Edición 353

Matri-monio o deberes de la madre

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Occidente tuvo como madre a Grecia en su modo de pensar, de fabular sobre guerras y dioses, de hilar las ideas, de argumentar. Y Roma fue el padre organizador, fundador de ciudades con acueductos, avasallador con estandartes y legiones de soldadescas a empellones con escudos.

Grecia nos legó en Homero, Safo y los trágicos el poder subir hasta el Olimpo, ir a los foros a convencer, acudir a los estadios a corear a los campeones, competir en los deportes y a coronar a los poetas que cantaban las victorias de su pueblo. De Roma heredamos las calles empedradas, los puentes, las cuadras, el cultivo de la tierra y el amor por las armas. Y, sobre todo, con Cicerón, la oratoria y con sus magistrados, el derecho y el concepto de familia.

La mujer en Grecia jamás fue tenida en cuenta para la vida de la ciudad. Eran un objeto más de la casa. Hubo vírgenes consagradas a los dioses en los templos y diosas que protegían el hogar. Hubo hechiceras y sibilas que desde su intimidad se hicieron célebres. Pero en la política y el gobierno de la ciudad siempre fue ignorada.

En Roma las cosas no fueron más gratas. Era el hombre quien llegaba al senado, quien era emperador, el que llegaba a la magistratura, no hubo mujeres guerreras. La vida política siempre estuvo vetada para ellas. Y en la vida de la casa, que luego se llamó familia, era el hombre quien detentaba todos los derechos. Era el pater familiae. Él era el único señor y dueño. La mujer era una fámula más, una esclava y patrimonio del dominus, del Pater y émulo de Júpiter.

La palabra matri-monio llegó después, avalada por la naciente religión cristiana. Pero, en el fondo, continuó la tradición jurídica del pueblo romano. La mujer era una propiedad más del pater familiae y no tenía derechos sobre los bienes. Los bienes de la familia eran la mujer o esposa, la casa, los muebles, los terrenos y los fámulos o criados. Y así fue hasta la Edad Media y así es – casi sin una verdadera transformación real - hasta el presente.

Ahora la iglesia y los conservadores pretenden defender unilateralmente la unión de un hombre y una mujer para constituir una familia, llamando a esa pareja matrimonio. Sin embargo, esa palabra en el derecho romano solo afirmaba el papel oneroso de la mujer en el hogar. El oficio o deber, munus, de la madre, de la mujer – matri-munus - era cuidar la prole y hacer los oficios de la casa, sujeta a la autoridad del Pater familiae de quien era el patrimonio, en el sentido económico y social.

Esta concepción patriarcal, masculina, machista de la familia y su denominación y derechos quedó refrendada en los evangelios y en las epístolas, sobre todo en las carta del apóstol Paulo, que no fue Papa, pero sus doctrinas han quedado como camino y luz para hombres y mujeres.

En muchas naciones, sobre todo occidentales, la mujer ha ido consiguiendo emanciparse de este fuerte legado cultural de Grecia, Roma y de casi todas las religiones. La religión ha mantenido encerrada a la mujer y la ha convertido en un fetiche social y sexual. Solo sirve para reinados, para epopeyas y cuentos de hadas y hechiceras y para servir al hombre en el hogar y la cama.

Ese es el gran fondo de la discusión en el presente. Buscar que la mujer sea la única compañera como pareja, que sabe cuidar los hijos y lavar pañales y darle gusto al Dominus, cumpliendo su voluntad de dueño en todos sus menesteres.

Guste o no guste, pese a una multitud de hombres, el concepto de cultura se ha ampliado y en él caben diferencias, derechos, actitudes, experiencias que en el pasado jamás se tuvieron en cuenta. Los defensores del matri-monio como institución romana y religiosa, saben muy bien la mentira que se esconde tras esta palabra.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.