Edición 354

El paro cafetero y sus soluciones

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"El mundo cambió y Colombia no lo hizo", es la tajante frase que deja en el ambiente cafetero el gurú de Fedesarrollo y columnista Carlos Caballero Argáez para que la pensemos. Es un trago más amargo que el café suave que cada vez tomamos muy pocos colombianos. Porque los jóvenes y mujeres prefieren tomar cocacola o zucaritas extranjeras con leche o yogourt en el desayuno. La Federación quedó montando sola en la mula y envía a Valdéz a volar feliz con ella en avión por todo el mundo con cargas de camisetas, pocillos y lapiceros a la moda.

El paro cafetero y sus solucionesCaballero dice algunas verdades de a bulto, por supuesto, pero deja caer como granos de café podrido por entre su artículo, algunas mentiras malintencionadas que maltratan a los pequeños cultivadores y a la gran masa de trabajadores en el país.

Cierto que el gobierno la tuvo que tomar la solución presionado por el paro sostenido por 11 días de confusión y alarma, especialmente en el sur del país. Esta región, mucho más que otras, ha sido olvidada para su desarrollo armónico y ha sido entregada a las multinacionales mineras para que la masacren igual que lo hacen la guerrilla y el narcotráfico. Cauca, Nariño, Putumayo, Huila, son caldo de cultivo de una pobreza galopante, para cualquier revuelta, como aquella de la cacica la Gaitana.

Como los ríos desviados y saqueados en sus lechos y riberas, cuando llegan las crecientes por el invierno, el pueblo se vuelve turbión incontenible y se lleva por delante lo que encuentre a su paso en aluviones y oleadas de cieno.

El problema de los cafeteros no es solo de ellos. También lo es del café, de sus costos de producción y su competitividad frente a Vietnam, Brasil, Indonesia, Honduras, países africanos, Perú y Ecuador. Colombia ya no es líder cafetera ni agraria en América Latina. Nuestros campos, ya no son la despensa del mundo, como se llegó a decir hace un tiempo.

El gobierno no ha mirado sino para afuera a ver quién llega a invertir en minas y a dañar el paisaje, a contaminar las aguas con cianuro y mercurio, a desplazar a los pobladores después de engañarlos con espejos y promesas.

No hubo presupuesto grande para tecnificar a los agricultores, no hubo ayuda de la banca para que reemplazaran el arado, los bueyes, las palanganas para escoger el café, los azadones con sus pantalones y sombrero por tractores, máquinas recolectoras y viviendas dignas como los granjeros de Europa o Norteamérica hacen su trabajo de overol, sombrero alón y desde su oficina de ventas sin intermediarios avaros. Nos quedamos con la tecnología de la Edad Media.

El café sí es rentable, lo están demostrando otros países en desarrollo que han fortalecido su fuerza laboral. No es flexibilizando los salarios y bajando el mínimo, poniendo al trabajador a vivir del barro y las migajas que se mejorará la economía y la calidad de vida de quienes producen riqueza del suelo sin dañarlo. Como sí se realiza con los mineros irresponsables a quienes se les condonan las regalías y se les adjudican concesiones millonarias para que se lleven nuestros recursos a costa de nuestro malestar.

Aún hay millones de socas sembradas, aún hay campesinos con su familia que aman su parcela y sueñan con que el café les servirá para su vejez y el porvenir de sus hijos. Aún el gobierno está a tiempo para inyectar dinero del erario, no de a puchos y forzado, sino propiciando la capacitación, el uso de tecnologías apropiadas, estimulando y dignificando la vida en el campo.

El remedio no es, como lo sugiere desde Fedesarrollo Caballero Argáez, que se abandone el cultivo del café y se bajen los salarios. Esa es una doctrina canibalesca heredada de la escuela reduccionista malthusiana. Que si la población aumenta, habrá que cortar cabezas por lo bajo para que los de arriba vivan. En resumen, dice Caballero que la culpa es del trabajador y no del Gobierno.

En ElTiempo.com.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.