Edición 352

La Semana Santa no es tan santa

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Nuestra idiosincrasia tiene características que muchas veces desfiguran los significados de las expresiones que se dicen. Puede ser una figura literaria hacerlo. Decir algo pero entendiendo otra cosa. Algo parecido a la ironía. Y el mundo sigue igual...

La Semana Santa no es tan santaLa semana no es semana en semana santa, en primer lugar. Contemos, entonces, desde el lunes hasta el domingo. Son los siete días. No contemos al domingo de ramos que, entre otras cosas, ha sido origen para montar los protocolos en los Óscares, las tomas de posesión de presidentes, de los premios Nobel. Con aquello de la alfombra roja, para que nadie se tropiece con una piedra ni moje sus pies a causa de la lluvia o se ensucie los zapatos por el barro. Y, claro, los vivas, las flores a lado y lado y las palmas, o sea, los aplausos.

El lunes es un día común y corriente No es feriado, en toda empresa por muy católicos que sean sus dueños, habrá trabajo normal y, además, mal pago como todos los demás. El martes, "pues es el día siguiente", igual al anterior. Nada de santificado. Tal vez ni las tatarabuelas ni las abuelas van a misa, menos los jefes conservadores y del Opus. No hay programación especial en la parroquia ni en el mercado de tienda.

El miércoles, por muy cerquita que esté del jueves, tampoco hay nada de nada. Ni siquiera hay lugar para un descanso o para hacer la primera estación del viacrucis. Todo es muy pagano. Ah, y ya que menciono esta palabreja, nosotros, los locombianos, no somos muy paganos, o sea descreídos. No. Somos muy creyentes. No se sabe de qué pero así se dice a todo pulmón. Y hasta se ha invitado al nuevo papa. Porque somos latinos, folclóricos, creyentes y todo eso.

Llegó, pues, el jueves. Cesa el trabajo en la gran industria colombiana, en las minas multinacionales, en la ganadería. Pero solo en la tarde, comienza la gran liturgia en los templos con la Última Cena. Con gran pompa y humildad los curas, que no lo son tanto, por única vez al año, se declaran humildes y besan un dedito del pie a doce hombres. Pero no se comparte ni el pan ni el vino ni se lleva comida a los pobres a los barrios marginados.

El viernes es la conmemoración del gran sacrificio. Suben los oratores sagrados al púlpito a elevar sus ojos y su voz por las injusticias, la riqueza exorbitante de los demás y la vida licenciosa de los otros. Y en pueblos y ciudades se hace la procesión de Cristo en la Cruz, lleno de tinta roja, que más parece una manifestación del kukluxklán. Gente que casi nunca va a misa, allí va por única vez al año.

El sábado ya baja el tono de la celebración cristiana. Porque está dedicado a María, mujer dolorida y abandonada por la muerte de su hijo, injustamente, como cualquier soldado, hecho un héroe.

Llega el domingo de resurrección y se acaba la gran semana de vacaciones y de alta temporada. Se llenan los hoteles, los aviones y las playas más que las iglesias. Se acaba la rezadera, se guardan las camándulas y hasta el próximo año con la misma pantomima.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.