Edición 359

Cuestión de dignidad y de grandeza

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"Basta de carreras, se acabó la timba, un final reñido yo no vuelvo a ver..."

Por una cabeza. Tango de Alfredo Le Pera.

La Dignidad, esa manzana oculta en la piel y en la alcancía donde se guarda el decoro. Allí reside en compañía de la Grandeza. Son cualidades escasas y por eso quien logra adquirirlas algún día, las cuida como un gran trofeo o tesoro. O como un perfume fino que se dosifica y le puede durar con su suave e imperceptible olor toda la vida a quien lo posee.

La Dignidad es como mujer tímida y recatada. Mantiene los ojos bajos, ni mira por la ventana ni se le ve ansiosa por enterarse de cuanto ocurre por la calle. Es una cualidad personalísima que nace sin darse cuenta el que la porta, aunque todos la notan y se sienten a salvo con el ser humano que la ostenta en sus acciones.

Esta mujer siempre va en compañía de su amiga la Grandeza. Ella es alta, no orgullosa, de paso solemne y discreto, sin tacones. No es altiva ni usa collares ni relojes para aparecer sobresaliente. Cuando está sentada parece una sibila callada y sabia protegida por un halo de silencio. Jamás se le ha ocurrido hacerse acompañar de escoltas ni se le ha visto viajar en limusinas. No lo necesita para ser importante.

Se me pareció verlas junto a aquel magistrado español del Tribunal Constitucional de 51 años que hace casi un año* fue sorprendido en la calle por un gendarme conduciendo su moto y con licor en su cabeza. Solo necesitó que pasara un día para meditar en su grandeza y su dignidad. De inmediato renunció a su alto cargo. No miró a su lado, no alegó ser aforado, no usó su voz para amedrentar. Se miró en el espejo de su cargo y allí vio con claridad los tesoros que había guardado. Con seguridad era todo lo que tenía. No había más imágenes en el espejo de su vida ni en su cofre de abalorios ni se asomaba un rabo de paja en el fondo.

Así debía ser aquí, en Colombia. Todo trasparente. Sin subterfugios, ni vías tortuosas, sin escapatorias ingeniosas, sin padrinos ni dilaciones. El magistrado en España encontró quien lo justificara pero no oyó las falsas sirenas. Valían más la Dignidad y la Grandeza que su cargo que ya no le despertaba codicia alguna. Y comprendió, - también - que estaba en juego la Dignidad y Grandeza de la silla donde había estado sentado. No salió al acorde de una marcha triunfal, pero si le hizo el quite a la ignominia de ser corneado en baja lid como un mal torero.

Hoy nadie se acordará de aquel valiente magistrado por sus tragos. Lo recordamos por haber sido fiel a su Dignidad y salvaguardar la Grandeza que le daban tales funciones en el Estado español. No fue inferior a las circunstancias.

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*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.