Edición 359

La educación en Macondo

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"Nunca llegaremos a ninguna parte.

Aquí nos hemos de podrir en vida sin recibir los beneficios de la ciencia."

José Arcadio Buendía a Úrsula, en Cien Años de Soledad.

Desde hace tiempo la ONU ha lanzado la queja de que en América Latina* la educación no tiene peso, no produce los resultados que la región y la globalización exigen.

Estoy re-leyendo Cien años de soledad. Apenas voy en la página 19 y ya García Márquez describe a la perfección y como radiografía en primeros planos, cómo era la vida en Macondo. Cambiaba alguito cada año cuando llegaba Melquiades, el gitano, a mostrar sus abalorios y descubrimientos. Entonces, José Arcadio Buendía, el hombre más ilustrado se los compraba para mejorar su status e ilusionarse con su progreso.

Claro que en Macondo no había universidad ni colegios. Solo 600 habitantes vivían casi como Tarzán y no conocían el mar que estaba tan cerca. Ni pensar que algún lo podrían ver y bañarse en sus aguas grisáceas. No conocían la tecnología ni la química, ni los carros con energía eléctrica. Solo lo que el buen Melquiades les traía les ampliaba el mapa de sus conocimientos.

A leer esta parte del libro que le valió el Nobel a Gabo, quedé asombrado de la actualidad de su relato. Parece que estuviera retratando lo que sucede ahora en este país de María Fernanda Campo y su antecesora. Ojalá cada cuatro años cambiara nuestro panorama educativo y otros gurús nos ofrecieran alquimias como los del gran Melquiades.

Nos ha llenado de computadoras a colegios, escuelas, campos y Sena y ha ilusionado con ellos a las nuevas generaciones. Cree, ingenua, como José Arcadio, haber encontrado la panacea para todos los males de nuestra educación. Y, claro, aplicar estándares foráneos y seguir repitiendo las tediosas clases magistrales con textos de las editoriales.

Continuarán niños y jóvenes viendo dibujos de Colón, los indios que alegres y en taparrabos lo recibieron, de los hermanos Pinzón, de Añasco, Jiménez de Quesada, Nariño y Sucre, de los virreyes Caballero y Góngora, Solís y Amar y Borbón. La Pola se colará por ahí de payazo, y... etc. Sin sentido crítico ni aproximación a nuestra actualidad.

Seguirán aprendiendo conceptos lingüísticos y fonéticos y categorías gramaticales sin aplicación a lecturas entre líneas, comprensivas y analíticas y sin práctica de escritura de crónica, ensayo y cuento. Sin hablar de otras materias, como religión, y geografía reducida a ubicación de lugares y nombres de ríos sin tener en cuenta las riquezas que esconden y al despojo que hacen las multinacionales. El sedimento que campea es la superficialidad, el facilismo en la acción y la chabacanería en el lenguaje.

Y, no hablemos de la Universidad, que asalta el bolsillo de los padres en carreras obsoletas que no aportan a una industria nacional ni al aprovechamiento de los recursos naturales. Porque no hay carreras que impulsen la investigación, el desarrollo y la innovación. Ni reciben respaldo del legislativo ni del gobierno para escenarios laborales competitivos y bien pagos. Nos hemos quedado con las industrias de los años 20 del siglo pasado y hemos convertido nuestro patrimonio en campo abierto a la llamada inversión extranjera.

*Más información El Comercio.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.