Edición 375

No más muertes en las calles

PDFImprimirCorreo electrónico

Regresaba a casa luego de una cita odontológica, cuando en la carrera 82, con avenida del ferrocarril, al occidente de la ciudad, en el barrio Modelia, me encontré a bocajarro con la muerte.

Una muerte enseñoreada y aparatosa como todas las de los accidentes de tránsito: un Renault rojo, Logan, incrustado contra el lateral de una buseta que recogía pasajeros en el paradero, que todos los sábado hace parte del minimercadito que se aloja sobre las vías del tren desde hace 10 o más años. Promediaban las 9 de la mañana, cuando un joven -dicen que de 28 años aunque aparentaba menos- pasaba la calle.

Las cámaras de seguridad de la panadería y carnicería que El Espectador consiguió para subir como la gran noticia, muestra una ráfaga roja que lo levanta por los aires y luego se incrusta contra la buseta.

De inmediato el conductor, otro joven, totalmente drogado y borracho, en compañía de otros 4 ocupantes, incluyendo –dicen las informaciones- su padre, también ebrio, intentaron darse a la fuga. La gente del mercado reaccionó y por poco los linchan. Resultado: drogas y alcohol en el auto y un nuevo muerto, una vida de un joven que se pierde por asesinos al volante. De nuevo otra familia en luto por culpa de unos congresistas indolentes y canallas -y ahora el gremio de aseguradores como el tal Fasecolda- que han hundido dos veces un proyecto de ley que busca dar cárcel y tratar a este tema como debe ser: homicidio con dolo. Porque no hay atenuante o justificación para alguien que borracho conduce a toda velocidad y mata a un simple transeúnte o pasajeros de carro o bus. Dos veces han hundido el proyecto porque son frecuentes los casos de congresistas borrachos estrellándose o negándose a ser registrados o detenidos por las autoridades, como el senador Eduardo Carlos Merlano. Congresistas fariseos, de doble moral: diciendo que trabajan por el país pero negando algo que las familias de las víctimas de los borrachos al volante reclaman a gritos: justicia. Y la sociedad también tiene mucho para responder: voltea la cara y como siempre si no me pasa a mí, para qué protesto, reacciono o rechazo. No hay valores que enseñar a los hijos pequeños, porque los acabaron e invirtieron los relativos, aquella escoria que se cuela en las filas o en el Transmilenio, que se adelanta en carretera por la berma, aquella basura que se dice colombiana, pero que no tiene nacionalidad de nada, que replica los chistes flojos del "deje así", "colombiano no pierde, la empata", "generación de la guayaba" y otras banalidades que son tonterías para adormecer a un pueblo que se precia de ser culto, y no es más que una merza de ignorantes.

Sólo un saludo a la familia del joven muerto, que vivía frente a mi conjunto residencial. ¿Y los que lo mataron? Saldrán libres o con casa por cárcel, como el asesino del Audi, el que mató a dos jóvenes abogadas que iban a bordo de un taxi.

Colilla: este minicomentario parte de la famosa "coletilla", que era el mensaje final de la columna El Hombre de la Calle, del inigualable José Salgar, veterano periodista que partió a reunirse con los viejos cronistas de la competencia, como Germán Pinzón o Ulises, entre otros. La colilla del cigarrillo que se apaga es para recordar a don José cuando en una de las primeras entrevistas profesionales que hice, recomendó no tragar entero y conservar siempre el asombro, cualidades que también legó a García Márquez, su pupilo en el periódico de los Cano.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.