Edición 365

Por una basuraaa…

PDFImprimirCorreo electrónico

Hasta aquí hemos llegado en Locombia en la política. No se ventilan en su preciso instante las cosas, no se pone el hombro para ayudar a gobernar, sino que se espera a que el otro deje caer unas pajas sobre la alfombra para que los que banquetean y mangonean por otro lado, vengan a opinar luego, con el criterio de "quítenme de allá esas pajas".

He ahí el problema. Ser cuestionado por algo mínimo, por el mal aspecto, por la falta de estética o, por si las moscas. Parece que estuviéramos hablando no de un gobierno en una ciudad de la importancia de una república, sino de la limpieza de una galería de arte.

Alberto Manguel en su libro Lecturas sobre la lectura recuerda que Borges, ese gran viajero y descubridor de palabras, dijo un día que la política era "la más vil de todas las actividades humanas". Pero la política se vuelve más grosera cuando se intenta mezclar con la justicia, diosa vengadora, y a la vez, purificadora.

El exguerrillero Gustavo Petro en la Bogotá, nido eterno de infundios, esquinas y avenidas sucias, como la calle 6 y el sufrido sector de Los Mártires frente a una Escuela de Policía y del templo Votivo Nacional, por más señas, llegó legítimamente al Palacio de los Liévanos, Santamarías y otros exilustres.

Su antecesor, Samuel Moreno, terminó en esa infinita cadena de negocios políticos con los Nule y los que van apareciendo, que habían convertido la Alcaldía en una camarilla nefanda. Y nadie nunca dijo nada. Allí todo parecía una urna de cristal, transparente y sacrosanto monumento a la partija. Todos llegaban y comían y todo era bendito. Nunca un contralor ni un procurador tuvieron un reproche qué hacer. Las manos que allí urdían coimas jamás fueron llamadas a meterlas en el fuego de la verdad.

Pero el pasado no perdona. Sobre todo si Petro, campeón de la palabra descarnada, que no se pone colorado como un gallo, eleva su pico para cantar su canción del triunfo sobre la corrupción y obra según se lo pide su ideología, de corte más que liberal. Él no ha pedido permiso a la oligarquía. Se ha apartado de otorgar aposentos a cada facción para que callen y repartan los festines que allí se cocinaban. Esa maleva costumbre se truncó y... eso es malo. Y eso no se perdona. Y hay quien reivindica esas sanas costumbres. Hay que limpiar la alcaldía, dice.

Que Petro se ha comportado a veces como un inexperto tecnócrata, que ha llamado a personas que no han cerrado las puertas a los vientos de sirena y que malinterpretaron su estilo, es cierto. Que Petro es un innovador, alguien que no conserva lo antiguo por maloliente e inservible, y que lo retira por ser símbolo de continuidad y complicidad, es cierto. Eso le ha ocasionado vituperios y lo ha puesto en la picota y boca de los amigos de sus opositores.

Gustavo Petro dejará a Bogotá diferente a como la encontró. El Palacio que ocupa lucirá vacío de las camarillas que se quedaron sin botín burocrático. Ha preferido esta rara comodidad y que lo tachen de improvisador. No se trata de seguir por las mismas sendas que un pintor soñó llenas de flores y muchachas bonitas. Prefiere su camino con espinas.

Por una cabezaaa, cantó Gardel e inmortalizó un tango. Por el esquema de una presunta basura que no recogía un basuriego sino una camarilla, Petro está en junio en el ojo del huracanado Procurador.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.