Edición 352

El silencio del artista ante su obra

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El poeta Javier Félix me ha enviado un texto poético sobre la crisis de la crítica de arte escrito por el antioqueño Samuel Vásquez.

Teorizar o atreverse a realizar crítica hoy y ayer causa herida y escozor de una parte, casi siempre, y pinta una sonrisa luciferina en el rostro de quien la escribe. Por eso hay que templar el ánimo cuando se aborda una crítica. Las palabras, por lo general, no son dardos venenosos, aunque incomodan cuando tienen aristas y dicen verdades.

Del arte, - llámese pintura, poesía, danza o música o se refiera al clasicismo, al abstracto, surrealista o al kitsch -, siempre se ha dicho que está inmerso en el subjetivismo de quien lo hace y quien lo mira. Hé ahí la primera dificultad para ahondar en la crítica.

Por otra parte, al criticar se debe aclarar si es de toda la obra o tan solo de un elemento o parte. Ni se podrá hacer caso de toda la crítica que aparece en revistas o periódicos o cafés de internet.

Cuando uno lee una crítica debe amarrarse bien los pantalones. Ninguna estatua se va a caer ni algún autor va a dejar de serlo por lo que diga un extraño, amigo o enemigo. Aunque recordamos que cuando Marta Traba hablaba quedaban en entredicho quienes no eran mirados con buenos ojos por ella. Como que salían del llavero de los elegidos. Y los que quedaban bendecidos por su mano muchas veces no eran mirados por los demás como buenos artistas.

El poeta, el arquitecto o el escultor claro que tiene su aura y su genio y el cabello se le riza por los vientos que lo azotan. Virgilio murió con su ceño fruncido porque no consiguió la corona de laurel y nadie duda del peso en oro de sus versos. Y escritores famosos no han logrado el Nobel o no han ganado bienales o concursos porque los jurados oyeron sirenas y fueron capturados por Circes y tiburones.

Dice, entonces, Samuel Vásquez que el artista deberá contentarse con la mudez ante su obra, o sea, gozar y embriagarse con la hermosura de sus versos o la línea tallada sobre el mármol. No esperar que el grito de su exposición o recital cause el eco que le regale el premio de la alabanza y la palmada en la espalda.

El arte, por lo general, tiene ese destino. Solo da frutos post mortem. Y, lo contrario. Obras que han sido premiadas en vida dormirán después el sueño de la muerte como sus autores, pasado el cuarto de hora del pasajero triunfo.

El arte es así. Premia a largo plazo y en ausencia del interesado y castiga con veredicto de oro, sin látigo o crítica ácida oportuna en vida.

¿Valdrá la pena amargarse por una crítica injusta de algún erudito? ¿Será menos importante un escritor que no consiguió el favor de una crítica laudatoria o no apareció en los periódicos abrazando un trofeo y al lado de un senador amigo?

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.