Edición 371

El tamaño de un pensamiento

PDFImprimirCorreo electrónico

Si queredes saber quién fizo esti dictado,

Gonçalvo de Berceo es por nombre clamado,

natural de Madrid, en San Millán criado,

del abad Juan Sánchez notario por nombrado.

Me he acordado otra vez de mi padre. Esta vez porque Manguel me lo trajo a revivir por unas palabras de Quintiliano, famoso tratadista de oratoria nacido en Calahorra, España y que desarrolló su vida en Roma.

Dice Manguel, - al hablar de cómo hace el escritor para limitar el espacio de una oración o pensamiento hablado -, que aquel profesor que admiraba a Cicerón, enseñaba que un pensamiento debía ser tan extenso como lo pudiera pronunciar de un solo aliento. Así me lo enseñó mi padre. Desde la mayúscula que inicia la frase hasta el punto que la da por terminada, debía quedar expresado un pensamiento completo. El orador o hablante o el escritor debían cumplir esa fácil regla.

Qué bien. Hasta donde le alcance a uno la respiración cuando habla con alguien o lee. Así debiera ser la longitud de una oración o período léxico que exprese un pensamiento autónomo. Es como si uno dijera que uno no debe ni puede llevar a la boca un alimento que no quepa en ella y que no pueda masticar y deglutir. Nada más sencillo de entender. De lo contrario, alguien se va a atorar, a toser y, de pronto, le tocará devolver para des-en-atragantarse.

Azorín y Leopoldo Alas, Clarín, 1900 años después recomendarían y practicarían el estilo cortado o periodístico. Con párrafos rápidos, ágiles, fáciles de leer y con lenguaje familiar, sin rebuscamientos habríase de construir un texto.

Siempre me he extrañado de esos cantos épicos enormes que son La Odisea y La Ilíada. Con qué emoción los recitarían los aedas, con qué garbo y pulcritud. Cómo los saborearían, los mimarían para que no se perdiera ni a una letra ni acento de esos hexámetros. Creo que la expresión "de largo aliento" nació para referirse a esta clase de composiciones. Solo quien habla el idioma y tiene la garganta aceitada sabe medir y dosificar el aire que tiene en sus pulmones y sube por su nariz. Irían las palabras meciéndose como la nave en que viajaba Ulises en el largo viaje.

En nuestros poemas en el idioma latino la palabra se ha hecho más dúctil y se ha adaptado a un ritmo más ligero. En el Mío Cid, en los versos de Manrique, de Berceo, de Teresa de Jesús las palabras se elevan como nubes, como en-amor-adas y como danzando un vals o entonando un salmo ante un dios. La palabra nunca se ha visto tan bien tratada y pronunciada como en estos versos o en los de Petrarca o del divino Dante.

Emily Dickinson, en su lenguaje fundacional de la poesía norteamericana construyó con sencillez en su lira fina este Ensueño - versión de Carlos López Narváez -: Para fugarnos de la tierra/ un libro es el mejor bajel/ y se viaja mejor en el poema/ que en el más brioso y rápido corcel./ Aún el más pobre puede hacerlo/ nada por ello ha de pagar/ el alma en el transporte de su sueño/ se nutre solo de silencio y paz./

El poeta parece que nació con el oído perfumado, capaz de percibir la presencia de una flor, de una abeja, de un ángel, un hada, o el rumor del riachuelo o la tromba de la catarata o la ventisca. Y vierten en pequeñas ráfagas felices o tremebundas imágenes y sensaciones, como lo hizo Vallejo un jueves de aguacero.

En Patria y Humanidad.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.