Edición 359

La política, bacteria que corroe

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Estamos infestados hasta las cachas de caminar por entre la política. Tal vez debamos ponernos una careta o una venda o un pañuelo en la nariz y unas lentes oscuras para no toparnos de frente con ella. Es un habitante fantasmal que anda y penetra los huesos y el hígado más tolerante.

Si viniera Aristóteles a Colombia, tal vez se vomitaría al ver cómo ha degenerado la palabra que diseñó para llamar al arte de gobernar. Solo a él, filósofo y sabio de la ingenuidad, se le ocurrió llamar ????t??a, o sea, al Tratado o Ciencia de los asuntos de los Estados, como se le decía a las ciudades en su época.

Hoy se la quiere disfrazar diciendo que la Política es el arte de dar oportunidad a que el ciudadano participe en los asuntos que le conciernen. Así sonó en algunos círculos semiacadémicos en 1991 cuando se gestó la Constitución que sucedió a la de 1886. Una reina de burlas y andrajos como las locas Margarita de Bogotá o Jovita de Cali.

Pero no. La política ha llegado a ser una plaga, una bacteria de difícil cura. No hay antídoto que la calme, la cambie o la fulmine. Es como el cólera o el escorbuto, como un cáncer maligno que invade vísceras y hace metástasis en el cerebro. Penetra tanto la sociedad que no vale la morfina ni el crack ni la coca ni el ejército ni la radio ni gente ingenua que mira a los que la padecen.

Ya no es una fórmula humanizante para remediar la pobreza del campesino, el empleo de los jóvenes, la educación de los niños, la salud de quienes se revuelven en la confusión de las noticias, las pataletas de los parlamentarios y la indolencia de la justicia que solo piensa en congraciarse a los políticos.

Ni los dramaturgos griegos la conocieron tal como es hoy. Hubiesen realizado obras como las de Brecht o películas como El ciudadano Kane o Zeta, -no la de paZ-, en donde se enseñorea la intriga de las fuerzas de derecha en asocio del brazo militar contra la izquierda o la macabra orgía de los adinerados de El lobo de Wall Street que husmea cómo y dónde puede entrar la corrupción, la sed de dinero, de la droga y el abuso del poder.

Nos acostumbramos a bajar la cabeza y a guardar las formas de una falsa urbanidad para respetar la autoridad que nos avasalla. A oír las quejas de dolor de quienes sufren enfermedades o secuestros de las diferentes bandas con distinto nombre. A prender la TV y ver los realities que maquillan la realidad. Al pan diario que nos ofrece Caracol, la FM o la W-Radio o a leer a Coronel o a AntiSalud. Y a reírnos un rato con sus impertinencias que permiten la libertad de prensa y de expresión.

Y quienes se han especializado en la calle a hacer el curso de política, con minúscula, andan orondos, con chaleco de respeto, con sus millones al igual que el Presidente y ni se percatan de lo que ocurre a su alrededor. No saben de dolores, ni de esperas en una fila para una cita médica, ni de los salarios de cooperativas, ni de la mala calidad educativa. Ni de las interminables horas de viaje por las vías primarias que trazaron hace cien años nuestros ingenieros cuando no había concesiones ni consorcios extranjeros.

Solo saben de pupitrazos, de subirse las dietas, de quitar el pan del pueblo para echárselo al bolsillo, de componendas para cuidar no pisar las mangueras de quienes podrían ponerlos en la cárcel o quitarles su curul.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.