Edición 371

Llamemos a los fenómenos como son

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Antes de hablar de granizo y viento, hoy iniciamos una nueva serie en El Buque de Papel: “Periodistas y periodismo”. De la vieja guardia, de revistas, televisión, prensa, radio, comunicadores y veteranos en el “oficio” nos contarán sus impresiones, historias y formas de encarar la profesión, sus desavenencias, sus triunfos y derrotas, aquí en Argentina, y en los lugares donde expusieron la vida, como en Afganistán o en Irak. Hoy comenzamos con Gustavo Sierra y su visión sobre el Che Guevara, a 40 años de su asesinato en Bolivia.

Llamar “hecatombe” a dos fenómenos naturales, y por tanto previsibles y dables, es un exabrupto. Lo sucedido esta última semana en Bogotá, con la histórica granizada que en 50 minutos hizo colapsar a la ciudad y por poco le cuesta la vida a decenas de personas en los puentes de la Calle 26, en pleno centro, y un “minitornado” que a fuerza de viento destruyó tres locales comerciales de autos, son dos hechos -sin duda- para pensar y constatar lo loco que se volvió el clima.

Es cierto que nunca en la ciudad, y lo decimos quienes nacimos, nos criamos, crecimos y vivimos allí desde hace 35 años, y lo que contaban papás y abuelos, cayó tanto granizo y agua junta que provocara la inundación y prácticamente congelamiento con 50 toneladas de hielo de un paso tan importante como el de los históricos puentes de la Calle 26. Unas estructuras históricas construidas durante la dictadura de Rojas Pinilla en los 50, fueron muy debatidas en su época, porque borraron la mitad del parque Centenario, sitio de descanso dominical de los bogotanos y pulmón verde. Pero trajeron desarrollo y comunicación a toda la ciudad. Hoy, son otra cosa: guarida de ladrones y de indigentes, y por lo pequeños, causa de embotellamientos bestiales.

Ahora, ver las fotografías profesionales y a punta de celular de vehículos enterrados bajo esa gruesa capa de hielo, hace temblar y no precisamente de frío.

El clima cambió y no es embuste, como sostienen algunos expertos estadounidenses y europeos para lavarse las manos y de paso las de sus países, responsables enormes del calentamiento global, que provoca esto y mucho más. Recordemos los tornados de este año en Estados Unidos, que arrasaron y mataron a decenas en Georgia. Los huracanes son cada vez más rápidos y violentos y la escala de medición Saffir-Simpson se quedó corta. Alguna voz registró que Katrina, el huracán que sumergió a Nueva Orleans bajo las aguas del Mississippi y del Golfo de México, tenía vientos superiores a los 500 kilómetros por hora. (En la escala el nivel 5 llega a más de 300 kilómetros; un auto Fórmula Uno en plena recta destruyendo todo a su paso. Imaginen uno a 500 kilómetros) Pues no en vano, nuestros indígenas caribes, en su hermosa lengua llamaban a los huracanes, “Urakan”, o el “dedo de Dios”.

Ahora, y ver a través de la televisión, las imágenes grabadas por teléfono celular de un fenómeno natural que levantaba tejados, rompía vidrios y destrozaba tres concesionarios de autos en Bogotá, también nos dejó mudos a muchos.

Y lo podemos llamar así apelando a la ciencia: lo de Bogotá fue un tornado, o un  “minitornado”, porque no fue tan grande como los de los gringos. Señores: y a pesar que los noticieros televisivos se cansen en llamarlo “vendaval”, lo que vimos atónitos era un tornado o ciclón, en el sentido total de la palabra.

Dicen los expertos en meteorología,  incluso del IDEAM, en Bogotá, que un tornado, un ciclón, un huracán, un tifón, salvo contadas diferencias en cuanto a sus velocidades de desplazamiento, y escenarios de gestación, nacen de un choque entre dos corrientes, una de aire frío y otra de aire caliente. Ese choque que se produce en la atmósfera hace que los vientos empiecen a rotar o a girar en forma cliclónica. Ahora, si se forma en el mar, en el Caribe, por la historia y de nuestros indígenas, es un huracán. Si se da en aguas del Pacífico, por las corrientes se llama tifón. Si se registra en tierra es un tornado. Claro, los de Texas y Georgia tienen uno o más kilómetros de ancho, verdaderos monstruos de destrucción y muerte, porque a pesar de no ser tan veloces como los huracanes (el desplazamiento en el agua es más fácil que en tierra. Física de 5) lo que mata son los escombros y lo errático de sus rumbos.

