Edición 375

Madonna y el arte de provocar

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Cuando un periodista llamó a Madonna "el ángel de la provocación", en un artículo publicado hace más de 20 años en la extinta revista Cambio 16, sintetizó lo que la diva del pop consolidó con los años de trabajo: ser amado y odiado al mismo tiempo, pero de forma tan intensa que siempre está en la boca de todos. Y lo seguirá haciendo un buen tiempo más.

Ver su show en Medellín, bajo un aguacero que no paró en todo el concierto, reconfirmó dicha entrevista: el uso de imágenes profanas, símbolos vudú, cánticos extraños en idioma desconocido y antiguo, ni siquiera latín o itálico antiguo, y cuatro bailarines cuyos brazos lograban ángulos imposibles para cualquier atleta, simplemente confirman lo inquietante de su arte.

Sus detractores la consideran como Satanás vestido con tacones y ligueros de Jean Paul Gaultier, su diseñador de moda desde hace décadas y responsable del vestuario de sus bailes y performance, dignos de una gran producción de Hollywood.

Sus amantes, hombres y mujeres en todo el mundo, la consideran el verdadero ícono de la modernidad: dual, no solo en lo sexual, sino en su contradicción de vida: puede ser la más perversa del escenario y de la vida misma, y al tiempo escribir libros para niños, pensando en su hija Lourdes, con quien ha tenido enormes diferencias: o la mamá que le da la palomita a su hijo menor Rocco, quien baila y hace algunos pasos con sus 12 años en uno de los números de la gira.

Pero lo más inquietante, y recordando el maravilloso libro de Germán Castro Caycedo, Más allá de la muerte, es el número de inicio del concierto: el escritor colombiano describe al detalle un ritual satánico, el verdadero ritual en honor a Luzbel, y lo ubica como una ceremonia llena de cánticos, saumerio, coros que llegan al alma, que sobrecogen. De esta manera echa al traste el cliché usado en el cine y por mentes débiles, del pollo destripado, o el cordero degollado, o los niños sacrificados: esos son delitos de sicópatas. El verdadero rito satánico, es una mezcla entre poesía, cánticos, y nostalgia por el paraíso perdido, y escrito o pasado de voz a voz a través de las centurias. Y estar en las gradas el Atanasio Girardot en Medellín y encontrarse con ese rito, fue algo sobrecogedor.

Y a medida que pasa del satanismo a la redención, y no de su kábala o la cienciología, la seudo-religión que tiene en líos a Tom Cruise, sino de la iluminación interior de los hindúes, Madonna confirma que su show es mucho más que una presentación de su extensa carrera a través de sus discos: es toda una puesta en escena, un arte de la que puede considerarse la industria de las industrias culturales que subsisten en este siglo de los cambios constantes. Michael Jackson estaba en esa transición, la de dejar el caótico siglo XX, para renovarse y transformarse para su público en el XXI. No contaba con que su cuerpo estuviese roto a los 52 años y que con una sobredosis de calmantes, barbitúricos y drogas, le quitaría la vida.

La reina que queda es Madonna, y lo confirma con cada gira, con cada concierto, con cada declaración. Provoca a los religiosos que afirman sin pruebas que es el demonio vestido de mujer, y calienta a sus adeptos que viven el día a día, que reconocen su sexualidad, pero que son tan cotidianos, como cualquiera más. Y estuvo en Colombia. Y lo vimos en Medellín. Aunque el final fue abrupto, sin bis, sin las canciones famosas.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.