Edición 353

Los tifones de Filipinas: el comienzo

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No quiero fungir como profeta de desastres ni como predicador de iglesia en tiempo de adviento. Lo que ocurrió en Filipinas no es un suceso aislado. Es un fenómeno natural que lo pueden anunciar con anticipación los meteorólogos y en Salas de Convenciones. No es un castigo sobrenatural por los pecados del frágil ser humano. No. Es una consecuencia del abuso de la Naturaleza y ella se resiente mediante estas manifestaciones.

Los tsunamis de Japón, las inundaciones pasadas en China, México, Argentina, Colombia, Estados Unidos, Perú, Brasil, Bolivia, son apenas el comienzo de un cataclismo global cada vez más cercano si no se frenan los despojos a que se está sometiendo la tierra en numerosas partes del Planeta.

Ha habido Cumbres sobre el Calentamiento Global en varias sedes, como Canadá, Durbán, Río de Janeiro, Colombia y ninguna solución aparece. Todo ha quedado en declaraciones, retiros del protocolo de Kioto y, bla, bla. Las compañías mineras, petroleras, explotadoras de carbón y madera, los ensayos nucleares, las fabricantes de hidróxido de carbono con sus gases, todos, han sembrado de erosión y sequía al universo. La fiebre de la ganancia, de horadar el seno de la tierra para extraerle la riqueza ha causado gran desequilibrio y perturbaciones en páramos, nevados, volcanes y mares.

No solo los estudiosos en los observatorios y las proyecciones satelitales nos han alertado sobre los cambios profundos que se están produciendo en las aguas del mar, en la velocidad del viento, en la descongelación de la reserva polar y deshielos en Groenlandia, Tierra del Fuego y nevados de todo el mundo.

Volcanes se han despertado del sueño que por siglos los tuvieron quietos. Ríos se han volcado por lluvias súbitas que reclamaron los lechos madres que se han desviado y represado para desplazarlo, junto a sus pobladores naturales. Han desaparecido especies silvestres de plantas, árboles centenarios, aves, peces, animales rastreros y otras están en peligro de extinción.

El mar se ha calentado y busca expansión sobre islotes, islas y continentes enteros. No se ha escapado la populosa China. Ya hace unos años en Tumaco, Colombia, desaparecieron playas y edificaciones. Varios sitios de la Costa Pacífica corren peligro si no se detiene la fiebre extranjera que explota oro y saca planchones repletos de madera por el río Atrato y afluentes. Lo mismo ocurre en la zona amazónica de Vaupés, Vichada y Caquetá. ¿Quién nos defenderá de estos depredadores que se llevan nuestra riqueza sin que valgan las denuncias de la prensa y sus pobres gentes?

¿Qué nos pasa en el Huila, en el Valle, en Córdoba, en la Costa Caribe con los tornados que antes no tumbaban techos ni paredes? ¿Qué más nos pasará en La Golosa, en El Quimbo, en Betania, en Guatapé, en Calarcá, en Isagén, en el Macizo Colombiano, en Nariño y en otros miles de lugares en donde el Gobierno ha concedido licencias, sin ningún reato? ¿Qué nos pasa con los aprovechamientos forestales que en Chocó, Putumayo, el Valle, Risaralda, Quindío y toda la Amazonía, están quedando calvas las selvas, esa reserva mundial de agua, humedad y producción de oxígeno?

Traer a cuento nuestras debilidades no es oportunismo ni contribuir al pánico mundial. Es la realidad. No basta decir que en Colombia hay leyes y Agencias que controlan estos males. Se necesita mano fuerte y voluntad de acabar con la venta de nuestro patrimonio ecológico para alardear de que hay inversión extranjera y aumento de divisas en el PIB.

En: BBC, Vida sostenible, ABC, El Colombiano, Semana

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera clavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.