Si revisamos las imágenes de los noticieros colombianos, y en congelado, se alcanza a ver la figura del cono, que es el cuerpo de cualquier fenómeno de estos, un tanto delgado, pero con la fuerza suficiente para arrasar con tejas y vidrios y estructuras. Produjo daños totales de 22 mil millones de pesos, según los peritos y las aseguradoras. Los testigos, los trabajadores de los concesionarios tuvieron que resguardarse detrás y debajo de los autos ¡Grave error! En un tornado o en un terremoto, esto es lo que mata. Objetos más pesados pueden caer encima del auto y aplastar lo que haya debajo, afirman los expertos.

Y lo peor del cuento, es que en febrero de este año hubo otro “minitornado” en Bogotá que sí produjo la muerte de un niño de 5 años y lesiones permanentes a una nena de 3 años. ¿Se les olvidó el que también llamaron “vendaval” de Timiza, al sur de la ciudad?

Un domingo, los padres de familia y varios niños y niñas estaban alrededor de un “saltarín”, una estructura plástica inflada con aire y en forma de castillo para que los pequeños jueguen saltando y rebotando. De repente se alza una fuerte “ventisca” con tanta fuerza que los padres asustados, 10 adultos, intentan detenerla cuando empieza a elevarse por los aires con unos 10 pequeños en su interior. Todos, padres y niños vuelan casi a 5 metros de altura y caen metros más allá en las calles aledañas al parque. El resultado, un niño muerto por los golpes y la nena perdió un riñón, el bazo, y casi la vida, pero se pudo salvar. De inmediato los reclamos obvios al dueño del juego y a la administración distrital. Pero uno de los padres, gracias a un celular le toma una foto al “vendaval”, como lo presentó el mismo periodista del mismo noticiero de TV, y ¡oh sorpresa!, se ve el cono y la forma del minitornado avanzando hacia ellos, sin que se pudiera hacer nada.

Y recordamos todo esto, no para llorar como hace todo el mundo hoy, en actitudes fariseas de: “salvemos al planeta”, “cambia tu actitud y cuídalo que se acaba”. No. Lo recordamos para llamar a las cosas como son, para caer en cuenta que el cambio climático es real y los gobiernos, como los científicos y periodistas deben llamar a las cosas por su nombre, y cambiar escalas y formas de medición. Pero cambiar la mente de un científico, y de un gobierno, como de un país mojigato es igual a hacer volar a un elefante por sus propios medios.  Lo de Bogotá fue algo extraordinario para pensar y reflexionar, y no seguir tomándolo a lo festivo, o a lo apocalíptico, o de “hecatombe” sin siquiera saber el significado de esta palabra. Es mejor prepararse como sociedad para ese y otros fenómenos que seguramente ocurrirán, como vendavales, inundaciones, tornados. Y nuestro nuevo alcalde de Bogotá, Samuel Moreno, y sus autoridades ambientales ¿ya pensaron algo de esto?

El Che

Se conmemoran 40 años de la muerte en Bolivia de uno de los personajes del siglo 20: Ernesto Guevara de la Serna, el Che Guevara. Hoy, su símbolo que se usa en camisetas o remeras y objetos pop, hasta en China, marcó un continente en los años 60 con su labor, compromiso social, y su historia en armas.  Para hablar del Che conversamos con el periodista argentino Gustavo Sierra, autor de un trabajo especial de conmemoración y que publicó el diario Clarín.com. Un trabajo que combinó escritura, fotografía y video, formas del periodismo que se hace hoy, y que responde a las nuevas tecnologías, pero también a la integración y ahorro de salarios y de empleos para los grandes medios o monopolios de la información. Iniciamos esta nueva serie en El Buque de Papel, y cada semana, hasta mediados de diciembre tendremos los planteamientos de estos periodistas en su forma de encarar y hacer día a día “este oficio”.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.