entrega y unos falsos acuerdos y sigamos en lo mismo con otros nombres.

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*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.