Edición 353

Recuperar la memoria no es “mamertería”

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El proceso de recuperación histórica y que se volvió una bandera política del actual gobierno de Néstor Kirchner en Argentina, y más ahora que vienen las presidenciales el mes entrante, sigue vigente.

Luego de las revisiones y aboliciones de las leyes de obediencia debida y punto final, con la que los criminales de la dictadura se paseaban por las calles de las ciudades argentinas como si nada hubiese sucedido, esta semana volvió a descorrerse el velo, y esta sociedad, otra vez se vio enfrentada a un espejo, que a veces, no quisiera ver.

Esta semana se anunció que el centro de torturas emblema de la dictadura de Galtieri, Videla y compañía, la Escuela de Mecánica de la Armada, será reabierta en octubre, pero como un monumento conmemorativo de los derechos humanos en América Latina.

Ahora, la escuela, transformada en museo de la memoria contará con guías especializados que harán recorridos donde mostrarán los escenarios utilizados por los militares para adelantar torturas durante siete años contra los militantes de izquierda y quienes se opusieran al régimen.

Pero a pesar de creer que se verán las camas donde la “picana” era la tortura favorita (choques eléctricos en los genitales), y que podría caerse en el morbo, será todo lo contrario: los salones estarán completamente vacíos, con algunos letreros sobrios que recuerdan los hechos: nada más. Es como si en un futuro próximo, en Colombia hiciésemos un museo con las motosierras de los hoy “doctores” paramilitares, o las cadenas del secuestro de los “humanistas” guerrilleros.

Pero volviendo a la ESMA, aquí en Buenos Aires, y ubicada en uno de los barrios tradicionales de la ciudad, como el de Núñez, en la Avenida Libertador y a pocas cuadras de distancia del estadio de River Plate, siempre generó inquietudes e interrogantes, aún no resueltos del todo.

“La historia habla por sí sola. No lo queremos convertir en una casa de horrores, un museo de cera. Quiero decir,  fue una casa de horrores, pero ahora debería ser un lugar de reflexión," dijo Víctor Basterra, de 62 años, el hombre que más tiempo estuvo detenido en la ESMA, en una crónica escrita por la periodista Fiona Ortiz.

Afirma la periodista que Basterra fue uno de los 200 sobrevivientes conocidos de un estimado de 5.000 prisioneros que estuvieron detenidos allí. Una gran parte fue sedada y arrojada inconsciente desde aviones al Río de la Plata, en los denominados “vuelos de la muerte”.

Es un ejercicio de recuperar la memoria, y mucho más aquí, en Buenos Aires, que tiene prácticamente un museo en cada localidad.

Un ejercicio que ayude a las nuevas generaciones de jóvenes, en situación equiparable a la colombiana a recuperar un pedazo de esa historia que para ellos parecen de ciencia ficción u ocurridas hace 5 mil años, pero que sucedieron hace 30.  Incluso, Andrés Centrone, guía del nuevo museo afirmó que “muchos detalles de las operaciones en la prisión siguen siendo desconocidos ya que los militares mantuvieron casi un silencio total, inclusive durante los juicios sobre violaciones a los derechos humanos”.

“Por ejemplo, cuando una comisión internacional de derechos humanos llegó al país en 1979 para investigar, los prisioneros fueron trasladados, se quitó la escalera que llevaba al sótano y se cubrió el hueco. La idea era desacreditar los testimonios de ex prisioneros, que dijeron que fueron vendados y llevados al sótano por las escaleras y que recordaban el ruido de cadenas de los grilletes que llevaban en sus tobillos. Mientras los prisioneros se encontraban detenidos en las buhardillas del edificio, algunos por horas, otros por años, los oficiales vivían, comían y estudiaban en pisos inferiores”, señaló.

Un ejercicio que no es un simple acto de “mamertería”, como se endilga y de manera peyorativa, por quienes, en nuestro medio, el colombiano, quieren seguir tapando todo lo sucedido y desconociendo esa violencia que nos persigue como sombra.

Es un ejercicio, que se comenzó a hacer con los paramilitares, pero con el sebo de que si confesaban, la “palmadita” en la espalda, o “el nalgazo” de su práctica absolución, serían con plumas y no con hierro. Y qué sorpresa tan desagradable el constatar que caminamos bajo cadáveres, con las 10 mil fosas que autoridades como la Fiscalía reconoce exhuma y adelanta las labores necrológicas.

Un ejercicio que se extendió con la toma y retoma del Palacio de Justicia y la muerte y desaparición de juristas y ciudadanos, respectivamente. Una tarea que debería extenderse hasta la culpable, como todas, de nuestra violencia reciente, como fue el crimen de Jorge Eliécer Gaitán, y la violencia política, guerra civil con 300 mil muertos no reconocidos, y que personajes, como Eduardo Pizarro Leóngómez, contra quien los paramilitares atentaron, y hoy trabajando para el Gobierno en el proceso de  reparación de sus víctimas, cada vez que puede le pone fechas al conflicto a partir de 1964, con el surgimiento de las FARC, como si ellos fueran los inventores del mal, y no una de sus consecuencias.

Y así como decían los nazis, “calumniad, calumniad, que de eso algo queda”, parafraseando y a lo colombiano, nos quieren decir “tapad, tapad, que de eso nadie se acordará”. Triste historia.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.