Edición 355

Cuando la sal se corrompe

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Solo esto faltaba. Que en el Ejecutivo, o sea en entidades oficiales de esta rama del Estado, que en la rama Judicial, como el Consejo Superior de la Judicatura, que en la Rama legislativa, o en las Alcaldías, Gobernaciones y sus dependencias haya penetrado el comején de la corrupción, ya hay multitud de casos y lo está lamentando la sociedad. Eso lo sabemos y lo tenemos en las noticias todos los días, como desayuno, sopa y seco.

Pero que la corrupción haya llegado al seno de la milicia que ha sido consentida desde el gobierno pasado con toda clase de preferencias, es inaudito. El prestigio de las fuerzas militares y de la policía está en juego. Que quienes tienen como misión hacer guardia al tesoro, se lo lleven en su morral y entre la cantimplora, nos tiene sorprendidos.

Se había ido formando un halo de santidad, de heroísmo, de inmaculado manto alrededor de nuestras tropas de soldados y policías que los teníamos como unos héroes, incapaces de cometer semejante tropelía.

Obvio que son seres humanos y se sienten atraídos por todo lo que huela a riqueza, a buen pago, a bienestar y facilidad en su trabajo. Es humano entender que a ellos les entra el diente del delito y que pueden ser presa de los botines que están llamados a guardar.

No puede ser que de la noche a la mañana pasen de héroes a villanos, de ser el baluarte y seguridad de la Patria, de la reserva de nuestro honor nacional a ser recluidos en las cárceles como otros capos y delincuentes.

¿En dónde quedan, entonces, los cantos de victoria, las gestas de operaciones en las que desmantelan organizaciones criminales? ¿En dónde quedan los herederos del Bárbula que salvan a la Patria con sus hechos nobles y de bizarría ante las dificultades?

Difícil es ver y oír por TV y por radio y leer en la prensa a hombres que visten la gorra militar y que han subido con honores a cargos y prenden de insignias su pecho y charreteras que ahora sean señalados de obrar encubiertos por encima de la ley.

Es cierto que las circunstancias sociales colaboran a que ciertos hombres y mujeres sientan deseos de transgredir la ley y las buenas costumbres. No han pasado por la escuela, por la Universidad y la vida no los ha escogido para ejercer puestos de mando. La pobreza, la discriminación, la falta de educación son caldo de cultivo para que nazca el delito en sus actos.

No es esta la situación de nuestros militares. Para ellos se apropian cada año billones y billones y otros gobiernos e instituciones les agrandan su presupuesto. No es esta la situación de comandantes y oficiales que han estado junto a la bandera y han seguido los pasos de Bolívar y Ricaurte. Eso es lo que sorprende.

Ahora han llegado las disculpas, después de que unos pocos medios han sacado a luz la punta del iceberg. Los señalados han hablado balbuciendo, como lo hace cualquier iniciado o acusado. Deberán explicar muy bien sus actos, porque de lo contario, la sociedad no tendrá seguridad jurídica ni seguridad ciudadana. Se echará por tierra toda una tradición militar y tantos años de confianza y victorias quedarán sepultados en la ignominia de unos altos jefes.

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Foto tomada de Semana.com