Edición 374

Verdades sobre el empleo en Colombia

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El empleo es un indicador de la fuerza de la productividad en todos los sectores de la economía en un país. Es un fenómeno que responde a varios factores como a la salud del comercio, la industria, la construcción y, por supuesto, del juego de las importaciones y exportaciones en el país. Y, claro, debería ser un subproducto de la actividad bancaria, de las inversiones vernáculas y del panorama de lo que ocurre en el sector agrario, de manufacturas y minería.

Verdades sobre el empleo en ColombiaEn Caracol hablo el director de Fedesarrollo, Leonardo Villar Gómez. Mostraba su extrañeza por el bajísimo índice del renglón empleo en Colombia. Apenas señala un aumento de 50.000 empleos en el último año. Dato escandaloso que se estaba escamoteando mes a mes y año a año a la opinión pública.*

¿Cuántos niños nacen al año, cuántos profesionales se gradúan cada semestre en las universidades, cuántos tecnólogos bota el Sena cada fin de módulos al mercado laboral? El Dane nos lo ha estado disfrazando. Y el Gobierno lo sabe y calla, o sea, que deja hacer a lo que se llamaba el sector privado. Se desobligó a impulsar el empleo formal y legal.

La ciudadanía contempla la desocupación de sus hijos a quienes educa a altos costos en una sociedad en la que deberá desenvolverse y buscar su realización social y humana. Ellos deberán encontrar frentes de trabajo según su disposición y aspiraciones. Irán a tocar puertas a industrias o fábricas nacionales o extranjeras, almacenes de cadena, restaurantes, bancos, oficinas particulares o a ocuparse en labores artesanales o de construcción en infraestructura vial o vivienda.

Lo anterior es un decir. Para nada se menciona la palabra empresario o capitalista. Porque en Colombia esa realidad no existe ya. Los dueños del capital han depositado sus responsabilidades en Cooperativas de trabajo o bolsas de empleo. Ellas se han constituido en grandes pulpos que concentran el enganche de trabajadores en las instalaciones que conservan su antiguo logo ante el público. Aparece en la fachada, pero sus dueños han cedido sus responsabilidades ante el Estado a estas nuevas formas de explotación y ganancia. Ponen el esfuerzo e ingenio del trabajador en manos y a cargo de quienes manejan las relaciones laborales. El Estado lo ha permitido y validado.

No hay una recompensa para tanta espera de años para vincularse a lo que se llama el sector productivo, que le diga al joven que sus conocimientos y habilidades van a ser reconocidos. Será reclutado dentro de una montonera temporal por una cooperativa que solo llena un espacio, liquida y vigila unas condiciones de desempeño. No le interesa la producción e ignora la calificación científica o técnica del enganchado.

De nada ha servido que el Gobierno y el Congreso pregonen la flexibilidad laboral, haberle ahorrado el pago de horas extras y ahora lo ha liberado de las cargas parafiscales. Para nada ha mejorado el empleo. El programa empleo joven ha quedado en mero enunciado.

La industria nacional es un rezago de la floreciente época de comienzos del siglo pasado. Coltejer, Fabricato, Cementos del Valle, Carvajal, Manuelita, Paz de Río, se quedaron como insignias de lo que es nuestra Industria, con mayúscula. Pero Colombia no ha ingresado a la gran industria metalmecánica, a la robótica, a la tecnología de punta, a la producción de maquinaria y partes de automotores, de aviones, o productos alimenticios a gran escala. No hay inversionistas criollos sino para producir gaseosas, helados y pan. Las exportaciones lo están certificando. Allí solo aparece el carbón, el petróleo, el oro y, pare de contar.*

¿En dónde está el crecimiento de nuestra industria? Es la pregunta clave para el Gobierno y nuestros capitalistas criollos. Es la piedra de toque para los índices de empleo. No todo el mundo nació para hacer artesanías o para vender fósforos y chicles en la calle, ni para echar pala o clavar puntillas en una construcción o para servir de peones con casco en una mina de carbón.

Información e imágenes: El Timepo, El Espectador, Confidencial Colombia

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.