Edición 355

Leer es un derecho y un placer para todos

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Desde que el hombre descubrió en el mundo el poder de nombrar las cosas, su afán por leer se ha ido acrecentando. Su mano tomó un punzón y pintó sobre las piedras lo que veía y sus congéneres de inmediato lo imitaron en cuevas y barrancos. Nadie en ese momento los apellidó grafiteros ni muralistas, pero lo eran.

Desde esos días primarios, sin pretensiones comerciales ni ansia de premios de academias y casas de poesía o de editoriales, hombres y mujeres salieron de sus cavernas a registrar en sus ojos los dientes del mamut, las escamas y las lenguas de los enormes saurios en los ríos, la cola de los lobos y el vuelo de los pterodáctilos, semejantes a nuestros jets ejecutivos, sin pasajeros ni radar ni estentóreos motores.

Era todo un espectáculo la vida en esa era de piedra y sin estufa de gas. Solo nos quedan tristemente los rastros que nos suministra el carbono 14 del contenido del paisaje de esos tiempos superlejanos. Mucho más tarde en Altamira y otros lugares en el viejo mundo, como en Gran Bretaña y Egipto, la curiosidad del hombre y su osadía nos han dejado huellas de su inventiva cada vez más refinada.

Leer no es solo tomar un libro e ir descifrando grafías. También lo es oír noticias, ver imágenes, observar un suceso en la calle y formarse una opinión de lo que ocurre a nuestro alrededor. Pero... las distancias, el pensamiento divergente, la mirada personal, los productos de la investigación en la ciencia y el libre discurso hacen que cada individuo esté limitado a la información que cada segundo se produce.

De ahí la importancia del libro. Ahí queda constancia de resúmenes, datos, inventos, patentes, modos de ver una situación compleja y - por supuesto - las divagaciones de filósofos, poetas y otros artistas que renuevan constantemente la cultura humana y modifican el estado del Universo.

Vi y oí la entrevista que realizó Álvaro García al escritor colombiano Mario Mendoza sobre las tendencias que muestra en su última publicación Paranormal Colombia. Se dolía de la ausencia de librerías en las periferias y pequeños pueblos. Solo las ubican los dueños del mercado en el centro de las Urbes y en los grandes almacenes multinacionales. Allí acuden gentes de cierta capacidad económica. Para el grueso de la llamada plebe o de los habitantes de los barrios alejados no hay oferta de libros.

Fuera de esa gran limitación del mercado, el precio que imponen los editores aleja a una gran cantidad de público de la oportunidad de tener un libro en sus manos. Obvio que se le priva de un derecho a la cultura.

Poder leer, en efecto, es un placer, una clase ocio necesario, es poner al alcance de niños, jóvenes y obreros, el disfrute de pasar las páginas para vivir aventuras o percibir las maromas intelectuales que un libro ofrece.

No es lícito suponer que en un barrio periférico no haya público deseoso de adquirir un libro y que el librero le aconseje nombres, temas y autores, como lo hacían Borges o Manguel en Buenos Aires.

Un libro hechiza, recrea, aguza los sentidos, impulsa la creación y la curiosidad que habitan en todo ser humano.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.