Edición 369

¿Qué es educar, por fin?

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"El hombre es bueno por naturaleza,

pero la sociedad lo corrompe"

Rousseau

¿Fueron los fenicios, los griegos o los romanos quienes iniciaron los procesos que hoy llamamos educación? La civilización faraónica nos dejó el papiro y sus escrituras sobre vasos y frescos en muros. Los griegos legaron la palabra compuesta peda-gogía, pa?d??? ?????, y Sócrates, Platón y Aristóteles nos dijeron como dialogar, argumentar y pensar en voz alta. Los pedagogos eran esclavos que guiaban a los niños bien de esa época, porque no había escuelas. Aristóteles nos dejó la semilla de la academia escolarizada de hoy, con sus caminatas mientras conversaba por las escalinatas.

Sócrates lanzó una consigna al Ministerio de Educación: Conócete a ti mismo, como premisa de toda enseñanza. Y con sus Diálogos puso el sello base de toda la educación y cerró la discusión sobre la aburridora clase o cátedra magistral. La interacción, el contacto de ideas, la confrontación con argumentos es el camino para hallar nuevos y luminosos conocimientos.

Sin embargo, la palabra educación la crearon los romanos. Educere, sacar de adentro, como la criatura de la vagina, dice el diccionario. La educación no viene de fuera, no se pinta con colores ni con dibujos bonitos como en una enciclopedia. No consiste en meter, embutir categorías fantasiosas en un recipiente. Es una labor de cincelar, de esculpir, de tallar en el cerebro lo que perciba el individuo por sí mismo. Es despertar lo que está dormitando, descubrir lo que está escondido esperando la salida. Es avivar el fuego que habita en el rescoldo, con el divino soplo de un maestro ilustrado.

El aprendiz es como un potro salvaje, una potranca arisca sin freno, en la gran pradera, en contacto con la Naturaleza, como quiso Rousseau y Simón Rodríguez con Bolívar. La educación se concibe como un aprendizaje que permita conservar la independencia al individuo frente a una sociedad corrupta.

El niño se le ha confiado a jardines y pedagogías esclavizantes, alienantes, aburguesadas. Así lo pensó Simón Rodríguez que murió en 1853 antes de que Marx hubiera armado su libro en 1867. Él fue un animal inteligente, despreciado por ser un niño de matrimonio ilegítimo. Eso le valió su independencia para pensar, salir fuera de su patria y ser maestro del Libertador. ¿Cuántos maestros o profesores habrán leído a Simón Rodríguez? Sus alumnos son pequeños robots o monigotes, como lo dijo Collodi en su Pinocho, que se mueven sin pensar en el ajedrez que el mundo les ofrece y lo llevan a pender del cadalso de un árbol.

La educación debe ser un tránsito entre el yo, el no-yo y la epojé o distancia, de la que habló Husserl. Debe ser tan dinámica que transforme la ingenuidad inicial del niño y dé sentido para entender el mundo frente a él, sin dejarse afectar de los objetos que se le enfrentan. La educación debe ser liberadora de las potencialidades existentes en el hombre que se acerca al conocimiento lleno fuerza, reflexión, nervio, movimiento, hipótesis que busca resultados.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.